Saturday, May 4, 2019

El día después

Según mis últimas noticias, basadas en cierta encuesta, un 40% de los españoles preguntados declara no leer libros nunca. Empieza a ser evidente que, para los usos de la vida cotidiana, los iconos de la pantallita del teléfono, el mando a distancia y los botones del microondas son más que suficientes. Hasta hace apenas una generación, la alfabetización era un indicador del grado de desarrollo de un país. Hoy, un bebé gateante es capaz de descargarse una foto, encontrar un programa en el televisor o llamar a la abuela por videoconferencia antes siquiera de que asomen a sus encías los primeros dientes.

El mundo ha cambiado, y cabe preguntarse lo que terminará sucediendo con el lenguaje ahora que, un milenio después de la desintegración del latín en lenguas romances, el soporte unificador que fue el idioma escrito está en trance de desaparecer. Por supuesto, la situación no es exactamente la misma, porque hoy los dialectos los inventan empresas de software, y no están basados en las peculiaridades o en las costumbres de una región específica, sino en el principio básico de que todos somos igual de imbéciles.

Con toda esta avalancha de 'progreso' tecnológico, lo que uno está descubriendo es que el lenguaje escrito no sólo atesora información, sino capacidad para analizar, sintetizar y ser coherentes. Ya sucedió en la Edad Media, cuando, mientras el pueblo llano y la corte se conformaban con los iconos hambre, guerra, impuestos, apareamiento y misa dominical, los monjes copiaban y guardaban afanosamente en las tinieblas de los monasterios los escritos de quienes les habían precedido... con una condición: que la Santa Madre Iglesia no los considerase heréticos.

Esta otra cara de la moneda fue, durante siglos, el freno que neutralizaba todo intento de apretar el acelerador. La situación no es difícil de imaginar si uno piensa que, en muchos países pobres, llevar a los hijos a la mádrasa es todavía la única manera de que aprendan a leer y a escribir --a condición, naturalmente, de que el tema de estudio sea sólo el Corán--. Quizá por eso la competencia de los smartphones irrita tanto a los defensores de las viejas tradiciones en esos países.

Todo esto viene a cuento de unas cuantas expresiones, habladas o escritas, que empiezan a ser habituales y reflejan, probablemente, la 'deconstrucción' que está experimentando el lenguaje en los últimos tiempos. No voy a insistir en la relajación de las instituciones docentes, etc. --tema que por obvio empieza a ser aburrido--, sino en una de sus consecuencias.

Hace unas cuantas décadas (o decenios, como ustedes prefieran), cuando el holocausto nuclear pendía todavía sobre nuestras cabezas, se estrenó una película titulada “The day after”, que se apresuraron a traducir en español como "El día después". Una amiga mía, periodista y puntillosa, argumentó denodadamente en la redacción de su periódico hasta convencerlos de que la versión correcta era "Al día siguiente". Yo fui consultado al respecto, pero nunca estuve muy seguro de la respuesta. Al fin y al cabo, en inglés se usa "[on] the next day", que no significa exactamente lo mismo que "the day after".  Parece evidente que, en español, la 'mala' traducción proviene de la expresión "un día después" del mismo modo que "el amigo americano" proviene de "un amigo americano". Sin embargo, "un amigo americano" no sólo puede significar cierta persona indeterminada, sino un caso particular de la categoría 'uno / dos / tres / etc. amigos americanos'. Que no es lo mismo. El cruce de estos dos conceptos ha sido posible gracias a esa ambigüedad semántica de la palabra 'un'.

Algo parecido sucede con las expresiones del tipo "detrás mío", "al lado mío", etc. Incluso he oído alguna vez la curiosa versión "detrás mía", pronunciada por un hablante masculino. El origen de la carambola es, probablemente, la equivalencia entre "al lado de mí" y "a mi lado", que se extendió después a otras expresiones similares. Curiosamente, no a todas, a menos que alguien de ustedes haya oído alguna vez decir "después tuyo" o cosas similares. No se impacienten: todo llegará.

