Thursday, July 12, 2018

Hubiera / habría

No sabria decir desde cuándo están sustituyendo los hablantes, al menos en España, las formas verbales del tipo "habría hecho X" por "hubiera hecho X", quizá por influencia de expresiones tales como "¡quién hubiera podido!" Esta sustitución elimina la diferencia entre el subjuntivo y el condicional, pero sólo en las formas compuestas. Actualmente, parecen aceptable decir, por ejemplo, "Si hubiera tenido hambre, hubiera comido", pero no "Tengo tanta hambre que me comiera un bocadillo de jamón". En fin, el habitual galimatías del español coloquial.

Ejemplos:  ¿Qué viaje te hubiera gustado hacer? (¿Qué viaje te habría gustado hacer?) Lo hubiera hecho de todos modos (Lo habría hecho de todos modos)

Leyendo algunos comentarios en Internet averiguo que la RAE, que últimamente juega a hacer un diccionario de uso, no de autoridad, admite el subjuntivo en lugar del condicional. Pero una cosa es el uso y otra la coherencia del idioma.

Consideremos la frase "Si hubiera tenido hambre, hubiera comido", y sustituyamos las formas compuestas por las simples: En “Si tuviera hambre, comiera”, no parece que las formas verbales estén bien escogidas. En concreto, la forma “comiera” parece estar pidiendo a gritos un condicional: “Si comiera...” De modo que, por coherencia, habría que defender la construcción subjuntivo-condicional como la forma canónica. Una cosa es recoger un uso, y otra muy distinta es defender la coherencia. La RAE no se aclara. Ha metido mil veces la pata censurando neologismos que no tenían equivalente, y ahora se pasa al otro extremo y mete la pata “aceptando” un uso a todas luces incoherente.

Curiosamente, en las provincias vascas y norte de Castilla sucede el fenómeno contrario: se usa sistemáticamente la forma 'habría' en lugar de 'hubiera'.

Ejemplo:  Si tendría patatas cocinaría una tortilla

Una dificultad más para los desaprensivos que se embarcan en el aprendizaje de la laberíntica lengua española.

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Wednesday, July 11, 2018

¿Prueba o evidencia?

Quizá por influencia de la expresión 'poner en evidencia', en el sentido de desenmascarar o abochornar, la palabra 'evidencia' es contemplada con cierto recelo por los hablantes, que generalmente prefieren decir 'prueba'. Sin embargo, hay una diferencia cualitativa entre ambos conceptos. 'Evidente' es lo que hemos comprobado. Si hemos comprobado que la aspirina calma el dolor, entonces diremos que tenemos 'evidencia' de las propiedades calmantes de la aspirina. Cuando esas propiedades no son evidentes es precisamente cuando tendemos que 'probar' su existencia.

'Probar' es, además, un concepto en el que se cruzan significados muy diferentes. Uno de ellos es 'catar' o 'degustar', y otro es el adjetivo 'probable', que no tiene ninguna relación con ninguno de los otros dos. A veces, para salir del paso, tenemos que recurrir al verbo 'demostrar', que a su vez es ambiguo. En efecto, no es lo mismo demostrar -es decir, evidenciar- sensatez que demostrar el teorema de Pitágoras. Apoyándonos en las muletas del contexto, solemos hacernos comprender, pero si queremos expresarnos en una lengua menos contextualizada, ¿qué palabra escogeremos en una situación dada? ¿Prueba, evidencia, demostración, comprobación? Si no tenemos en mente el significado absoluto de lo que queremos decir, tenemos bastantes probabilidades de no acertar. Y cada vez que cambiemos de contexto, nos preguntaremos por qué nuestro interlocutor no ha cambiado de palabra.

Descontextualizar nuestro sistema de conceptos es un proceso lento y dificultoso. Por eso no son de extrañar las dificultades con que nos encontramos cuando nos proponemos hablar inglés. Quizá esto explique el gran porcentaje de españoles que se proponen aprender inglés para, poco tiempo después, tirar la toalla.

