Saturday, April 13, 2019

Palabras que aborrezco: brindar

Hasta donde he podido averiguar, la palabra 'brindis' proviene del italiano 'brindisi', que a su vez la tomó de la expresión alemana "[ich] bring dir's" (te lo ofrezco). Según cierto cronista, esa era la expresión que profirieron por primera vez los “Landsknechte “de Carlos V mientras entrechocaban alegremente sus copas después de saquear Roma.

Sea o no cierta esta anécdota, el caso es que los brindis son en nuestros días una costumbre prácticamente universal. Por lo general con sendas copas en la mano, aunque en España tenemos una curiosa excepción: la tauromaquia.  La imagen del matador levantando su montera y 'brindándole' el próximo toro a la encandilada actriz americana de turno forma parte inseparable de mi infancia. No es que yo haya haya sido nunca “aficionado” -tengo el vago recuerdo de haber asistido una sola vez a una corrida, siendo muy niño, y ni siquiera de eso estoy seguro-, pero sí recuerdo haber visto unas cuantas por televisión en aquellos tiempos lejanos en que no había mucho donde escoger.

Lo más sorprendente de todo es que, siendo el español una lengua poderosamente contextual, el verbo brindar se use como sinónimo de ofrecer sin que las connotaciones festivas o taurinas lo contaminen. Por supuesto, se trata de un verbo “elegante”, como 'realizar', 'resultar', 'disponer de', 'contar con' y tantos otros a los que muchos hablantes se agarran para no parecer plebeyos (¿cómo era aquel refrán de la mona que se vestía de seda?). Aunque luego vayan al cine y no les parezcan de mal gusto los torrentes de palabrotas que colorean los diálogos de tantas películas.

Pero mi problema es que no puedo evitar imaginarme al torero montera en mano cada vez que alguien brinda cosas tan raras como apoyo, cariño, fortaleza, atención, impulso, reconocimiento, buena cara, adioses, charlas, posibilidades, enseñanzas, respuestas, y hasta (Google dixit) 'lo que el viento le brindó'. Vamos a ver: ¿qué es lo que se quiere celebrar? O, peor todavía: ¿qué toro matamos? ¿Por qué no limitarse a dar, prodigar, ofrecer o deparar, que no tienen regusto a champagne ni a sangre de morlaco?  Pues no lo sé.

El gusto de los españoles por comportarse como acémilas y su obsesión por no parecerlo son de manual de psiquiatría. Como lo es, probablemente, el ancestral rito colectivo de burlar, banderillear, rejonear, humillar y terminar matando al “cornudo”. Así que, como me temo que la cosa no tiene arreglo, acomodémonos en el tendido de sombra, trabemos conversación con la hermosa actriz de Hollywood evitando mirar al coso y, como los mercenarios teutónicos del Emperador... brindemos.

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Monday, September 3, 2018

Algunas pronunciaciones

¿Cómo fiarse de los periodistas españoles, cuando ni siquiera se molestan en verificar la pronunciación de las palabras extranjeras que usan? Veamos algunos ejemplos.

- Recuerdo mi desesperación durante la última guerra de Iraq cuando la inmensa mayoría de los 'informadores' de radio y televisión se empeñaban en llamar 'Bagdak' a la capital de Iraq. A nadie parecía importarle, y menos que a nadie a los jefes de redacción, a los directores de los informativos o al director de la emisora. ¿Todos ellos eran también disléxicos? Creo que el calificativo es otro: incompetentes.

- El actual presidente de Siria se llama Bashar al Assad, que se pronuncia 'bashár al ássad'. Me ha llevado escasos segundos verificarlo en mi buscador, simplemente escribiendo "al assad pronunciation". Es más: no sólo he encontrado la pronunciación del nombre del presidente, sino de varias docenas de nombres y apellidos sirios.

- En los medios españoles, el acento está también casi siempre mal pronunciado en 'Al Qaeda'. Después de varias semanas de fluctuar entre distintas pronunciaciones sin molestarse en averiguar la correcta, los 'informadores' se decidieron finalmente por la más incorrecta: 'al caéda'. Naturalmente, nadie espera que algún locutor pronuncie correctamente esa 'q', que tiene un sonido mucho más gutural que la nuestra, ni la contracción de la glotis que separa la 'a' y la 'e'. Pero al menos podrían haberse ahorrado varios segundos de tertulias estériles y haber averiguado que en realidad se pronuncia 'al cáeda'.

- La reciente huida del nazi provinciano Carlos Puigdemont a Bélgica ha puesto de moda la localidad de Waterloo. Que, como todo el mundo sabe o debería saber, no está en Gran Bretaña ni en USA (aunque hay un Waterloo en los Estados Unidos), y por lo tanto no se pronuncia en inglés, sino en valón. A saber: 'váterlo'. Igual que en los casos anteriores, sólo me ha llevado segundos comprobarlo. Es más: ni siquiera los corresponsales en Waterloo parecen conocer el nombre de la ciudad en la que se encuentran. ¿Qué clase de profesionales son esos sujetos?

