Saturday, June 30, 2018

Onomatopeyas

Me gustan las onomatopeyas. Supongo que es una reminiscencia de la época en que me alimentaba de tebeos (hoy comics). Incluidas aquí y allá en los mensajes de las redes sociales, a menudo las encuentro más expresivas y simpáticas que los aburridos iconos prefabricados.

Detesto el 'ja ja ja' y todas sus variantes, más que por groseras, por faltas de imaginación. Pero me gustan, en cambio, 'glub' (tierra, trágame), 'fiuuuu' (qué barbaridad), 'bumm' (te adoro), 'gñññ' (¡eso es absurdo!), 'guau' (admiración), 'miau' (mímame), 'grrr' (qué desagradable), 'roaaarrrr' (estoy enfadadísimo), 'arf' (cansancio), o 'glglglgl' (me desmayo de la impresión). De esta última, una variante muy visual que me gusta particularmente es:

glglglgl
ñaoooooo
cloc
ay

El tema ha despertado mi curiosidad, de modo que, rebuscando por la Web, he encontrado esta lista de onomatopeyas divertidas que vienen de Japón:

zaku zaku (ruido de joyas o monedas)
gaku gaku (vaivén de algo que se ha aflojado, por ejemplo un diente)
gun gun (una planta o un edificio creciendo muy rápidamente)
biri biri (sensación de calambre)
hira hira (caída de pedazos de papel, de un pañuelo de seda, o de pétalos)
gatsu gatsu (comer con glotonería)
gabu gabu (beber con ansia)
chibi chibi (beber a sorbitos)
uja uja (conjunto de muchas cosas pequeñas en movimiento)

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Listados petrolíferos y otras hierbas

En pocos años, las listas han desaparecido de España. ¿Engullidas por algún agujero negro intragaláctico? ¿Reemplazadas por las tablets? Pues no, señor: sustituidas por sus parientes listos, los 'listados'. Y qué son los listados, me dirán ustedes. A ver cómo se lo explico. Los listados son como si dijéramos unas listas, que tienen forma de lista y todo, e incluso a primera vista son indistinguibles de una lista. ¿Que cómo se confeccionan? Pues muy sencillo: listándolos.  Siempre que se pueda, se recomienda hacer listados, en lugar de listas. Queda mucho más fino.

Una charla soporífera produce sopor, una comida salutífera es fuente de salud, y un yacimiento aurífero es un lugar del que se extrae oro. Pero, ¿cómo pueden una compañía, un barco o un contrato ser petrolíferos?  En todo caso, serán petroleros, digo yo.

El otro día, una locutora de televisión pronunció en la pantalla una frase tremenda: "...es probable que pueda ser posible..." ¿Encierra algún significado oculto este galimatías?  Que conste: yo escribo este blog para que lo lean ustedes, no para que lo puedan leer. Para que puedan leerlo, lo mejor será que se pongan unas gafas.

Otra expresión que se oye mucho: "Vuelvo a repetir..." Hace ya mucho tiempo que nadie repite nada por primera vez. Pero, demonios, si uno vuelve a repetir una cosa es porque ya la ha repetido antes, ¿no? La mayoría de las veces, supongo yo, con 'repetir' sería suficiente...  Pues no hay manera.

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Verbos raritos

El idioma español tiene su pequeño cotolengo de verbos contrahechos.  Uno de ellos es 'abolir'.  Imaginemos que en el país X se suprimió ayer la pena de muerte. A nadie le sonará raro oír que 'el país X abolió ayer la pena de muerte'. Sin embargo, por alguna razón, nadie se atreve jamás a decir 'el país X abole hoy la pena de muerte'. O sea, que, si alguna vez sucede, nos enteraremos al día siguiente...

El verbo más defectivo de todos lo vi escrito hace tiempo en la puerta de un bar de copas. Sólo tiene una conjugación: segunda persona del imperativo singular, y ni siquiera se le conoce infinitivo: 'karaókese'.

Otro verbo incongruente es 'ensimismarse'. Decimos de alguien que está ensimismado cuando está como metido en sí mismo. Lo lógico entonces, digo yo, sería conjugarlo así:  Yo me enmimismo, tú te entimismas, él se ensimisma...  El plural, se lo dejo a ustedes como ejercicio.

¿Y qué me dicen de 'llevar a cabo'? A primera vista, cualquiera diría que llevar una cosa a cabo es hacer esa cosa hasta el final. Pues no. Todo el mundo usa 'llevar a cabo' como sinónimo elegante de 'hacer'. Ya se sabe, la mona a veces se viste de seda. Si será absurdo ese verbo, oiga, que un preso puede llevar a cabo un intento de fuga sin salir de la prisión...

