Una palabra que se usa mucho desde hace
algún tiempo es 'contundencia'. Oímos hablar de afirmaciones,
razones, pruebas o argumentos 'contundentes', sospechando que lo que
el hablante quiere decir es categóricos, rotundos, taxativos,
concluyentes o terminantes. Si los políticos y periodistas que han
puesto de moda la contundencia tuvieran hacia la morfología un
respeto que nunca han tenido, tendrían presente que contundente es
aquello que produce contusión, y tratarían de encontrar un adjetivo
menos metafórico.
(Alternativamente, reconocerían su
oceánica ignorancia, se comprarían su primer libro y adoptarían la
exótica costumbre de leer).
Pero el problema no es sólo el ocaso
de la cultura escrita. El problema es la incoherencia intrínseca de
un lenguaje cuya semántica es contextual. Hay una relación inversa
entre la amplitud del contexto y el valor metafórico de las
palabras. Cuanto más reducido es el contexto (es decir, la tribu de
hablantes), más ambivalentes son las palabras que usamos. Sólo así
podemos entender la existencia de expresiones como 'buen rollo' o
'buena onda', que para un mafioso significan exactamente lo contrario
que para su víctima.
La morfología en español no importa
mucho. Es sólo un pretexto. Lo contrario de insignificante no es
significante, sino 'significativo'. Lo contrario de indeleble no es
deleble, sino borrable. Inmutarse es lo mismo que alterarse, pero
inmutable es lo contrario de alterable. Y así sucesivamente.
La morfología no refleja la estructura de los conceptos cuando los
grupos cerrados de hablantes tienden a adoptar la estructura de
conceptos del contexto que comparten, y cuando históricamente no han
sentido necesidad de comunicarse con otros hablantes externos a la
tribu. Si tu vida social y la de tus antepasados se ha desarrollado
siempre en torno al polo norte, ¿qué necesidad hay de usar dos
palabras para referirse al polo norte, dejando abierta la posibilidad
de hablar del polo sur? ¿No bastaría con llamarlo 'el polo'?
Las implicaciones de esta realidad van
mucho más allá del simple lenguaje y explican, por ejemplo, la
dificultad de implantar un sistema democrático único en las
sociedades multitribales, y la curiosa circunstancia de que el
laberinto aparente de la política española sólo es posible
entenderlo en términos de tribus.
Pero volvamos a la contundencia. Unos
párrafos más atrás he mencionado varios sinónimos del adjetivo
'contundente': categórico, rotundo, taxativo, concluyente,
terminante. De estos cinco adjetivos, sólo uno tiene un sustantivo
conocido: rotundidad. Por desgracia, para conocer este sustantivo hay
que haber leído por lo menos diez o quince libros en la vida, hazaña
que está fuera del alcance de la mayoría de los periodistas y
escritores hispanohablantes actuales. Por lo demás, nadie ha oído
nunca hablar de categoricidad, taxatividad, concluyencia o
terminancia, y no digamos ya de tajancia, convincencia, aplastancia o
decisividad.
Nunca lo sabremos, pero es posible que
si el sustantivo 'concluyencia' estuviera en uso nadie habría tenido
necesidad de recurrir a la contundencia. Por cierto, con la
definición de 'contundente' la RAE vuelve a patinar -por enésima
vez- en su lamentable diccionario. Señores académicos, ¿podrían
ustedes aportar algún ejemplo de que lo contundente "produce
una gran impresión en el ánimo, convenciéndolo"? Sería
una gran noticia. Entre tanto, me limitaré a transmitirles mi deseo
“contundente” de que disuelvan cuanto antes esa antediluviana
institución.
¿Institución? Perdón. Quería decir 'tribu'.
¿Institución? Perdón. Quería decir 'tribu'.

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