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Una serie de conceptos

Por definición, una serie es un conjunto ordenado de personas, de cosas o de ideas. Sin embargo, la plantilla mental 'una serie de' es desde hace tiempo una expresión muy usada en español para indicar 'cierto número de'. Lo cual quiere decir que, al hacer uso de ella, nos desentendemos de la noción de orden. Pero hay conceptos que pueden estar ordenados o desordenados, y empaquetándolos en una serie no tenemos forma de discernir en qué estado se encuentran. Si decimos, por ejemplo, “tengo una serie de preguntas”, no necesariamente queremos decir que van una a continuación de otra. Y esa información puede tener interés, porque podría aclarar a nuestro interlocutor si lo que tengo en mente es una entrevista o unas cuantas preguntas seleccionadas siguiendo otro criterio. Algo parecido sucede si hablamos de 'una serie de estaciones'. ¿Estamos hablando de una línea de tren, o de las estaciones que, a nuestro entender, necesitan -por ejemplo- reformas?

Si estuviéramos acostumbrados a expresar el signifcado absoluto de los conceptos -es decir, con independencia de su contexto-, nos importaría distinguir. Pero generalmente no nos importa, porque sabemos que detrás de nuestras conversaciones hay un contexto, y esperamos que nuestro interlocutor interprete nuestras palabras sobre ese trasfondo. La presencia del contexto nos facilita mucho las cosas, porque las relaciones entre sus componentes son generalmente mucho más simples, lo cual tiene dos consecuencias indeseables: (1) nos acostumbra a pensar en términos más superficiales, y (2) dificulta nuestro aprendizaje de lenguas menos dependientes del contexto.

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Monday, July 2, 2018

Un programa de habilitación

Sé que mi propuesta caerá en saco roto. La lengua española, igual que sus hablantes, tiende sempiternamente al localismo. A falta de una visión anchurosa que la eleve sobre los cerros del chismorreo, la familia y la pandilla, probablemente nunca llegue a levantar el vuelo. No es un problema lingüístico, sino de mentalidad. Lo que yo veo evidente es que, si no hacemos nada, el futuro es sombrío. A largo plazo, el localismo mental sólo puede conducir a la lenta extinción del español como lengua de pensamiento, relegada a los últimos reductos de las alcobas, los chismorreos, las cárceles o las telenovelas.

Lo que yo querría proponer aquí es un gran programa de habilitación de la lengua española. No de rehabilitación, porque ni siquiera en los tiempos del Imperio tuvo nuestra lengua vocación de universalidad. La aversión al pensamiento científico ha sido siempre un obstáculo insalvable. El programa que yo propongo constaría de varios elementos, de los cuales cinco serían fundamentales:

1 - Habilitación de la morfología. No dejemos que indeleble, expectante, o escrutinio sean palabras sin verbo. Permitamos que membresía designe la condición de miembro. Diferenciemos entre el tiempo cronológico y el meteorológico, y construyamos adjetivos para este último y para todos sus componentes.

2 - Recolocación de las palabras en funcion de sus significados. Usemos oír cuando queremos decir oír, y escuchar cuando queremos decir escuchar. Dejemos que lactancia sea la propiedad de lactar, y usemos lactación cuando hablemos del acto de lactar. Y restauremos la coherencia de los significados. Si 'aislamiento' es el estado de quien está aislado, ¿por qué 'salvedad' no es el estado de quien está a salvo?

3 – Revisión sistemática de las preposiciones y de sus funciones, eliminando, en caso necesario, las que son innecesarias o inducen a confusión. Una población cuenta 25.000 habitantes, aunque no siempre cuente con ellos. Muchas personas cumplen su palabra, pero no siempre cumplen con sus amigos.