Tengo la sospecha, más que la teoría, de que las vacilaciones entre el 'leísmo', el 'laísmo' y el 'loísmo', que convierten el español en un laberinto inextricable desde Zaragoza hasta la Patagonia, tienen algo que ver con ese fenómeno. Como punto de partida, tenemos que suponer que, como sucede todavía en francés, el romance castellano conservó durante algún tiempo la distinción entre el acusativo y el dativo (por ejemplo, "lo envié a casa" o "la envié a casa", pero "le envié una carta"), que ambos heredaron del latín. En algún momento, sin embargo, el acusativo y el dativo se amalgamaron, pero esencialmente en España, porque en casi toda Hispanoamérica la distinción no ha desaparecido.

Algo patológico debe de suceder con las mentes de los españoles, porque también el "la" ha terminado metiendo baza en esta ceremonia de la confusión. Según la región o la clase social, todos hemos oído alguna vez expresiones tales como "la dio un regalo". Es decir, no sólo el dativo ha sustituido al acusativo, sino que el acusativo (el femenino sólo) sustituye a veces al dativo. ¿No se marean ustedes, a estas alturas? Yo, sí.

Voy, pues, con mi teoría, que está basada en expresiones como, por ejemplo, "le pegó una paliza". El verbo "pegar" es un verbo muy viajero. Inicialmente, decir que dos personas "se pegaban" era como decir que se enzarzaban. De "pegarse a golpes" se pasó presumiblemente a "pegarse golpes". De ahí a "pegar golpes a Fulanito" sólo había un paso, que terminó conduciendo a "pegarle golpes a Fulanito". No me pregunten por qué es necesario añadir el 'le' cuando hemos dejado claro que es "a Fulanito", pero tampoco me pregunten por qué es necesario "volver a repetir" cuando en realidad lo que queremos decir es, simplemente, "repetir".

El jacarandoso verbo "pegar" siguió sus andanzas, y de "pegar golpes" pasó a "pegar saltos" y cosas igualmente estrambóticas, pero estos vericuetos nos alejan ya de nuestro tema. El caso es que, según mi teoría, la expresión "pegarle una paliza" condujo a la forma abreviada "pegarle", en el sentido de "dañarlo", y esa transición terminó contaminando el resto de los verbos. Nunca he leído u oído a un latinoamericano decir "lo pegó" queriendo decir "le propinó una paliza", lo cual quiere decir que, incluso en aquellas latitudes, el dativo implícito subsiste todavía. 

Iba a hablar de más cosas hoy, pero me extendería demasiado. Dejaré para otro día, pues, la explicación de fenómenos tan curiosos (y tan complejos) como éste que leí ayer:  "imágenes panorámicas de Manhattan que te harán entrar ganas de mudarte allí". ¿A que suena como a sintaxis de iconos de smartphone? Pues por ahí deben de ir los tiros.  Por hoy, basta. Hasta otro día (después).

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Entre y tanto

O, para que se entienda mejor: "entre" y "tanto". Dos palabras que nos van a servir para comparar dos casos similares. Dos casos que refuerzan mi teoría de que, en español, hay una tendencia del hablante a vincular los significados al contexto, antes que expresarse en términos de significados absolutos. Veámoslo con unos ejemplos:

             La temperatura en ese lugar está entre 20º a 25º

¿Por qué decirlo así? ¿Por qué no “está entre 20º y 25º”, o “varía de 20º a 25º”? Al fin y al cabo, diferenciamos entre:

Está entre Pinto y Valdemoro
Va de Pinto a Valdemoro

Una posible explicación es que, a diferencia de lo que sucede con las temperaturas, el hablante no se representa la distancia entre Pinto y Valdemoro como una gradación de metros, de centímetros, o de pueblos intermedios. La categoría mental que el hablante probablemente tiene en mente es la categoría de tramos de temperatura, y el equivalente de esa categoría está ausente en el caso de Pinto y Valdemoro. Si así fuera, la preposición 'a', normalmente asociada a la dirección o al movimiento, serviría para indicar que nos estamos representando la temperatura de ese lugar en un tramo escalonado de temperaturas, y no en una 'tierra de nadie' situada entre 20º y 25º.