- En alemán, 'Land' significa en términos generales 'tierra' o 'territorio'. En particular, es la palabra con que los alemanes designan a cada Estado de la República Federal Alemana. Pues bien, en alemán el plural de 'Land' (pronunciado 'lant') es 'Länder' (pronunciado 'lender', o 'lenda'). Pese a todo, una gran mayoría de presuntos periodistas se empeñan en hablar de 'un Lander' para referirse a un solo Estado. ¿No les ha intrigado comprobar que unas veces leen 'Land' y otras veces 'Länder'? Pues parece que no. Si ni siquiera les importa esa diferencia, ¿cómo creerles en todo lo demás?

- ¿Saudí o saudita? Por lo general, reina la confusión entre esas dos terminaciones: ¿israelí o israelita?, ¿suní o sunita? La terminación -í proviene del árabe, y significa 'oriundo de'. Basten dos ejemplos: 'ceutí' (oriundo de Ceuta) y 'baladí' (en árabe, 'balad' significa 'campo'). En cambio, la terminación -ita denota pertenencia a una secta o ideología, como en 'ebionita' o 'monofisita'. Actualmente se tiende más a la terminación -ista, como en 'calvinista'. Pero, a falta de saudistas o israelistas, 'saudita' debería ser quien pertenece a la dinastía religiosa de Saúd, y por extensión el país gobernado por esa dinastía, mientras que 'saudí' sería el originario de Arabia Saudita. Igualmente, 'israelita' tendría que ser sinónimo de 'hebreo', mientras que un 'israelí' sería un ciudadano de Israel.

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Sunday, August 19, 2018

Elegir

Que yo sepa, 'elegir' significa que mucha gente vota para que una persona ocupe (o no) un cargo representativo. Una sola persona no puede 'elegir' un pantalón en una tienda de ropa. Puede seleccionarlo, o escogerlo. Esta confusión, que naturalmente podemos ignorar si recurrimos al socorrido contexto, parece sorprendente en un país que hace ya dos generaciones que vive en democracia.

Lo malo es que la causa más probable de esta confusión, que podríamos alegar como atenuante, revela otra deficiencia flagrante del español: los prejuicios -o la desidia- frente a las reglas de la morfología. En efecto, resulta que 'escoger' es un verbo sin sustantivo y, como sucede demasiado a menudo en español, en lugar de aplicar las reglas de la morfología el hablante prefiere emprender una excursión por los cerros de Ubeda y echar mano de un sinónimo.

Entonces, si uno quisiera expresarse correctamente, ¿qué debería decir, por ejemplo, en lugar de "no tengo elección"? En Colombia se usa, a nivel popular, la palabra "escogencia", pero en España y otros países está mal vista. ¿Y la acción de escoger? Pues se asombrará usted, pero 'encogimiento' está bien vista, mientras que 'escogimiento' no lo está.  

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Discutir

La confusión entre 'discutir' y 'disputar' es tan significativa como la que hay entre 'escuchar' y 'oír'. En el DRAE figura todavía 'discutir' con el significado principal de 'analizar', pero en el uso corriente esa palabra es sinónimo de 'llevarse la contraria'. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que cuando se discute en español, efectivamente, todas las posiciones están férreamente determinadas de antemano y nadie está jamás dispuesto a dar su brazo a torcer.

Faltaría más.

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Investigar

En el siglo XVI, maese Diego de Ortiz, maestro toledano de la viola de gamba, escribió unos bellísimos ejercicios para ese instrumento que él llamó "Recercadas del Tratado de glosas". En aquellos tiempos "recercar" era sinónimo de buscar, explorar. Hacía falta quizá una sociedad acomodaticia y retrógrada para olvidar por falta de uso el significado de esa palabra de origen latino, que sin embargo han seguido usando hasta el día de hoy los hablantes de italiano (ricercare), inglés (research), francés (recherche) e incluso rumano (cercetare).

Irónicamente, la palabra figura hoy en el DRAE sólo con el significado de 'instalar una cerca'. Lo que habría debido ser inquietud, afán de exploración o sed de conocimiento evoca, por el contrario, un concepto defensivo. ¿Frente a la irrupción del pensamiento científico?, cabe preguntarse.

Cuando -presumiblemente siglos después de Diego de Ortiz- alguien necesitó por fin usar su cerebro con fines científicos, en lugar de sentar cátedra o de poner verde al prójimo, no quiso o no supo rescatar la antigua 'recerca'. Al fin y al cabo, ya se sabe que lo importante es el contexto, y en el contexto apropiado con 'investigar' bastaba y sobraba. Así, en un contexto policial un policía 'investigaria' un caso, mientras que en un contexto científico un biólogo 'investigaría' el comportamiento de una célula. En un mundo estático en el que nadie osa jamás romper la rutina, la idea de que a un científico se le ocurra investigar un delito, o a un policía investigar una reacción química, es descabellada. Y la lengua lo refleja.