4 – Atrevámonos a nombrar lo que no tiene nombre, particularmente si otras lenguas tienen palabras que llenan ese hueco. Dejemos que preempción, kit, partenaire, testar, ralentizar o monitorizar salgan de sus ghettos y desempeñen una función necesaria, independientemente del contexto. No temamos rescatar viejos términos latinos, o palabras de otras lenguas. ¿Por qué apretar tornillos con los dedos cuando podemos importar destornilladores? Recordemos la aspiración ideal: una palabra para cada concepto. No dejemos que las ambigüedades se resuelvan en función del contexto.

5 – Hagamos prevalecer la capacidad expresiva (objetiva) sobre los criterios estéticos (subjetivos). Un perro mordió a Juan es algo que hizo un perro, mientras que Juan fue mordido por un perro es algo que le sucedió a Juan. Una idea bien expresada puede ser tan bella como una expresión evocadora o poética.

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Más sobre la polución

Hubo un tiempo en que la mayoría de los hablantes usaban, o por lo menos conocían, la palabra 'polución'. El término empezó a estar en uso cuando las ciudades del mundo industrializado empezaron a acumular cantidades conspicuas de humos, sobre todo de la industria y de los automóviles. Quién podía imaginar por aquel entonces que, con el paso del tiempo, la guerra contra la polución se convertiría uno de los pilares de una nueva religión que hoy amenaza asfixiarnos.

En los años 60, cuando los automóviles empezaron a adueñarse de nuestras calles, la polución era simplemente el precio que teníamos que pagar para que nuestras ciudades se parecieran a Londres, París o Nueva York. Se hablaba de sus efectos en personas con afecciones respiratorias y de sus posibles consecuencias a largo plazo, aunque no se sabía de nadie que hubiese muerto 'de polución'. Pese a todo, tengo la impresión de que, por aquellos años, pocos habrían renunciado al automóvil a cambio de un aire más puro en sus  pulmones.

La polución no duró mucho en los periódicos. Recuerdo que, cierto día, un celoso lector de un diario dio la voz de alarma: ¡aquella palabra era un anglicismo! En las redacciones de todos los periódicos sonaron las trompetas. Zafarrancho de combate. Y el viejo reflejo nacional del 'No pasarán' unió los corazones del periodismo nacional.

El problema, en realidad, era doble. Por una parte, la pérfida Albión y el imperialista tío Sam amenazaban invadirnos con sus abominables costumbres extranjeras. Muchos se preguntaban, alarmados: ¿acabarán las plazas de toros convertidas en hamburgueserías? Desde luego, era una posibilidad que no había que descartar. Pero no se engañen ustedes: lo que realmente molestaba a aquel celoso lector eran las connotaciones sexuales.

De hecho, hasta que el vocablo empezó a aparecer en las columnas de los periódicos, las poluciones en español eran únicamente nocturnas. La polución diurna se llamaba simplemente 'eyaculación', y era -dentro de lo que cabe- voluntaria. La libertad sexual no había relegado todavía la polución nocturna al baúl de los recuerdos, y los seminaristas no eran, presumiblemente, los únicos en experimentarla. Pero, ¿por qué diferenciar entre esas dos formas de eyaculación hasta el punto de cambiarle el nombre a una de ellas?

Probablemente porque la polución nocturna, por deplorable que fuese, no era pecado. Uno tenía un intenso sueño erótico, experimentaba ese delicioso estremecimiento que sólo en las entrañas de una santa esposa le estaba permitido experimentar, y a la mañana siguiente las sábanas aparecían manchadas. En otras palabras, polutas.  O, si los intransigentes no me aceptan la palabra, lo contrario de impolutas. Sin embargo, si uno se toma un vaso de leche al meterse en la cama y se le derraman unas gotas, no estamos ante un caso de polución nocturna. ¿Por qué?  Porque la mancha que ha aparecerido no es de origen sexual. Cuando hay de por medio connotaciones morales, 'polución' es un eufemismo que hace referencia al efecto para no nombrar la causa.

