Un buen día, la caña de pescar del jefe de la tribu se estropea. El sedal se ha quedado trabado, y ya no es posible atrapar más peces con ella. El jefe arroja la caña al suelo, y maldice al marinero que se la cambió por una barrica de licor de banana. Entonces nosotros, que en aquel momento pasábamos por allí, recogemos la caña del suelo y la examinamos. Sacamos un destornillador que casualmente llevábamos en el bolsillo, desmontamos el carrete, desenredamos el sedal, apretamos el tornillo y devolvemos la caña a su dueño, reparada. Resuelto.
Entre tanto, a nuestro alrededor se han arremolinado muchos espectadores. Nunca antes habían visto un destornillador. Les explicamos cómo se usa, y les decimos su nombre: se llama 'destornillador'.
"Alto ahí", exclama entonces el jefe. "Eso es un cuchillo"
"¿Cómo que un cuchillo?”, preguntamos, desconcertados. “Los cuchillos se usan para cortar"
"Sí, también, pero aquí para montar y desmontar los tornillos usamos un cuchillo".
Los nativos de la isla acaban de descubrir una herramienta nueva (y, por lo tanto, un concepto) pero, si la actitud reaccionaria del jefe termina imponiéndose, su vocabulario no por ello habrá aumentado. Mientras su mundo se enriquece, su capacidad para expresarlo se va quedando raquítica.
Naturalmente, siempre podemos usar una taladradora para remover el azúcar en el café, pero no por ello tendremos que llamarla 'cucharilla'. Sí, podemos encogernos de hombros y seguir usando una misma palabra para designar conceptos diferentes, pero hay otras lenguas cuyos hablantes no lo hacen, y nuestra pereza nos situará en condiciones de inferioridad frente a ellos.

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