Lo que los hablantes han creado es una 'plantilla' sintáctica para hacer referencia a un concepto A situado entre B y C en un contexto específico (gradación de valores intermedios). Ahora bien, hay que recordar que, cuando nos expresamos pensando en un contexto específico, una palabra apropiada puede ser sustituida por otra 'metafórica', es decir, tomada de otro contexto. Por esa razón se usa a menudo, por ejemplo, el verbo 'avalar' en lugar de 'respaldar' en contextos alejados del contexto bancario. Cuando tenemos en mente un contexto, no necesitamos usar la palabra adecuada para expresarnos. Nos basta con una 'metafórica'. Y, por supuesto, cuando más reducido sea el contexto, mayor será el número de metáforas que podremos usar.

Es posible que la plantilla antigua y la nueva sigan coexistiendo durante un tiempo indefinido. Pero no hay que olvidar que los hablantes de español tienden fuertemente a expresarse en referencia a un contexto. Por eso, también es posible que algún día la plantilla 'entre B a C' desborde su contexto y termine sustituyendo a 'entre B y C' y 'de B a C'.

Las lenguas evolucionan, y no siempre a gusto de todos. El latín se desintegró porque, en aquellos lejanos tiempos, un labrador no tenía manera (ni ganas, probablemente) de saber cómo hablaba su cónsul en Roma, lo cual era recíproco. La invención de la imprenta frenó enormemente la deriva de las lenguas, quizá porque la literatura no era vista como una moda, sino como la acumulación de un acervo. Durante siglos, en una misma biblioteca podían coexistir una novela reciente con un tomo de Platón, y por lo menos tres generaciones (abuelos, padres e hijos) tenían que ser capaces de leer ambas obras sin mucha dificultad.

Ahora que está desapareciendo la afición a leer, lo único que podría conectar al labrador con el cónsul es la televisión. Mucho más que Internet, que por naturaleza está atomizado. Y aquí es donde está la gran diferencia con la era escrita: la televisión no tiene vocación de acumulación, sino de renovación. Permanente. Aunque sea ficticia, tienen que estar dando constantemente la impresión de novedad. A diferencia de la literatura, la televisión sólo ha podido sobrevivir apretando el acelerador.

Todo eso podría explicar también los dos ejemplos siguientes:       

Les gustó mucho el tatuaje, tanto a Pedro y a Luisa
Les gustó mucho el tatuaje, tanto a Pedro o a Luisa

Parece evidente que el inglés 'both... and...' ha tenido algo que ver en el primer caso, y 'either... or...' en el segundo. Si los hablantes de español no pensaran en términos de islotes mentales, la existencia de la plantilla “tanto como X” habría impedido que se crearan estas dos plantillas.

En cualquier caso, lo que 'entre' y 'tanto' nos muestran es que, en condiciones adecuadas, las lenguas pueden desintegrarse muy rápidamente. Hasta hace poco, lo único que las retenía era la necesidad de comunicarse con las generaciones anteriores o nutrirse de ellas, pero esa necesidad está desapareciendo. Los ancianos de la tribu, hoy, son más un estorbo que otra cosa. La rápida evolución de las tecnologías les ha arrebatado, en muy pocas generaciones, el freno y el acelerador de la Historia. Para bien o para mal, estamos haciendo tabla rasa.

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Una habitación tranquila

El lenguaje humano es consecuencia de una propiedad del cerebro humano, que consiste en categorizar los datos que recibe. ¿Qué hay en el cerebro humano que hace de él una máquina de categorizar? Todavía no lo sabemos, pero sí podemos afirmar que el cerebro humano está constituido de manera que organiza los datos que recibe en estructuras, y esas estructuras tienen su origen, al menos en su mayor parte, en la percepción espacial. El significado de todos los conceptos --es decir, la semántica-- puede ser descrito en términos de esas estructuras. En otras palabras: el cerebro es una máquina de construir representaciones. Veamos un ejemplo de cómo las categorías determinan completamente tanto el significado de los conceptos que manejamos como la manera en que los expresamos.