De modo que tendremos que interpretar que poluir de noche es pecado, mientras que poluir de día, depende. La vida cotidiana está llena de situaciones contextuales, pero sería realmente deseable que el pan siempre fuera pan, y el vino, vino.  Sin embargo, no parece que este tipo de razonamientos pesase mucho en el ánimo de aquellos periodistas españoles de los años 70. Mientras el tren Talgo incorporaba un complejo mecanismo de ingeniería para adaptarse a la anchura de las vías francesas, en las redacciones de los periódicos le declaraban la guerra a la extranjera polución... y la sustituían por otra palabra mucho más “correcta”: contaminación.

Cuando uno está acostumbrado a hablar sin salirse de un contexto, la nueva palabra es perfectamente aceptable. Al fin y al cabo, estamos hablando de nuestros tubos de escape y de las chimeneas de nuestras fábricas. ¿Qué otra cosa podemos querer decir cuando decimos 'contaminación'?

La ventaja principal de referir nuestra conversación a un contexto es que no hay que esforzarse mucho por escoger la palabra adecuada. Cuanto más reducido sea nuestro contexto, más palabras nos servirán como metáforas. Y, si ese día no estamos muy brillantes y no conseguimos llegar a la punta de la lengua, siempre podremos salir del paso apostillando: "... por decirlo de alguna manera". Siempre que nuestros interlocutores estén “en el ajo”, cualquiera nos entenderá cuando decimos que nuestro automóvil "es una bala" -sobre todo si uno "le arrea"-. Y, si el pobre está ya "hecho polvo", nadie nos negará que el modelo que nos gustaría comprar está "por las nubes". Entre tanto, uno tendrá que resignarse a que esa vieja "cafetera" siga... "contaminando" (por decirlo de alguna manera).

Pero todavía no hemos tratado de aclarar qué diferencia hay entre polución y contaminación. Hasta que empezó todo este lío, la contaminación era algo que podía suceder, por ejemplo, en un quirófano o en un laboratorio. Si nuestro bisturí estaba contaminado, el paciente podía resultar infectado, y si las muestras que estábamos analizando estaban contaminadas, nuestros resultados no serían válidos. Es decir, la contaminación implicaba un cambio cualitativo: una vez contaminados, el estado del paciente y el resultado de los análisis se convertían en algo diferente. En una central nuclear el aire puede estar más o menos poluido pero, si se detecta una fuga radiactiva, evacúen inmediatamente las instalaciones.

El diccionario Webster considera 'pollution' y 'contamination' como sinónimas hasta cierto punto, aunque establece una diferencia importante:

"Contaminate - To soil, stain, corrupt, or infect by contact or association (bacteria contaminated the wound); to make inferior or impure by admixture (iron contaminated with phosphorus); to make unfit for use by the introduction of unwholesome or undesirable elements."

"Pollute, sometimes interchangeable with contaminate, distinctively may imply that the process which begins with contamination is complete and that what was pure or clean has been made foul, poisoned, or filthy (the polluted waters of the river)"

Sin embargo, esta última explicación no se corresponde con la realidad. Nadie espera que el agua de un río sea químicamente pura. Los ríos, como la atmósfera, contienen normalmente un cierto grado de polución aceptable, lo cual no quiere decir que estén 'contaminados'. A la contaminación se llega cuando esa polución se sigue acumulando hasta el punto de hacerlos nocivos. Hace algunos años, The Economist dedicaba un largo dossier a los lagos escandinavos. Según el autor, aquellos lagos habían estado recibiendo durante años vertidos fluviales que los habían poluido. Pero la polución había aumentado hasta tal punto que, en algunos lagos, la vida fluvial había desaparecido. El aumento de polución había alcanzado un umbral cualitativo: el agua de aquellos lagos no era ya apta para los seres vivos. Aquellos lagos -concluía, por consiguiente, The Economist- estaban contaminados.

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Quita, quita

Mi amigo imaginario Helmut Grundig me preguntó el otro día (desde Alemania):

“¿Cómo demonios expresa uno en español la acción de quitar? Irritar, excitar o invitar tienen un sustantivo. ¿Por qué quitar no lo tiene?”

