En el siglo XVI, maese Diego de Ortiz,
maestro toledano de la viola de gamba, escribió unos bellísimos
ejercicios para ese instrumento que él llamó "Recercadas del
Tratado de glosas". En aquellos tiempos "recercar" era
sinónimo de buscar, explorar. Hacía falta quizá una sociedad
acomodaticia y retrógrada para olvidar por falta de uso el
significado de esa palabra de origen latino, que sin embargo han
seguido usando hasta el día de hoy los hablantes de italiano
(ricercare), inglés (research), francés (recherche) e incluso
rumano (cercetare).
Irónicamente, la palabra figura hoy en
el DRAE sólo con el significado de 'instalar una cerca'. Lo que
habría debido ser inquietud, afán de exploración o sed de
conocimiento evoca, por el contrario, un concepto defensivo. ¿Frente
a la irrupción del pensamiento científico?, cabe preguntarse.
Cuando -presumiblemente siglos después
de Diego de Ortiz- alguien necesitó por fin usar su cerebro con
fines científicos, en lugar de sentar cátedra o de poner verde al
prójimo, no quiso o no supo rescatar la antigua 'recerca'. Al fin y
al cabo, ya se sabe que lo importante es el contexto, y en el
contexto apropiado con 'investigar' bastaba y sobraba. Así, en un
contexto policial un policía 'investigaria' un caso, mientras que en
un contexto científico un biólogo 'investigaría' el comportamiento
de una célula. En un mundo estático en el que nadie osa jamás
romper la rutina, la idea de que a un científico se le ocurra
investigar un delito, o a un policía investigar una reacción
química, es descabellada. Y la lengua lo refleja.

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