Llamo a Elsa por teléfono a su casa a las 11 de la noche, y oigo que me dice "Estoy viendo una película". No tengo muchas razones para extrañarme. Elsa es una persona hogareña y, a esas horas, una de las ocupaciones habituales de una persona es ver una película. Pero cambiemos el decorado. Supongamos que Elsa y yo estamos en el cine. La película ha comenzado. De pronto, ella se acerca a mi oído y susurra "Estoy viendo una película". Esta vez, lo más probable es que yo me sorprenda. ¿Por qué me habrá dicho eso? Es evidente que tanto ella como yo estamos viendo una película.

Como yo no dudo de la salud mental de Elsa, tengo que hacer un esfuerzo, no por dar un significado a sus palabras, que son perfectamente comprensibles, sino por averiguar qué información me quiere transmitir. Se me ocurren varias posibilidades. Puede que Elsa trabaje en los archivos de una filmoteca y esté acostumbrada a clasificar películas, pero no a verlas. En tal caso, la información que me quiere transmitir provendrá de la categoría 'clasificar' / 'ver'. O puede que Elsa sea una asidua del teatro y rara vez vaya al cine, en cuyo caso la información habría que buscarla en la categoría 'película' / 'representación teatral'. Puede incluso que mi amiga se haya resistido durante años a ir al cine y esa noche, por fin, haya consentido. Si así fuera, la información procedería de la categoría 'no ver una película' / 'ver una película'.

Cada vez que seleccionamos un concepto de una categoría de posibles conceptos estamos implementando información, o bien para guardarla en nuestra memoria o para transmitirla construyendo la frase apropiada. Todo esto que acabo de escribir es, naturalmente, una teoría. Pero hay unos cuantos problemas lingüísticos, hasta ahora intratables, que esta teoría podría resolver. Veamos.

Coger el tren

Si yo digo "Humberto cogió el tren", lo normal es que pensemos que Humberto estaba en una estación y se subió a uno de sus trenes. Al fin y al cabo, es lo más habitual. Sin embargo, es posible también que Humberto tenga una habitación llena de juguetes y haya cogido uno de ellos que resulte ser un tren. Estamos ante dos significados completamente opuestos de un mismo verbo: o bien el tren está en mi poder, o bien yo estoy en poder del tren. Esta paradoja es intrigante: cuando se inventaron los trenes, el verbo que nuestros antepasados escogieron para indicar que Humberto se iba con un tren fue el mismo que estaban usando para indicar que las cosas se iban con Humberto.

Quizá la cosa viene de más antiguo. Antes de inventarse el tren, los marinos ya sabían que si (se) ”cogían “(a) ciertos vientos llegarían a cierto destino, y los viajeros a pie o a caballo “cogían” uno u otro camino para llegar a uno u otro lugar. Podían haber usado el verbo “escoger”, pero no habría quedado muy claro si emprendían la ruta o si simplemente la seleccionaban. O podían haber optado por “acogerse “al tren o a la corriente, y quizá no lo hicieron porque ni los caminos ni las corrientes marinas ni los trenes les ofrecían protección.

Inciso: Lamento tener que usar el verbo “coger “en un sentido inhabitual para algunos hablantes pero, aunque podría parecer que “coger” y “tomar “son sinónimos, para mí no es lo mismo coger una pastilla que tomármela. O que agarrarla.

Pero volvamos al caso de Humberto. Lo que nos inclina a optar por uno u otro significado del verbo “coger” es el contexto en el que situamos mentalmente a Humberto. Si lo imaginamos en una estación, ni Humberto ni el tren serán información nueva, sino conocida, y tenderemos a buscar información, por ejemplo, en la contraposición 'coger/perder' [un tren]. En cambio, si nos representamos a Humberto como un niño que está en su habitación rodeado de juguetes, tenderemos a extraer información de la categoría 'tren/muñeco/puzzle/balón/..."