¿No se han inmutado ustedes ante este desfile de verbos minusválidos? Pues, si no se han inmutado, es porque han permanecido inmutables.

¿O ininmutables?

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Thursday, June 28, 2018

El tiempo

¿Qué pasa con la climatología? Pues nada, que yo sepa. La climatología, de momento, goza de buena salud.

El problema es que, últimamente, en cuanto llueve o sube un poco la temperatura, ya le están echando la culpa a la climatología.

Más de uno piensa que 'tiempo' es una palabra demasiado vulgar. Se comprende. Al fin y al  cabo, quien más quien menos tiene hoy en día lavavajillas y un chalet en la playa... En una ocasión, en la radio, incluso oí a un locutor que anunciaba que 'mañana, el cielo no dispondrá de nubes'.

Algunos no se atreven a tanto, y opinan tímidamente que 'la meteorología deslució el tercer set'. Pues no, señores, la meteorología tampoco desluce nada, la pobre. Si acaso, el tiempo...

Pero, si queréis mi opinión, la verdadera causa de este galimatías es otra:

A saber: ¿cómo diferenciamos el tiempo. . . del tiempo?

La Real Academia Española (de la Lengua), una divertida colección de momias en salmuera, tampoco tiene la solución. Después de varios siglos de trapichear sillones, ni siquiera han encontrado todavía un adjetivo para el pobre tiempo, que, a falta de otra cosa, se tiene que disfrazar de meteorología todos los días para salir por la tele.

Es curioso. Estando el tiempo tan a menudo en boca de todos, ni el hombre de la calle ni el sesudo académico especializado tienen adjetivos para una larga lista de sustantivos que usan a diario. Se habla, por ejemplo, de actividad ciclónica, nubosa, tormentosa o eólica, pero nunca maréica, ólica, auroral, tiémpica, medianocturna, ráyica, nevosa o truenosa. ¿Qué adjetivos tenemos para los chubascos, o el granizo? ¿Existe alguna churrería albal? ¿Un boletín de noticias minutario? ¿Espectáculos mediodiurnos?

Y lo peor de todo: ‘rociero’ es el único adjetivo conocido de ‘rocío’.

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Terminología de computadoras

[Carta enviada allá por los años 90 a un articulista español, a raíz de un artículo suyo sobre los neologismos en informática:]

Querido amigo:

Una de las causas del retraso español en materia de nuevas tecnologías es, como usted dice, un terrible muro. Pero no el que usted enjuicia en su artículo, sino otro muy extendido en el mundo de habla española: el de hablar a la ligera, es decir, creerse uno que lo sabe todo sin haber reflexionado lo suficiente.

El principal problema del idioma español en nuestros días nace precisamente de esa autosuficiencia heredada: no afinar en los conceptos. De ahí que el idioma inglés, manejado por usuarios mucho más precisos conceptualmente, se esté extendiendo por el mundo entero.

- 'CPU' son las siglas de Central Processing Unit, es decir, de la unidad de procesamiento central de una computadora. Por lo tanto, hablar de ‘ordenador’ para referirse a una CPU es algo así como hablar de 'automóvil' para referirse a un motor. Por cierto, el término ‘ordenador’ es, siguiendo a los franceses, una mala traducción de ‘computer’, término al que la existencia de las casas de citas difícilmente podría haber perjudicado. Es más, algún día volverán a ponerse de moda (ya lo estuvieron) los aparatos que ‘computan’ pero no ‘ordenan’, y volveremos a necesitar otra hoja de parra terminológica para cubrirnos las vergüenzas.

- En inglés existe la palabra ‘navigator’, de significado deducible, y distinto del de browser. El español ‘navegador’ no es sino un subterfugio para no usar el (morfológicamente irreprochable) ‘hojeador’, que el inconsciente de muchos rechaza simplemente por prejuicios contra las palabras que ‘suenan mal’. Y si no me cree, reléase usted las críticas del siglo XVII a la obra de don Luis de Góngora.

- Los programas (de mensajería o de lo que sea) no se ‘activan’ sino cuando están desactivados. Es más habitual que un programa no esté ‘running’ y alguien desee hacerlo ‘run’. Los contadores de la luz ‘corren’, pero a los programas les está prohibido. Y un programa puede estar ‘corriendo’ pero desactivado, lo cual denota que se trata de conceptos diferentes.

- Un laptop es igual de portátil que un palmtop, sólo que en español no tenemos palabras para ninguno de esos dos conceptos. Que fue exactamente lo que pasó cuando algunos, hace ya muchos años, se vieron obligados a utilizar términos como palier, teléfono, estribor, chaqueta, aljibe y muchos otros que encontrará usted fácilmente (ahora) en los diccionarios.