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Sunday, August 12, 2018

Motivo, razón, causa

Un motivo es un impulso que nos mueve a obrar de determinada manera. Es, por tanto, enteramente subjetivo, y se inscribe en mayor o menor medida en la esfera de las emociones ("tiene motivos para enfadarse"). Una razón, en cambio, se sustenta siempre en una argumentación objetiva ("tiene razones para recetar ese medicamento"). Y una causa es una circunstancia independiente de quiénes la protagonicen ("ésas fueron las causas del incendio").

A veces, una razón aparente puede encubrir un motivo, que sería por consiguiente la verdadera causa, por lo que se trata de tres significados distintos que sería necesario diferenciar. Ejemplos:

Se convirtió al catolicismo porque deseaba pertenecer a esa iglesia (motivo)
Se convirtió al catolicismo para no llamar la atención (razón)
Se convirtió al catolicismo porque lo obligaron (causa)

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Hipótesis

Estrictamente hablando, una hipótesis es una idea que tal vez permitiría explicar determinado fenómeno. Una hipótesis está siempre en el aire mientras no sea confirmada, en tanto que un supuesto es algo de lo que uno no está seguro, pero que considera válido. Cuando uno invoca una idea basándose únicamente en intuiciones, indicios o sospechas, habría que hablar más bien de conjeturas o especulaciones.

Tratemos de encontrar un ejemplo. 'El sol gira alrededor de la tierra' es una hipótesis que los científicos han demostrado falsa. Pero uno puede tener razones para creer que es cierta, en cuyo caso se trataría de un supuesto. En cambio, si uno simplemente tiene la corazonada de que el sol gira alrededor de la tierra, entonces su afirmación no pasará de ser una conjetura.

Como nota curiosa, se ha generalizado el uso del verbo 'barajar' en el sentido de 'contemplar cierto número de hipótesis'. Como metáfora no parece muy brillante, ya que, hablando de naipes, la finalidad de barajar es introducir el azar, concepto bastante alejado del terreno de las hipótesis. Pero lo que ya no tiene ni pies ni cabeza es barajar una hipótesis. Me recuerda a la anécdota aquella del policía antidisturbios que durante una manifestación ilegal, allá por los años 70, abordó amenazadoramente a un compañero de mi clase y le dijo: "¡Disuélvase!"

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Lógico

La lógica es un conjunto de reglas rigurosamente definidas que permiten formalizar una argumentación. En la vida cotidiana, la lógica tiene también cabida a veces, por ejemplo cuando decimos:

Es lógico que Juan no diga nada: es mudo

Sin embargo, a menudo el adjetivo 'lógico' se usa como sinónimo de 'natural', 'comprensible', 'previsible' o 'evidente', por ejemplo en:

Es lógico que Juan esté preocupado

Implícitamente, lo que queremos decir aquí es que, dada la situación de Juan, cualquier persona en su lugar estaría preocupada, y Juan es nada más que un caso particular de una afirmación general.

Sin embargo, algunos hablantes que quieren parecer más cultos de lo que son han adoptado el adverbio 'lógicamente' como una coletilla que les vale casi para todo. Para ellos, viene a significar algo así como "claro, ..." o "desde luego, ...". Por ejemplo:

Lógicamente, me gusta esa canción
Lógicamente, puedes venir a casa cuando quieras

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Contundente

Una palabra que se usa mucho desde hace algún tiempo es 'contundencia'. Oímos hablar de afirmaciones, razones, pruebas o argumentos 'contundentes', sospechando que lo que el hablante quiere decir es categóricos, rotundos, taxativos, concluyentes o terminantes. Si los políticos y periodistas que han puesto de moda la contundencia tuvieran hacia la morfología un respeto que nunca han tenido, tendrían presente que contundente es aquello que produce contusión, y tratarían de encontrar un adjetivo menos metafórico.

(Alternativamente, reconocerían su oceánica ignorancia, se comprarían su primer libro y adoptarían la exótica costumbre de leer).

Pero el problema no es sólo el ocaso de la cultura escrita. El problema es la incoherencia intrínseca de un lenguaje cuya semántica es contextual. Hay una relación inversa entre la amplitud del contexto y el valor metafórico de las palabras. Cuanto más reducido es el contexto (es decir, la tribu de hablantes), más ambivalentes son las palabras que usamos. Sólo así podemos entender la existencia de expresiones como 'buen rollo' o 'buena onda', que para un mafioso significan exactamente lo contrario que para su víctima.