Resumiendo. En el caso de la estación, el contexto nos induce a evocar la categoría 'coger/perder', mientras que en el caso de la habitación evocamos más fácilmente la categoría 'juguetes de Humberto'. Problema resuelto.


Una habitación tranquila

Llegamos a la recepción de un hotel y le decimos al recepcionista "Quiero una habitación tranquila".
Llegamos a la recepción de un hotel y le decimos al recepcionista "Quiero una habitación. Que sea tranquila".

¿Qué diferencia hay entre estas dos peticiones?  Para entender mejor la diferencia, olvidemos por un instante la recepción del hotel y situémonos en una tienda de caramelos. Nos consta que el dependiente vende caramelos de eucaliptus, porque se los hemos comprado en otras ocasiones, de modo que nos limitamos a decir "Quiero un caramelo de eucaliptus". Supongamos, en cambio, que es la primera vez que entramos a la tienda y pedimos un caramelo. El dependiente nos responde "Los tengo de muchas clases". Pero las demás cualidades del caramelo nos dan igual. "Que sea de eucaliptus", especificamos.

La diferencia entre estos dos casos radica en las categorías que tenemos en mente al hacer la petición. Hablamos de caramelos de eucaliptus cuando presuponemos que hay también caramelos de otros sabores. Pero si la única categoría que tenemos en mente es la categoría 'sabor a eucaliptus/sabor no de eucaliptus', entonces tenderemos a usar el subjuntivo. El caso de la habitación tranquila es más confuso, porque la categoría 'tranquilo/no tranquilo' es la misma que 'tranquilo/ruidoso', pero el mecanismo mental es el mismo.

Algo parecido sucede con cierto tipo de expresiones en inglés. Si decimos que "Russians buy a lot of Western things" podemos estar pensando en alguna categoría de cosas (Western/Eastern/Southern/...) de la que 'Western' sea un caso particular, pero también podemos estar pensando en la categoría 'Western/non Western'. Normalmente no nos parece necesario especificar en cuál de esas categorías estamos pensando, pero cuando queremos hacerlo preferiremos decir, por ejemplo, "Russians love things Western". Es decir, cualquier cosa occidental, en contraposición no a las orientales o a las australes, sino a cualquier cosa concebible que no sea occidental.

Puede parecer que en ambos casos nos estamos refiriendo a las mismas cosas, pero al usar la segunda variante lo que estamos evocando son las combinaciones de cualidades que hacen que una cosa sea Western, mientras que al usar la primera variante estamos comparando implícitamente las cosas Western con las Eastern o las Southern, que pueden tener algunas cualidades en común. Puede que los calcetines occidentales sean indistinguibles de los orientales, pero los templos orientales son claramente diferentes.


Los pájaros vuelan

Un problema que trae de cabeza a más de un lingüista desde hace mucho tiempo es cierto tipo de afirmaciones generales como, por ejemplo, "los pájaros vuelan". Todos hemos pronunciado alguna vez esa frase u otra parecida, a sabiendas de que algunos pájaros (muchos, incluso) no vuelan. Por ejemplo, las gallinas, los pájaros con un ala rota o los loros de escayola. Entonces, ¿a qué nos referimos exactamente cuando decimos que los pájaros vuelan?

Una vez más, las categorías vienen en nuestro auxilio. Cuando decimos que mi jilguero duerme estamos pensando en el estado en que se encuentra mi jilguero. Implícitamente, estamos evocando una categoría de estados en los que se puede encontrar: durmiendo / comiendo / gorjeando / aleteando... Pero invirtamos las tornas. Pensemos en el verbo 'dormir' y evoquemos la categoría de todo lo que duerme: pájaros / osos / reptiles / nuestra suegra... Con esta categoría en mente, "mi jilguero duerme" significará que mi jilguero no es el protagonista de mi afirmación, sino un caso particular: uno de tantos entes que poseen la cualidad de dormir.

En conclusión: pese a lo que afirmen los lingüistas, nadie falta a la verdad cuando dice que los pájaros vuelan.   

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