- Normalmente, las contraseñas o passwords no suelen estar en clave (ya que no se usan para descifrar nada), de modo que induciríamos a gran confusión usando ambas palabras como sinónimos [es decir, 'contraseña' como sinónimo de 'clave'].

- El user name no es el usuario, sino el nombre de usuario (¡pelín diferente!).

- Una pantalla TFT es sólo uno de varios tipos de monitor plano, y un 'bookmark' es un marcador de página; si usted desea incluirlo en sus favoritos o en su lista negra es ya cosa suya, pero no nos involucre a los demás.

Podría seguir, pero no quiero ser farragoso, y para muestra bastan unos cuantos botones. El español es un idioma forjado en siglos de conversaciones contextuales y morales, y ha carecido de grandes sistematizadores, del mismo modo que nuestro sistema de pensamiento ha carecido siempre de grandes científicos y en nuestra sociedad la ciencia nunca ha sido tan popular como los toros o el football.

Trataré de ser positivo: al conocimiento, Sr. X, se llega por la duda. Dudemos sinceramente, incluso concienzudamente, antes de sentirnos seguros de que dominamos un tema. Y, aunque lleguemos a la convicción de que lo dominamos, por favor, no moralicemos. El lenguaje es simplemente un instrumento, cuanto más universal mejor, y los usuarios de computadoras hacemos lo que podemos para salir del infernal embrollo en que nos han metido muchos siglos acumulados de picaresca, costumbrismo, teología, moralismos y tertulia.

Todo esto lo he dicho un poco enfadado pero, de verdad, sin ánimo de ofender. Muy amistosamente.

[Firma] 

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La voz pasiva

Corre por esos mundos el rumor, nunca demostrado, de que la lengua española prefiere los verbos en forma activa o reflexiva y rehuye la voz pasiva (y el gerundio). Para comprobar hasta qué punto tales rumores son ciertos, se me ocurrió un día hacer un pequeño estudio de algunos escritores del siglo XVI. El resultado fue sorprendente: en el siglo XVI no sólo no se rehuía la voz pasiva, sino que se usaba asiduamente, incluso con mayor frecuencia que la voz activa.

He aquí algunos ejemplos que encontré, basados en sólo dos textos del siglo XVI:

- “... e fue fecha dueña la doncella más hermosa del mundo (Amadís de Gaula, 1508)
- [un rey] llamado Garinter, el cual, siendo en la ley de la verdad de mucha devoción y buenas maneras acompañado (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- [la mayor] fue llamada la dueña de la Guirnalda (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- tanto era pagado [el rey su marido] de los ver [sus hermosos cabellos] (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- de quien fueron engendrados Agrajes y Mabilia (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- La otra hija, que Elisena fue llamada,... (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- y comoquiera que de muy grandes príncipes en casamiento demandada fuese, (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- siendo desviado de las armadas y de los cazadores (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- fueron vencidos y muertos (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- así son los caballeros andantes salteados (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- este retrato es tan natural, que no hay persona [...] que no vea claro ser sacado de sus actos y meneos y palabras (La lozana andaluza, 1528)
- y como había de ser partido en capítulos, va por mamotretos (La lozana andaluza, 1528)
- no solamente se contentan de mirarlo y cotejarlo, mas quieren que sea mirado por los transeúntes e circunstantes (La lozana andaluza)
- Señores, dice que no tiene tierra, que ha sido criada por tierras ajenas. (La lozana andaluza)
- [Las alcagüetas quieren] ser ellas cabalgadas primero. (La lozana andaluza)
- AQUI COMIENZA EL PRIMER LIBRO [... El cual] fue corregido y enmendado por el honrado y virtuoso caballero...(Amadís de Gaula, 1508)

Y, para remate, este tremendo ejemplo, que a más de un purista contemporáneo incitará a mesarse los cabellos de desesperación:

- Quizá no hay mujer en Roma que sea estada más festejada que yo. (La lozana andaluza)

Sólo en el Amadís de Gaula he encontrado 9 casos de voz pasiva en la primera página del ejemplar que tengo en mi biblioteca. ¿A alguien le quedan dudas todavía? Desde luego, el simple sentido común nos dice ya que no es lo mismo "Un perro mordió a Juan" (algo que hizo un perro) que "Juan fue mordido por un perro" (algo que le sucedió a Juan).

Abundando en esta idea, he encontrado este texto sobre el mismo tema en una edición antigua del Concise Cambridge History of English Literature (1941):

"the [...] passive forms in -ing were much later in origin than the active, and at first met with fierce opposition. Constructions like "The house is being built" and "rabbits were being shot in the field" have not been traced further back than the last decade of the eighteenth century. The adaptability of the English passive may be seen in the fact that, not content with a construction like "A book was given him", the language has devised "He was given a book".

