Sunday, July 21, 2019

Una caja de herramientas

Imaginemos que desembarcamos un día en una isla remota. Allí los contactos con el mundo exterior son escasos. Muy de tarde en tarde, algún barco se detiene en el puerto e intercambia mercancías por agua o alimentos. La tecnología, por lo tanto, va llegando a la isla sin orden ni concierto. En realidad, los isleños no creían tener necesidad de aquellas mercancías hasta que el capitán les explica su utilidad. Por lo tanto, cuando adoptan un artículo venido de fuera no lo hacen movidos por la necesidad, sino que se limitan a adquirirlos cuando reconocen que, en efecto, les vendrán bien para esta o aquella tarea.

Un buen día, la caña de pescar del jefe de la tribu se estropea. El sedal se ha quedado trabado, y ya no es posible atrapar más peces con ella. El jefe arroja la caña al suelo, y maldice al marinero que se la cambió por una barrica de licor de banana. Entonces nosotros, que en aquel momento pasábamos por allí, recogemos la caña del suelo y la examinamos. Sacamos un destornillador que casualmente llevábamos en el bolsillo, desmontamos el carrete, desenredamos el sedal, apretamos el tornillo y devolvemos la caña a su dueño, reparada. Resuelto.

Entre tanto, a nuestro alrededor se han arremolinado muchos espectadores. Nunca antes habían visto un destornillador. Les explicamos cómo se usa, y les decimos su nombre: se llama 'destornillador'.

"Alto ahí", exclama entonces el jefe. "Eso es un cuchillo"

"¿Cómo que un cuchillo?”, preguntamos, desconcertados. “Los cuchillos se usan para cortar"

"Sí, también, pero aquí para montar y desmontar los tornillos usamos un cuchillo".

Los nativos de la isla acaban de descubrir una herramienta nueva (y, por lo tanto, un concepto) pero, si la actitud reaccionaria del jefe termina imponiéndose, su vocabulario no por ello habrá aumentado. Mientras su mundo se enriquece, su capacidad para expresarlo se va quedando raquítica.

Naturalmente, siempre podemos usar una taladradora para remover el azúcar en el café, pero no por ello tendremos que llamarla 'cucharilla'. Sí, podemos encogernos de hombros y seguir usando una misma palabra para designar conceptos diferentes, pero hay otras lenguas cuyos hablantes no lo hacen, y nuestra pereza nos situará en condiciones de inferioridad frente a ellos.
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Enseñar, mostrar, educar

En inglés y en español, enseñar (teach) y mostrar (show) tienen un significado etimológico muy parecido: señalar, evidenciar. Con el tiempo, 'enseñar' terminó reflejando la idea de instruir, mientras que 'mostrar' se quedó con el concepto más visual, 'hacer ver', aunque en sentido literal, no figurado. Al consolidarse, esta divergencia de significados fue dando lugar a palabras derivadas: enseñanza, por un lado; muestra, por otro.

En España, sin embargo, enseñar ha acaparado también el significado de 'mostrar', hasta el punto de que "la profesora enseñaba...", o "enséñame la lengua" son frases alarmantemente ambiguas. No estaría de más volver a separar formalmente ambos significados.

Si enseñar equivale a indicar el (buen) camino, educar equivale a conducir por él. Pero topamos con una dificultad. En español, 'tener buena o mala educación' se usa en el sentido de ser cortés o descortés. Una vez más, se repite el eterno proceso: un significado contextual se anquilosa y termina invadiendo un territorio semántico que no es el suyo. Y lo peor de todo: casi siempre con connotaciones negativas o moralizantes. De hecho, 'educado' y 'maleducado' han perdido completamente la conexión con su significado original.

A pesar de eso, a nadie le parece chocante la existencia de un Ministerio de Educación. Y es que la semántica en español está ahincadamente vinculada a los contextos. ¿Será posible algún día rescatar la cortesía y la urbanidad del baúl de los recuerdos y reintegrarlas en su lugar? No tengo muchas esperanzas.

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Un texto de Larra sobre los neologismos

"El que la voz álbum no sea castellana es para nosotros, que ni somos ni queremos ser puristas, objeción de poquísima importancia; en ninguna parte hemos encontrado todavía el pacto que ha hecho el hombre con la divinidad ni con la naturaleza de usar de tal o cual combinación de sílabas para explicarse; desde el momento en que por mutuo acuerdo una palabra se entiende, ya es buena; desde el momento que una lengua es buena para hacerse entender en ella, cumple con su objeto, y mejor será indudablemente aquella cuya elasticidad le permita dar entrada a mayor número de palabras exóticas, porque estará segura de no carecer jamás de las voces que necesite: cuando no las tenga por sí, las traerá de fuera. En esta parte diremos de buena fe lo que ponía Iriarte irónicamente en boca de uno que estropeaba la lengua de Garcilaso:

'Que si él hablaba lengua castellana,
yo hablo la lengua que me da la gana.'"

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