La pregunta me hizo pensar. Es curioso que a todo el mundo le suene mal 'quitación', pero no 'equitación'. Siguiendo la pauta de citar, recitar, gritar o pitar, bien podrían haber escogido quita, quital, quito o quitido, pero de todas ellas sólo 'quita' está en uso, y únicamente en el mundo financiero. Es cierto, en tauromaquia se usa 'quite', pero en la vida cotidiana esa palabra a todos les suena 'a toros'.

Helmut tiene razón. Pero la situación es mucho peor todavía: hay verbos tan imprescindibles como sacar, poner, llevar o traer que tampoco tienen sustantivo. De contraer viene contracción, y de componer, composición, pero cuando Manolo trae un huevo y lo pone encima de la mesa a nadie se le ocurre decir que Manolo acaba de hacer una tracción y una posición (y mucho menos una puesta... a menos que Manolo sea una gallina). De llevación, ni hablemos. Y cualquiera de nosotros puede hacer todos los saques que quiera con un balón, pero nunca un saque de macarrones de la despensa.

Los traductores, desde luego, saben esto desde hace siglos... y escurren el bulto vergonzantemente. ¡Pero es que hay sinónimos!, exclamarán los más conservadores. Yo no lo creo. Quitar a la suegra del sofá no es lo mismo que eliminarla. El polvo normalmente se quita, no se extrae. Y los pies tampoco es necesario suprimirlos; basta con quitarlos de encima de la mesa. Así que les haré a ustedes una propuesta: sacudámonos la holgazanería mental, y démosle a la lengua lo que es de la lengua.

En otras palabras: gimnasia para nuestras neuronas, y... quitación (o, si ustedes lo prefieren, quite, quito, quita, quital o quitido) de todos estos prejuicios.

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Una experiencia surrealista

No sé cómo queda aún gente que estudia español.

Mi amigo imaginario Helmut Grundig, que se había instalado en España para aprender español, telefoneó el otro día a un hotel. Quería averiguar si quedaban suficientes habitaciones libres. Sospechando que el hotel estaría probablemente muy habitado, decidió preguntar por el porcentaje de habitación del hotel.

"Seguramente quiere usted decir el porcentaje de ocupación", corrigió amablemente el conserje. "Aquí estamos completos, señor, pero le pongo ahora mismo con la Oficina de Turismo."

Al poco rato, oyó al teléfono una voz femenina. Mi amigo había tenido muy en cuenta las explicaciones del conserje, de modo que empezó diciendo:

“Buenos días. Estoy llamando en relación con una consulta ocupacional...”

"Querrá usted decir de alojamiento”, aclaró la empleada. “Una consulta ocupacional es una consulta laboral".

Mi amigo abrió los ojos, sorprendido.

"¿Cuántas habitaciones necesita?" -prosiguió su interlocutora.

"Dos", respondió Helmut. “La otra es para un primo mío, pero la pagaré yo. Mi primo está... desocupado”.

“¿Desocupado? Querrá usted decir parado", puntualizó la funcionaria.

Helmut empezaba a ponerse nervioso. Apenas unos minutos después, su interlocutora le anunció que le había encontrado dos habitaciones en un hotel.

"Justo al lado del hotel tiene usted una parada de autobús", añadió. "Sin embargo, hoy tendrá que parar un taxi. Los conductores de autobús están en paro."

"¿Detenidos?", exclamó Helmut, que no entendía por qué razón los conductores se habían quedado quietos.

"No, no”, dijo la mujer. “Detenidos es arrestados"

"Entonces, ¿desocupados?"

"No, señor, tampoco. Cuando digo 'en paro' quiero decir que están en huelga... "

Era la gota que colmaba el vaso. Mi amigo Helmut Grundig se metió inmediatamente en un taxi, se dirigió al aeropuerto y se subió al primer avión de regreso a su país. El español, que lo estudie Rita.