Se deduce que, hace cinco siglos, el español (que por algo desciende del latín) estaba más avanzado que el inglés. Pero los caminos de ambas lenguas se cruzaron en algún momento de la Historia, y ahora es el inglés el que vuela, mientras que el español cojea tras él sin impulso propio, y chirriando siempre con los incordiantes gruñidos del No Pasarán.

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Ordenador

'Ordenador' es la palabra que ha terminado imponiéndose en España para referirse a los 'computers'. A primera vista, es una transliteración del francés 'ordinateur', pero las apariencias engañan. Sobre todo, cuando uno se conforma con las apariencias.

Sería fácil pensar que 'ordinateur' hace referencia a aquello que 'pone orden', pero esa palabra en francés es 'ordonnateur', del verbo 'ordonner' (es decir, ordenar). ¿Quiere eso decir que existe en francés el verbo 'ordiner'? Me temo que no. La historia es la siguiente:

En 1954, la sociedad IBM France buscaba un término francés para designar un nuevo aparato electrónico que venía de Estados Unidos y cuyo nombre en inglés era 'computer'. Como suele suceder, los inventores del aparato habían escogido un nombre muy apropiado. Simplemente, un 'computador' era un dispositivo cuya función era 'computar'. Más lógico, imposible. Pero había otra posibilidad: que los vendedores franceses, sólo por ser franceses, supieran más que los propios inventores del nuevo aparato. Quien conozca Francia (o España) sabrá que ese tipo de convicciones no son inhabituales en esos países.

De modo que, emprendida la búsqueda de la palabra perfecta, un directivo de IBM aconsejó consultar a un antiguo profesor suyo, Jacques Perret, por entonces titular de la cátedra de filología latina en la Sorbona. Nada menos. Después de darle bastantes vueltas —suponemos—, el profesor Perret respondió el 16 de abril con un detallado análisis del problema. Tras descartar systémateur, combinateur, congesteur, digesteur y synthétiseur, expresó su preferencia por una palabra un tanto olvidada: 'ordinateur', que antaño había significado "personne qui dispose, qui règle selon un ordre”. El término tenía una evidente connotación religiosa. De hecho, el diccionario Littré definía 'ordinateur' como "Dieu qui met de l'ordre dans le monde".

A la vista de los términos que descartó, no parece que Monsieur Perret entendiera exactamente lo que es un computador. En cualquier caso, lo que nadie aclaró nunca es por qué había que evitar en francés la palabra 'computeur'. ¿Quizá, como cabe sospechar también en español, por la proximidad con la palabra 'puta'?

Acudamos a la etimología. La palabra 'puta' proviene del latín 'puter', que significaba 'pútrido', pero 'putare' significaba 'podar' y, en un sentido más general, 'quitar estorbos', 'simplificar'. Aplicado a las cuentas, vino a significar algo así como nuestro coloquial 'echar cuentas' o 'hacer números'. El prefijo 'com-' es intensivo, como en 'comprimir', lo cual nos daría algo así como 'aplicarse a hacer números'. Seguramente por esa razón, el uso más antiguo conocido de la palabra inglesa 'computer' (1646) hacía referencia a las personas que hacían cálculos matemáticos, y los ingenieros de antaño la asociaron a las primeras calculadoras mecánicas (1897).

En español, las dos acepciones de 'computar' que propone el DRAE son bastante desafortunadas:

1. tr. Contar o calcular por números algo, principalmente los años, tiempos y edades.
2. tr. Tomar en cuenta, ya sea en general, ya de manera determinada. U. t. c. prnl.

Vayamos con la primera acepción. Si lo que se computa 'principalmente' son los años, tiempos y edades, ¿qué es lo que se computa 'secundariamente'? ¿Cualquier otra cosa? ¿Por alguna razón en particular? Para aclarar nuestras ideas, acudamos de nuevo al propio DRAE. En él encontramos dos acepciones de 'principalmente':

1 - Primeramente, antes que todo, con antelación o preferencia
2 - Fundamental o esencialmente

Si nos acogemos a la primera acepción, debemos entender que los años, tiempos y edades tienen algún tipo de primacía o preferencia. Pero ¿respecto a qué? ¿Computar las fases de la luna es menos computar que computar los años que tardará en volver a ser eclipsada por el sol?

La segunda acepción nos permitiría definir 'computar' como "contar o calcular por números algo, esencialmente los años, tiempos y edades... y accesoriamente otras cosas". Tampoco aquí está muy claro qué cosas podría uno contar o calcular accesoriamente sin salirse de la definición de 'computar'.