La morfología en español no importa mucho. Es sólo un pretexto. Lo contrario de insignificante no es significante, sino 'significativo'. Lo contrario de indeleble no es deleble, sino borrable. Inmutarse es lo mismo que alterarse, pero inmutable es lo contrario de alterable. Y así sucesivamente. La morfología no refleja la estructura de los conceptos cuando los grupos cerrados de hablantes tienden a adoptar la estructura de conceptos del contexto que comparten, y cuando históricamente no han sentido necesidad de comunicarse con otros hablantes externos a la tribu. Si tu vida social y la de tus antepasados se ha desarrollado siempre en torno al polo norte, ¿qué necesidad hay de usar dos palabras para referirse al polo norte, dejando abierta la posibilidad de hablar del polo sur? ¿No bastaría con llamarlo 'el polo'?

Las implicaciones de esta realidad van mucho más allá del simple lenguaje y explican, por ejemplo, la dificultad de implantar un sistema democrático único en las sociedades multitribales, y la curiosa circunstancia de que el laberinto aparente de la política española sólo es posible entenderlo en términos de tribus.

Pero volvamos a la contundencia. Unos párrafos más atrás he mencionado varios sinónimos del adjetivo 'contundente': categórico, rotundo, taxativo, concluyente, terminante. De estos cinco adjetivos, sólo uno tiene un sustantivo conocido: rotundidad. Por desgracia, para conocer este sustantivo hay que haber leído por lo menos diez o quince libros en la vida, hazaña que está fuera del alcance de la mayoría de los periodistas y escritores hispanohablantes actuales. Por lo demás, nadie ha oído nunca hablar de categoricidad, taxatividad, concluyencia o terminancia, y no digamos ya de tajancia, convincencia, aplastancia o decisividad.

Nunca lo sabremos, pero es posible que si el sustantivo 'concluyencia' estuviera en uso nadie habría tenido necesidad de recurrir a la contundencia. Por cierto, con la definición de 'contundente' la RAE vuelve a patinar -por enésima vez- en su lamentable diccionario. Señores académicos, ¿podrían ustedes aportar algún ejemplo de que lo contundente "produce una gran impresión en el ánimo, convenciéndolo"? Sería una gran noticia. Entre tanto, me limitaré a transmitirles mi deseo “contundente” de que disuelvan cuanto antes esa antediluviana institución.

¿Institución? Perdón. Quería decir 'tribu'.

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Thursday, July 12, 2018

Hubiera / habría

No sabria decir desde cuándo están sustituyendo los hablantes, al menos en España, las formas verbales del tipo "habría hecho X" por "hubiera hecho X", quizá por influencia de expresiones tales como "¡quién hubiera podido!" Esta sustitución elimina la diferencia entre el subjuntivo y el condicional, pero sólo en las formas compuestas. Actualmente, parecen aceptable decir, por ejemplo, "Si hubiera tenido hambre, hubiera comido", pero no "Tengo tanta hambre que me comiera un bocadillo de jamón". En fin, el habitual galimatías del español coloquial.

Ejemplos:  ¿Qué viaje te hubiera gustado hacer? (¿Qué viaje te habría gustado hacer?) Lo hubiera hecho de todos modos (Lo habría hecho de todos modos)

Leyendo algunos comentarios en Internet averiguo que la RAE, que últimamente juega a hacer un diccionario de uso, no de autoridad, admite el subjuntivo en lugar del condicional. Pero una cosa es el uso y otra la coherencia del idioma.

Consideremos la frase "Si hubiera tenido hambre, hubiera comido", y sustituyamos las formas compuestas por las simples: En “Si tuviera hambre, comiera”, no parece que las formas verbales estén bien escogidas. En concreto, la forma “comiera” parece estar pidiendo a gritos un condicional: “Si comiera...” De modo que, por coherencia, habría que defender la construcción subjuntivo-condicional como la forma canónica. Una cosa es recoger un uso, y otra muy distinta es defender la coherencia. La RAE no se aclara. Ha metido mil veces la pata censurando neologismos que no tenían equivalente, y ahora se pasa al otro extremo y mete la pata “aceptando” un uso a todas luces incoherente.

Curiosamente, en las provincias vascas y norte de Castilla sucede el fenómeno contrario: se usa sistemáticamente la forma 'habría' en lugar de 'hubiera'.

Ejemplo:  Si tendría patatas cocinaría una tortilla

Una dificultad más para los desaprensivos que se embarcan en el aprendizaje de la laberíntica lengua española.

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Wednesday, July 11, 2018

¿Prueba o evidencia?

Quizá por influencia de la expresión 'poner en evidencia', en el sentido de desenmascarar o abochornar, la palabra 'evidencia' es contemplada con cierto recelo por los hablantes, que generalmente prefieren decir 'prueba'. Sin embargo, hay una diferencia cualitativa entre ambos conceptos. 'Evidente' es lo que hemos comprobado. Si hemos comprobado que la aspirina calma el dolor, entonces diremos que tenemos 'evidencia' de las propiedades calmantes de la aspirina. Cuando esas propiedades no son evidentes es precisamente cuando tendemos que 'probar' su existencia.