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A la carrera

En mi buscador lo he averiguado. Lo han hecho arrendadores y arrendatarios, alumnos, viajeros, novios, damas de la caridad, revistas, países, pilotos, concejales, policías, familias japonesas, y hasta el general Pinochet. No, no es lo que usted está pensando. Lo que todos ellos tienen en común es, simplemente, su afición a correr. Y es que todos ellos han corrido, corren, o posiblemente correrán alguna vez en su vida... con los gastos. 

¿Qué prisa tienen? ¿Por qué nadie corre nunca con los ingresos, o con los ahorros, que sería mucho más sensato?

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Sunday, July 1, 2018

De lengua a lengua

Los socorristas no lo han conseguido todavía, porque no pueden hacer dos cosas a la vez. Pero el resto de la gente lo practica ya desde hace tiempo. Con la relajación de las costumbres, era inevitable. Hasta hace unos años, las noticias se limitaban a correr de boca en boca. Pero, hoy en día, todo escrúpulo se ha perdido, y las noticias se transmiten ya directamente 'boca a boca'. Los tiempos cambian...  

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Gajes sociables

Créanlo ustedes o no. Las personas hace años que tenemos nuestros derechos humanos, pero en el diccionario quedan todavía palabras oprimidas por la esclavitud. Fíjense, por ejemplo, en la palabra 'gaje'. ¿Alguien conoce un gaje que no sea del oficio? Es más, ¿alguien ha visto alguna vez un gaje solo, sin nadie que lo acompañe? Pues no. Los gajes van siempre juntos a todas partes. De la mano del oficio. Además, los gajes aparecen siempre al final de la conversación, los pobres. ¿Queréis terminar una conversación aburrida, y no sabéis cómo? Nada más fácil. Levantáis una ceja, miráis al suelo con aire resignado, y suspiráis: "Qué le vamos a hacer, chico. Son gajes del oficio". Y ya tenéis vía libre para iros al cine con Purita.

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Cruces de neurona

Que alguien me responda a esta pregunta: ¿cuál es el plural de 'casa de huéspedes'?

Correcto. Pero no cante usted victoria antes de tiempo. Ahora conteste: ¿cuál es el plural de 'caja de ahorros?

Pues no. El plural de 'caja de ahorros'? es 'cajas de ahorro'.

¡Sorpresa!

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Derechos fofos

Hasta hace poco tiempo yo creía que los derechos se ejercían, mientras que los biceps se ejercitaban. Ahora ya no estoy tan seguro. Repita usted los dos verbos muchas veces en voz alta y verá cómo usted también se lía.

La cosa parece preocupante. ¿Tan débiles están los derechos que hace falta ejercitarlos?

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La culpa

Aunque no siempre somos conscientes de ello, la religión ha dejado huellas entre nosotros. Un ejemplo difícil de refutar es la expresión "por culpa de". Que yo sepa, la culpabilidad es un concepto judicial o moral. En los dos casos, implica expiación. ¿Realmente creemos que alguien ha hecho algo malo cuando usamos esa expresión? ¿Esperamos que sea castigado o se arrepienta de algún pecado? No quiero ni pensarlo. A juzgar por la frecuencia con que la oímos, viviríamos en un juicio permanente.

Para aclarar ideas, acudo a mi buscador. Podría entender (hasta cierto punto) a aquel cura de Oviedo cuando declara: "Yo entré en contacto con la parroquia por culpa de unas clases de guitarra". Podemos suponer que la guitarra era inocente, de modo que, tratándose de un cura, podría ser un caso de deformación profesional.

Pero ¿qué debo pensar de frases como "Los periodistas italianos, en huelga por culpa de Internet", “No se entrena por culpa de su tobillo”, o "Se arresta a dos británicos por culpa de un virus"? ¿Hasta qué punto es culpable una cáscara de plátano de que yo me dé un batacazo? ¿Habrá que castigar también al tomate, que está tranquilo en su mata?

Pues que alguien me diga cómo.

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