Confieso que si sustituyéramos ese 'principalmente' por 'habitualmente' me quedaría más tranquilo. Al ser el hábito una propiedad circunstancial, podríamos excluirla del concepto abstracto y nos quedaríamos con el meollo de la definición. Supongamos pues que la RAE no ha dado en el clavo y quedémonos simplemente con “contar o calcular por números”. Ciertamente, 'contar' no es lo mismo que 'calcular'... excepto, quizá, si lo hacemos con un ábaco. Como definición, pues, parece un poco primitiva, pero podríamos tener la osadía de mejorarla sustituyéndola por 'obtener un resultado numérico mediante números'. Cuando los números son binarios, nuestra definición se ajusta bastante bien al concepto de computador digital.

Ah. Esperen un momento. Se nos olvidaba la segunda acepción de 'computar':

2. tr. Tomar en cuenta, ya sea en general, ya de manera determinada. U. t. c. prnl.

Ejemplos:
Se computan los años de servicio en otros cuerpos.
Los partidos ganados se computan con dos puntos. 

La confusión se apodera de mí. ¿Qué necesidad hay de decir, por ejemplo, “montar a caballo, ya sea en general, ya de manera determinada”. ¿No bastaría simplemente con “montar a caballo”? Es más, en los dos ejemplos señalados se computa “de manera determinada”, y confieso que no se me ocurre ninguna forma de computar “en general”. ¿Acaso es posible computar sin manejar números o datos específicos? Estoy empezando a alarmarme. Todas mis incursiones en el DRAE terminan fatal.

Resumiendo: ¿por qué 'ordinateur' --y, por consiguiente, 'ordenador'-- no es una buena traducción de 'computer'? ¿Acaso hay alguna manera de computar que no consista en regular o poner orden? La respuesta es previsible: sí. Por ejemplo, usando computadores analógicos, o neurales. Teóricamente, incluso, sería posible concebir un computador que generase resultados basándose en la teoría del caos.  En cuyo caso, habríamos construido un 'ordenador' que computa... desordenando.

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Sunday, June 24, 2018

Polución

El Online Etymological Dictionary data la palabra inglesa 'pollution' hacia 1340, con el significado "discharge of semen other than during sex" y derivada del bajo latín pollutionem, derivado a su vez del verbo  polluo/polluere/pollutum, es decir, 'manchar' o 'ensuciar'. A esta etimología añadiría yo la acepción sexual de la palabra 'polvo' (poluo), que probablemente no es menos antigua.

El DRAE, en su segunda acepción, define 'polución' como “efusión del semen”. Es decir, derramamiento. (La tercera acepción, sorprendentemente, es 'acto carnal', que, sin duda en desuso, encajaría más propiamente en un diccionario histórico de la lengua española). La idea de derramamiento estaría reflejada en el verbo 'correrse' (como se corre, por ejemplo, la cera derretida de una vela, o la tinta sobre el papel).

Tanto en inglés como en español, pues, la idea de ensuciar sería simplemente una implicación, basada en apreciaciones subjetivas o morales. Según el Online Etymological Dictionary, el primer uso conocido del sustantivo inglés 'pollution' en el sentido de 'ensuciamiento del medio ambiente' data de 1860, aunque el término no se extendió realmente hasta 1955, y no estaba derivado del infinitivo poluere, sino del participio pollutus.

Por último, el sustantivo 'pollutant' data como mínimo de 1892.  En español, como es habitual, la familia morfológica de 'polución' está escandalosamente incompleta. Como sucede con 'indeleble', casi el único vestigio en español del verbo latino 'delere' (el famoso delete de los teclados en inglés), subsiste el antónimo 'impoluto', pero el 'poluto' original ha desaparecido. Y, con él, las variantes mofológicas más esenciales en toda lengua que se precie: infinitivo (poluir), participio pasivo (poluido), participio activo (poluyente).

Este anquilosamiento morfológico es propio de una lengua más interesada en situaciones, personajes y contextos que en conceptos. De hecho, antes de oír por primera vez la palabra 'polución' asociada al medio ambiente, muchos habíamos oído hablar solamente de 'polución nocturna'. Si el hablante se liberara de la costumbre de asociar las palabras a situaciones más o menos específicas, el adjetivo 'nocturno' denotaría lo contrario de 'diurno', y el concepto de polución, liberado de todo adjetivo, podría mantenerse listo para encajar en situaciones diferentes. Todo parece indicar, en cambio, que lo que suele entenderse por 'polución nocturna' es más bien 'algo que le sucede a veces a un hombre mientras duerme cuando no ha mantenido actividad sexual durante mucho tiempo'. Un poco largo como definición.