'Probar' es, además, un concepto en el que se cruzan significados muy diferentes. Uno de ellos es 'catar' o 'degustar', y otro es el adjetivo 'probable', que no tiene ninguna relación con ninguno de los otros dos. A veces, para salir del paso, tenemos que recurrir al verbo 'demostrar', que a su vez es ambiguo. En efecto, no es lo mismo demostrar -es decir, evidenciar- sensatez que demostrar el teorema de Pitágoras. Apoyándonos en las muletas del contexto, solemos hacernos comprender, pero si queremos expresarnos en una lengua menos contextualizada, ¿qué palabra escogeremos en una situación dada? ¿Prueba, evidencia, demostración, comprobación? Si no tenemos en mente el significado absoluto de lo que queremos decir, tenemos bastantes probabilidades de no acertar. Y cada vez que cambiemos de contexto, nos preguntaremos por qué nuestro interlocutor no ha cambiado de palabra.

Descontextualizar nuestro sistema de conceptos es un proceso lento y dificultoso. Por eso no son de extrañar las dificultades con que nos encontramos cuando nos proponemos hablar inglés. Quizá esto explique el gran porcentaje de españoles que se proponen aprender inglés para, poco tiempo después, tirar la toalla.

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Una serie de conceptos

Por definición, una serie es un conjunto ordenado de personas, de cosas o de ideas. Sin embargo, la plantilla mental 'una serie de' es desde hace tiempo una expresión muy usada en español para indicar 'cierto número de'. Lo cual quiere decir que, al hacer uso de ella, nos desentendemos de la noción de orden. Pero hay conceptos que pueden estar ordenados o desordenados, y empaquetándolos en una serie no tenemos forma de discernir en qué estado se encuentran. Si decimos, por ejemplo, “tengo una serie de preguntas”, no necesariamente queremos decir que van una a continuación de otra. Y esa información puede tener interés, porque podría aclarar a nuestro interlocutor si lo que tengo en mente es una entrevista o unas cuantas preguntas seleccionadas siguiendo otro criterio. Algo parecido sucede si hablamos de 'una serie de estaciones'. ¿Estamos hablando de una línea de tren, o de las estaciones que, a nuestro entender, necesitan -por ejemplo- reformas?

Si estuviéramos acostumbrados a expresar el signifcado absoluto de los conceptos -es decir, con independencia de su contexto-, nos importaría distinguir. Pero generalmente no nos importa, porque sabemos que detrás de nuestras conversaciones hay un contexto, y esperamos que nuestro interlocutor interprete nuestras palabras sobre ese trasfondo. La presencia del contexto nos facilita mucho las cosas, porque las relaciones entre sus componentes son generalmente mucho más simples, lo cual tiene dos consecuencias indeseables: (1) nos acostumbra a pensar en términos más superficiales, y (2) dificulta nuestro aprendizaje de lenguas menos dependientes del contexto.

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Monday, July 2, 2018

Un programa de habilitación

Sé que mi propuesta caerá en saco roto. La lengua española, igual que sus hablantes, tiende sempiternamente al localismo. A falta de una visión anchurosa que la eleve sobre los cerros del chismorreo, la familia y la pandilla, probablemente nunca llegue a levantar el vuelo. No es un problema lingüístico, sino de mentalidad. Lo que yo veo evidente es que, si no hacemos nada, el futuro es sombrío. A largo plazo, el localismo mental sólo puede conducir a la lenta extinción del español como lengua de pensamiento, relegada a los últimos reductos de las alcobas, los chismorreos, las cárceles o las telenovelas.

Lo que yo querría proponer aquí es un gran programa de habilitación de la lengua española. No de rehabilitación, porque ni siquiera en los tiempos del Imperio tuvo nuestra lengua vocación de universalidad. La aversión al pensamiento científico ha sido siempre un obstáculo insalvable. El programa que yo propongo constaría de varios elementos, de los cuales cinco serían fundamentales:

1 - Habilitación de la morfología. No dejemos que indeleble, expectante, o escrutinio sean palabras sin verbo. Permitamos que membresía designe la condición de miembro. Diferenciemos entre el tiempo cronológico y el meteorológico, y construyamos adjetivos para este último y para todos sus componentes.

2 - Recolocación de las palabras en funcion de sus significados. Usemos oír cuando queremos decir oír, y escuchar cuando queremos decir escuchar. Dejemos que lactancia sea la propiedad de lactar, y usemos lactación cuando hablemos del acto de lactar. Y restauremos la coherencia de los significados. Si 'aislamiento' es el estado de quien está aislado, ¿por qué 'salvedad' no es el estado de quien está a salvo?

