Sea o no cierta esta anécdota, el caso es que los brindis son en nuestros días una costumbre prácticamente universal. Por lo general con sendas copas en la mano, aunque en España tenemos una curiosa excepción: la tauromaquia. La imagen del matador levantando su montera y 'brindándole' el próximo toro a la encandilada actriz americana de turno forma parte inseparable de mi infancia. No es que yo haya haya sido nunca “aficionado” -tengo el vago recuerdo de haber asistido una sola vez a una corrida, siendo muy niño, y ni siquiera de eso estoy seguro-, pero sí recuerdo haber visto unas cuantas por televisión en aquellos tiempos lejanos en que no había mucho donde escoger.
Lo más sorprendente de todo es que, siendo el español una lengua poderosamente contextual, el verbo brindar se use como sinónimo de ofrecer sin que las connotaciones festivas o taurinas lo contaminen. Por supuesto, se trata de un verbo “elegante”, como 'realizar', 'resultar', 'disponer de', 'contar con' y tantos otros a los que muchos hablantes se agarran para no parecer plebeyos (¿cómo era aquel refrán de la mona que se vestía de seda?). Aunque luego vayan al cine y no les parezcan de mal gusto los torrentes de palabrotas que colorean los diálogos de tantas películas.
Pero mi problema es que no puedo evitar imaginarme al torero montera en mano cada vez que alguien brinda cosas tan raras como apoyo, cariño, fortaleza, atención, impulso, reconocimiento, buena cara, adioses, charlas, posibilidades, enseñanzas, respuestas, y hasta (Google dixit) 'lo que el viento le brindó'. Vamos a ver: ¿qué es lo que se quiere celebrar? O, peor todavía: ¿qué toro matamos? ¿Por qué no limitarse a dar, prodigar, ofrecer o deparar, que no tienen regusto a champagne ni a sangre de morlaco? Pues no lo sé.
El gusto de los españoles por comportarse como acémilas y su obsesión por no parecerlo son de manual de psiquiatría. Como lo es, probablemente, el ancestral rito colectivo de burlar, banderillear, rejonear, humillar y terminar matando al “cornudo”. Así que, como me temo que la cosa no tiene arreglo, acomodémonos en el tendido de sombra, trabemos conversación con la hermosa actriz de Hollywood evitando mirar al coso y, como los mercenarios teutónicos del Emperador... brindemos.

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