Esta forma tan hispana de interpretar el lenguaje no es voluntaria, sino automática. Está implícita en el uso habitual de nuestro idioma, y la adquirimos inconscientemente cuando empezamos a hablar. Quizá por eso nos cuesta trabajo entender que la lengua no sólo es una brújula para orientarse por un paisaje de objetos y situaciones de nuestro entorno mental, sino que es también una herramienta para desmontar, ensamblar, construir, comparar y analizar todos esos objetos y situaciones, independientemente de sus significados 'de andar por casa'.

Un ejemplo ilustrativo de esta idea:  Si digo que mi vecino se casó un número de veces importante, se entiende normalmente que mi vecino se casó muchas veces. Esta interpretación es contextual porque, estrictamente hablando, 'importante' significa 'que tiene importancia', y el concepto de importancia es, en sí mismo, relativo. Tal vez para su futura esposa lo importante es que mi vecino no haya tenido muchas mujeres antes que ella. Pero, en el contexto en que nos comunicamos con nuestro vecino, 'importante' ya nos sirve, y no tenemos por qué molestarnos en buscar otros adjetivos más apropiados. Esto explica, probablemente, la escasa inclinación en español a usar adjetivos menos subjetivos, como 'sustancial', o 'cuantioso'.

Y regreso a la polución. Cuando se empezó a tener conciencia de que el desarrollo tecnológico ensuciaba el medio ambiente, la palabra 'polución' pasó sin ninguna dificultad del inglés al español (o, mejor dicho, fue rescatada del latín gracias al inglés) y se empezó a usar con normalidad en los medios de comunicación. Las hemerotecas podrán atestiguar que, en los años 70, Londres y Nueva York eran dos ciudades en que la polución del aire era muy alta. Pero empezaron a alzarse algunas voces prejuiciosas, y apenas unas semanas después la mayoría de los periódicos estaban ya hablando de 'contaminación'.

Hasta que esto sucedió, uno sabía que una bacteria llamada Salmonella podía contaminar la mayonesa, o que el bisturí de un cirujano no debía contaminarse so pena de infectar gravemente a su paciente. Todavía hoy, un biólogo puede desechar una muestra de ADN del paleolítico superior por estar contaminada. ¿Qué tiene que ver todo esto con la polución? No mucho, si de lo que estamos hablando es de 'ensuciar', no de 'desvirtuar'. El concepto de ensuciar es cuantitativo. El de desvirtuar, en cambio, es cualitativo.

La RAE y sus ciegos seguidores debían haber sabido que no conviene vestir santos nuevos con ropas ajenas porque, tarde o temprano, nos traerán problemas. Pero la pobre RAE, víctima también ella del "pensamiento contextual", no comprendió por aquel entonces -y probablemente sigue sin comprender- que estaba ante un concepto nuevo que, al igual que el teléfono o la televisión, requería una palabra…  sí, digámoslo sin miedo: nueva.

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Hacia una semántica objetiva

Me encuentro esta mañana con el título de un capítulo en inglés: “Robust findings”. Entiendo perfectamente lo que quiere decir, pero ¿cómo traducirlo? En inglés, robust está definido como “capable of performing without failure under a wide range of conditions”. El DRAE, sin embargo, define robusto como “fuerte, vigoroso, firme”. Me sobra la idea de vigor. ¿Qué pasaría, pues, si lo tradujera por 'conclusiones robustas'? Me temo que pocos lectores lo entenderían.

Podríamos usar el adjetivo 'sólido', pero sobreentendiendo que se trata de unas conclusiones que se mantienen sólidas aunque cambien las circunstancias. Es mucho sobreentender. Tendríamos que presuponer que nuestro interlocutor es capaz de invocar el mismo contexto que nosotros. Si el resto del libro nos diera pistas al respecto, ese contexto sería fácil de invocar, pero ¿y si no pudiéramos acceder al libro y nos enfrentáramos sólo a esas dos palabras? Lo cual nos inspira dos reglas de oro para conseguir la coherencia de una lengua más allá de cualquier contexto: (1) tener una palabra para cada significado, (2) en la medida de lo posible, usar significados independientes de cualquier contexto. En otras palabras, asociar a las palabras una semántica absoluta.

Y ya que hemos traído a colación la palabra sólido, aprovechemos para analizar las definiciones de ella que nos ofrece el DRAE:

1 - Firme, macizo, denso y fuerte.
2 - Dicho de un cuerpo: que, debido a la gran cohesión de sus moléculas, mantiene forma y volumen constantes.
3 - Asentado, establecido con razones fundamentales y verdaderas.
4 - Moneda de oro de los antiguos romanos, que comúnmente valía 25 denarios de oro.
5 - Geom. cuerpo (objeto material de tres dimensiones).