3 – Revisión sistemática de las preposiciones y de sus funciones, eliminando, en caso necesario, las que son innecesarias o inducen a confusión. Una población cuenta 25.000 habitantes, aunque no siempre cuente con ellos. Muchas personas cumplen su palabra, pero no siempre cumplen con sus amigos.

4 – Atrevámonos a nombrar lo que no tiene nombre, particularmente si otras lenguas tienen palabras que llenan ese hueco. Dejemos que preempción, kit, partenaire, testar, ralentizar o monitorizar salgan de sus ghettos y desempeñen una función necesaria, independientemente del contexto. No temamos rescatar viejos términos latinos, o palabras de otras lenguas. ¿Por qué apretar tornillos con los dedos cuando podemos importar destornilladores? Recordemos la aspiración ideal: una palabra para cada concepto. No dejemos que las ambigüedades se resuelvan en función del contexto.

5 – Hagamos prevalecer la capacidad expresiva (objetiva) sobre los criterios estéticos (subjetivos). Un perro mordió a Juan es algo que hizo un perro, mientras que Juan fue mordido por un perro es algo que le sucedió a Juan. Una idea bien expresada puede ser tan bella como una expresión evocadora o poética.

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Más sobre la polución

Hubo un tiempo en que la mayoría de los hablantes usaban, o por lo menos conocían, la palabra 'polución'. El término empezó a estar en uso cuando las ciudades del mundo industrializado empezaron a acumular cantidades conspicuas de humos, sobre todo de la industria y de los automóviles. Quién podía imaginar por aquel entonces que, con el paso del tiempo, la guerra contra la polución se convertiría uno de los pilares de una nueva religión que hoy amenaza asfixiarnos.

En los años 60, cuando los automóviles empezaron a adueñarse de nuestras calles, la polución era simplemente el precio que teníamos que pagar para que nuestras ciudades se parecieran a Londres, París o Nueva York. Se hablaba de sus efectos en personas con afecciones respiratorias y de sus posibles consecuencias a largo plazo, aunque no se sabía de nadie que hubiese muerto 'de polución'. Pese a todo, tengo la impresión de que, por aquellos años, pocos habrían renunciado al automóvil a cambio de un aire más puro en sus  pulmones.

La polución no duró mucho en los periódicos. Recuerdo que, cierto día, un celoso lector de un diario dio la voz de alarma: ¡aquella palabra era un anglicismo! En las redacciones de todos los periódicos sonaron las trompetas. Zafarrancho de combate. Y el viejo reflejo nacional del 'No pasarán' unió los corazones del periodismo nacional.

El problema, en realidad, era doble. Por una parte, la pérfida Albión y el imperialista tío Sam amenazaban invadirnos con sus abominables costumbres extranjeras. Muchos se preguntaban, alarmados: ¿acabarán las plazas de toros convertidas en hamburgueserías? Desde luego, era una posibilidad que no había que descartar. Pero no se engañen ustedes: lo que realmente molestaba a aquel celoso lector eran las connotaciones sexuales.

De hecho, hasta que el vocablo empezó a aparecer en las columnas de los periódicos, las poluciones en español eran únicamente nocturnas. La polución diurna se llamaba simplemente 'eyaculación', y era -dentro de lo que cabe- voluntaria. La libertad sexual no había relegado todavía la polución nocturna al baúl de los recuerdos, y los seminaristas no eran, presumiblemente, los únicos en experimentarla. Pero, ¿por qué diferenciar entre esas dos formas de eyaculación hasta el punto de cambiarle el nombre a una de ellas?

Probablemente porque la polución nocturna, por deplorable que fuese, no era pecado. Uno tenía un intenso sueño erótico, experimentaba ese delicioso estremecimiento que sólo en las entrañas de una santa esposa le estaba permitido experimentar, y a la mañana siguiente las sábanas aparecían manchadas. En otras palabras, polutas.  O, si los intransigentes no me aceptan la palabra, lo contrario de impolutas. Sin embargo, si uno se toma un vaso de leche al meterse en la cama y se le derraman unas gotas, no estamos ante un caso de polución nocturna. ¿Por qué?  Porque la mancha que ha aparecerido no es de origen sexual. Cuando hay de por medio connotaciones morales, 'polución' es un eufemismo que hace referencia al efecto para no nombrar la causa.

De modo que tendremos que interpretar que poluir de noche es pecado, mientras que poluir de día, depende. La vida cotidiana está llena de situaciones contextuales, pero sería realmente deseable que el pan siempre fuera pan, y el vino, vino.  Sin embargo, no parece que este tipo de razonamientos pesase mucho en el ánimo de aquellos periodistas españoles de los años 70. Mientras el tren Talgo incorporaba un complejo mecanismo de ingeniería para adaptarse a la anchura de las vías francesas, en las redacciones de los periódicos le declaraban la guerra a la extranjera polución... y la sustituían por otra palabra mucho más “correcta”: contaminación.