La primera acepción es bastante imprecisa. Las definiciones por acumulación de significados superpuestos son necesariamente vagas. ¿Son necesarias las tres cualidades a la vez para poder decir de algo que es sólido? ¿En qué grado se necesita ser firme, macizo, denso y fuerte, por separado o conjuntamente, para tener derecho a ese adjetivo? Si me pidieran a mí una definición subjetiva, definiría 'sólido' como 'mínimamente deformable o rompible'. Pero las definiciones subjetivas están derivadas de la experiencia, de modo que si esperamos que los demás entiendan lo que queremos decir -si no, no la usaríamos- será porque suponemos que ellos han tenido esas mismas experiencias. Identifiquemos esas experiencias comunes, y podremos enunciar una definición objetiva.

En WordReference proponen como antónimos 'líquido', 'gaseoso' y 'frágil'. Más que 'frágil', yo diría 'endeble': muchos objetos de vidrio son frágiles y sólidos al mismo tiempo. En cuanto a 'líquido' y 'gaseoso', evidentemente no son antónimos, sino precisamente los otros dos ejemplares que completan su categoría y que por lo tanto, por contraposición, definen el concepto de 'sólido' en su segunda acepción. Las definiciones por contraposición son mucho más inequívocas.

En el DRAE, la segunda acepción es incoherente. La referencia a las moléculas está incómodamente a caballo entre la definición científica y la coloquial. ¿Y cómo determinaremos ese gran grado de cohesión? Si lo hacemos a ojo, entonces no me hablen de moléculas, y si usamos un aparato de medida, especifiquen valores numéricos.

La acepción de la moneda de oro estaría mejor en un diccionario de la lengua histórico, acompañada por supuesto de referencias cronológicas. 

En la quinta acepción sobra el adjetivo 'material'. La geometría trata de abstracciones, no de objetos materiales. Por esa misma razón, en lugar de 'objeto' yo diría 'figura'. 

La tercera acepción es quizá la que más se aproxima al significado del inglés 'robust', aunque a mí me parece más bien una definición de irrefutable. Lamentablemente, las conclusiones a las que se refiere el título inglés están basadas en un modelo de software, es decir, dependen de una conjetura. Por consiguiente, está por dilucidar si responden o no a 'razones verdaderas'. En ese sentido no parece, pues, que sean 'sólidas'.

Curiosamente, la palabra 'robusto' significaba originalmente 'fuerte y resistente como el roble'. Se sobreentiende, pues, que la madera de roble era la más resistente conocida por aquellos primeros usuarios. Lo cual nos proporciona ya un primer componente semántico objetivo: el grado máximo en una escala de mayor a menor. Hay maderas más blandas y maderas más flexibles, en diversos grados que incluso podríamos determinar experimentalmente.

¿Qué tienen en común la blandura y la flexibilidad? Que podemos evidenciarlas ejerciendo presión, en el primer caso, y causando torsión, en el segundo. ¿Son esas las experiencias comunes que andábamos buscando? Al menos, parecen buenas candidatas. Lo suficiente para intentar una definición objetiva de nuestra palabra. ¿Se atreverá algún lexicógrafo a intentarlo? El tiempo dirá.

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Monday, June 18, 2018

Destornillador

¡Cuántas cosas puede revelar a veces una simple palabra!

Los primeros usuarios de esa herramienta que en inglés llaman screw y en alemán Schrauber le pusieron esos nombres porque la usaban para atornillar, es decir, to screw en inglés, y zu schrauben en alemán. Para ellos, desatornillar designaba el uso contrario al habitual: to unscrew, zu entschrauben. En francés, más cautos, escogieron una palabra de significado neutro: tournevis (literalmente, 'giratornillos'). En español, en cambio, lo llamaron destornillador. Por algo sería.

Qué contraste. Mientras unos montaban, otros desmontaban. No inventaban. No ensamblaban. Todo venía ya hecho. Ellos, simplemente, usaban destornilladores.

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Insignificante

¿Qué es lo contrario de inconstante? ¿De intolerante? ¿Y de intrascendente, incongruente, insolvente o incompetente?  No hace falta que me contesten; creo que estaremos de acuerdo. Pero ahora díganme: ¿qué es lo contrario de insignificante? Por favor, no me respondan que significativo. ¿Acaso es lo mismo combatiente que combativo? La falta de coherencia también tiene nombre: se llama chapuza.