Cuando uno está acostumbrado a hablar sin salirse de un contexto, la nueva palabra es perfectamente aceptable. Al fin y al cabo, estamos hablando de nuestros tubos de escape y de las chimeneas de nuestras fábricas. ¿Qué otra cosa podemos querer decir cuando decimos 'contaminación'?

La ventaja principal de referir nuestra conversación a un contexto es que no hay que esforzarse mucho por escoger la palabra adecuada. Cuanto más reducido sea nuestro contexto, más palabras nos servirán como metáforas. Y, si ese día no estamos muy brillantes y no conseguimos llegar a la punta de la lengua, siempre podremos salir del paso apostillando: "... por decirlo de alguna manera". Siempre que nuestros interlocutores estén “en el ajo”, cualquiera nos entenderá cuando decimos que nuestro automóvil "es una bala" -sobre todo si uno "le arrea"-. Y, si el pobre está ya "hecho polvo", nadie nos negará que el modelo que nos gustaría comprar está "por las nubes". Entre tanto, uno tendrá que resignarse a que esa vieja "cafetera" siga... "contaminando" (por decirlo de alguna manera).

Pero todavía no hemos tratado de aclarar qué diferencia hay entre polución y contaminación. Hasta que empezó todo este lío, la contaminación era algo que podía suceder, por ejemplo, en un quirófano o en un laboratorio. Si nuestro bisturí estaba contaminado, el paciente podía resultar infectado, y si las muestras que estábamos analizando estaban contaminadas, nuestros resultados no serían válidos. Es decir, la contaminación implicaba un cambio cualitativo: una vez contaminados, el estado del paciente y el resultado de los análisis se convertían en algo diferente. En una central nuclear el aire puede estar más o menos poluido pero, si se detecta una fuga radiactiva, evacúen inmediatamente las instalaciones.

El diccionario Webster considera 'pollution' y 'contamination' como sinónimas hasta cierto punto, aunque establece una diferencia importante:

"Contaminate - To soil, stain, corrupt, or infect by contact or association (bacteria contaminated the wound); to make inferior or impure by admixture (iron contaminated with phosphorus); to make unfit for use by the introduction of unwholesome or undesirable elements."

"Pollute, sometimes interchangeable with contaminate, distinctively may imply that the process which begins with contamination is complete and that what was pure or clean has been made foul, poisoned, or filthy (the polluted waters of the river)"

Sin embargo, esta última explicación no se corresponde con la realidad. Nadie espera que el agua de un río sea químicamente pura. Los ríos, como la atmósfera, contienen normalmente un cierto grado de polución aceptable, lo cual no quiere decir que estén 'contaminados'. A la contaminación se llega cuando esa polución se sigue acumulando hasta el punto de hacerlos nocivos. Hace algunos años, The Economist dedicaba un largo dossier a los lagos escandinavos. Según el autor, aquellos lagos habían estado recibiendo durante años vertidos fluviales que los habían poluido. Pero la polución había aumentado hasta tal punto que, en algunos lagos, la vida fluvial había desaparecido. El aumento de polución había alcanzado un umbral cualitativo: el agua de aquellos lagos no era ya apta para los seres vivos. Aquellos lagos -concluía, por consiguiente, The Economist- estaban contaminados.

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Quita, quita

Mi amigo imaginario Helmut Grundig me preguntó el otro día (desde Alemania):

“¿Cómo demonios expresa uno en español la acción de quitar? Irritar, excitar o invitar tienen un sustantivo. ¿Por qué quitar no lo tiene?”

La pregunta me hizo pensar. Es curioso que a todo el mundo le suene mal 'quitación', pero no 'equitación'. Siguiendo la pauta de citar, recitar, gritar o pitar, bien podrían haber escogido quita, quital, quito o quitido, pero de todas ellas sólo 'quita' está en uso, y únicamente en el mundo financiero. Es cierto, en tauromaquia se usa 'quite', pero en la vida cotidiana esa palabra a todos les suena 'a toros'.

Helmut tiene razón. Pero la situación es mucho peor todavía: hay verbos tan imprescindibles como sacar, poner, llevar o traer que tampoco tienen sustantivo. De contraer viene contracción, y de componer, composición, pero cuando Manolo trae un huevo y lo pone encima de la mesa a nadie se le ocurre decir que Manolo acaba de hacer una tracción y una posición (y mucho menos una puesta... a menos que Manolo sea una gallina). De llevación, ni hablemos. Y cualquiera de nosotros puede hacer todos los saques que quiera con un balón, pero nunca un saque de macarrones de la despensa.

Los traductores, desde luego, saben esto desde hace siglos... y escurren el bulto vergonzantemente. ¡Pero es que hay sinónimos!, exclamarán los más conservadores. Yo no lo creo. Quitar a la suegra del sofá no es lo mismo que eliminarla. El polvo normalmente se quita, no se extrae. Y los pies tampoco es necesario suprimirlos; basta con quitarlos de encima de la mesa. Así que les haré a ustedes una propuesta: sacudámonos la holgazanería mental, y démosle a la lengua lo que es de la lengua.

En otras palabras: gimnasia para nuestras neuronas, y... quitación (o, si ustedes lo prefieren, quite, quito, quita, quital o quitido) de todos estos prejuicios.

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Una experiencia surrealista

No sé cómo queda aún gente que estudia español.

Mi amigo imaginario Helmut Grundig, que se había instalado en España para aprender español, telefoneó el otro día a un hotel. Quería averiguar si quedaban suficientes habitaciones libres. Sospechando que el hotel estaría probablemente muy habitado, decidió preguntar por el porcentaje de habitación del hotel.

"Seguramente quiere usted decir el porcentaje de ocupación", corrigió amablemente el conserje. "Aquí estamos completos, señor, pero le pongo ahora mismo con la Oficina de Turismo."

Al poco rato, oyó al teléfono una voz femenina. Mi amigo había tenido muy en cuenta las explicaciones del conserje, de modo que empezó diciendo:

“Buenos días. Estoy llamando en relación con una consulta ocupacional...”

"Querrá usted decir de alojamiento”, aclaró la empleada. “Una consulta ocupacional es una consulta laboral".

Mi amigo abrió los ojos, sorprendido.

"¿Cuántas habitaciones necesita?" -prosiguió su interlocutora.

"Dos", respondió Helmut. “La otra es para un primo mío, pero la pagaré yo. Mi primo está... desocupado”.

“¿Desocupado? Querrá usted decir parado", puntualizó la funcionaria.

Helmut empezaba a ponerse nervioso. Apenas unos minutos después, su interlocutora le anunció que le había encontrado dos habitaciones en un hotel.

"Justo al lado del hotel tiene usted una parada de autobús", añadió. "Sin embargo, hoy tendrá que parar un taxi. Los conductores de autobús están en paro."

"¿Detenidos?", exclamó Helmut, que no entendía por qué razón los conductores se habían quedado quietos.

"No, no”, dijo la mujer. “Detenidos es arrestados"

"Entonces, ¿desocupados?"

"No, señor, tampoco. Cuando digo 'en paro' quiero decir que están en huelga... "

Era la gota que colmaba el vaso. Mi amigo Helmut Grundig se metió inmediatamente en un taxi, se dirigió al aeropuerto y se subió al primer avión de regreso a su país. El español, que lo estudie Rita.

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A la carrera

En mi buscador lo he averiguado. Lo han hecho arrendadores y arrendatarios, alumnos, viajeros, novios, damas de la caridad, revistas, países, pilotos, concejales, policías, familias japonesas, y hasta el general Pinochet. No, no es lo que usted está pensando. Lo que todos ellos tienen en común es, simplemente, su afición a correr. Y es que todos ellos han corrido, corren, o posiblemente correrán alguna vez en su vida... con los gastos. 

¿Qué prisa tienen? ¿Por qué nadie corre nunca con los ingresos, o con los ahorros, que sería mucho más sensato?

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Sunday, July 1, 2018

De lengua a lengua

Los socorristas no lo han conseguido todavía, porque no pueden hacer dos cosas a la vez. Pero el resto de la gente lo practica ya desde hace tiempo. Con la relajación de las costumbres, era inevitable. Hasta hace unos años, las noticias se limitaban a correr de boca en boca. Pero, hoy en día, todo escrúpulo se ha perdido, y las noticias se transmiten ya directamente 'boca a boca'. Los tiempos cambian...  

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Gajes sociables

Créanlo ustedes o no. Las personas hace años que tenemos nuestros derechos humanos, pero en el diccionario quedan todavía palabras oprimidas por la esclavitud. Fíjense, por ejemplo, en la palabra 'gaje'. ¿Alguien conoce un gaje que no sea del oficio? Es más, ¿alguien ha visto alguna vez un gaje solo, sin nadie que lo acompañe? Pues no. Los gajes van siempre juntos a todas partes. De la mano del oficio. Además, los gajes aparecen siempre al final de la conversación, los pobres. ¿Queréis terminar una conversación aburrida, y no sabéis cómo? Nada más fácil. Levantáis una ceja, miráis al suelo con aire resignado, y suspiráis: "Qué le vamos a hacer, chico. Son gajes del oficio". Y ya tenéis vía libre para iros al cine con Purita.

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Cruces de neurona

Que alguien me responda a esta pregunta: ¿cuál es el plural de 'casa de huéspedes'?

Correcto. Pero no cante usted victoria antes de tiempo. Ahora conteste: ¿cuál es el plural de 'caja de ahorros?

Pues no. El plural de 'caja de ahorros'? es 'cajas de ahorro'.

¡Sorpresa!

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