Cuando se anquilosa la morfología, la capacidad de análisis se atrofia y las ideas se vuelven borrosas. Y caemos en ese agujero del que pocos consiguen salir si cierran sus puertas y ventanas al mundo exterior: el costumbrismo.

Dicho de otro modo: España cañí.

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Eventos

El español es una lengua tan costumbrista que hasta las cosas que suceden son difíciles de expresar sin apoyarse en algún contexto. Veamos. Un acto no es sólo algo que sucede, sino que implica la participación de alguna persona (la caída de un rayo, por ejemplo, difícilmente puede ser considerada como un acto). Los periódicos 'de sucesos' ya no existen, pero hasta hace poco un suceso era interpretado invariablemente como un accidente o un crimen. Un acontecimiento, en cambio, es más bien algo solemne o trascendente, y un evento es algo así como un acontecimiento social. Una ocurrencia no es lo que ocurre, sino una gracia, y el verbo tener lugar no tiene sustantivo (peor aún, las reuniones no tienen lugar, sino que se celebran). Un sustantivo lógico sería acaecimiento, pero parece innecesariamente pedante. Menudo lío.

En el fondo, ¿realmente necesitamos un término neutro? Al fin y al cabo, en español las conversaciones son casi siempre contextuales. El hablante se siente mucho más cómodo rodeado de su tribu, y las conversaciones contextuales obedecen a la ley del mínimo esfuerzo: cuanto más reducimos el contexto, mayor capacidad de metáfora tenemos. Así, en el reducido ámbito de nuestra vivienda un cristal puede ser un vidrio y, si sabemos de lo que hablamos, una casa puede significar un hogar. Es más: si al decirlo señalamos con un dedo, hasta una esquina puede significar un rincón.

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Dos mil y pico

"El año dos mil y pico..." Así comenzaba una de las canciones que sonaban en la radio en mis años infantiles. Eran probablemente los primeros años 60. Después vinieron los 70, los 80, los 90... Pero ¿cómo referirse a los primeros diez años a partir del 2000? El primer comentario que leí al respecto fue una columna de William Sapphire en el Herald Tribune, allá por los primeros años 90. El columnista proponía varias soluciones, ninguna de ellas muy convincente. La única que recuerdo es 'the naughts'. Todavía hoy, doblada la la curva de 2010, no estoy seguro de que llegara a cuajar alguna solución, excepto para referirse a la generación que alcanzó la mayoría de edad en esos primeros años del siglo XXI: los 'millenials', también conocidos como 'generación Y'. El término, al menos, tiene la ventaja de que nos servirá hasta el año 3000.

En español, si queremos encontrar una expresión breve que nos ahorre aquello de “la primera década de los 2000”, el problema tampoco parece tener solución. ¿Los 'ceros'? Ambiguo. ¿Los 'dos mil'? Impreciso. ¿Los '00'? No está claro de qué siglo. Así que, rememorando la vieja canción, lo único que se me ocurre proponer es 'los dos mil y pico'. Como era de esperar, también esta solución conlleva un problema: en Bolivia, la palabra 'pico' es tabú. Allí significa 'miembro sexual masculino'.

De modo que, como estoy viendo que no me voy a librar de la acusación de machista, aprovecharé para rememorar la letra de aquella canción:

“El año dos mil y pico los hombres podrán volar
metidos en un cohete por el espacio estelar.
Algunos puede que vuelvan, algunos no volverán.
Y aquí nuestras solteritas suspirando así dirán:
¿Dónde está mi Pepe, dónde está mi Juan, dónde está mi Pedro, mi amor dónde está?
Si será en la Luna, si será en el Sol, si será en Saturno, ¿dónde está mi amooooor?”

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Desafío

Aún hoy, en español la idea de desafío sigue estando remotamente asociada a un duelo al amanecer por el honor de una dama o -si uno no ha leído ningún libro sobre esos temas- a un tipo de actitud frente a un rival. Tal como yo lo percibo, al menos, tiene un punto de belicosidad y, de hecho, todas las acepciones que recoge el DRAE tienen connotaciones agresivas o defensivas.

En inglés, en cambio, 'a challenge' es lo contrario. Es el problema que tenemos enfrente, o el anhelo al que aspiramos, el que nos desafía a nosotros. Y, quien dice a nosotros, dice a nuestras posibilidades o a nuestra inteligencia. Para la mentalidad anglosajona un 'challenge' no es un ataque, sino un estímulo. Nuestra actitud frente a las dificultades, en cambio, consiste más bien en lamentarse o en buscar un culpable, rara vez en crecerse ante ellas. No es la palabra, sino el concepto el que no está en uso en nuestros países.

Dos formas de ver el mundo: positiva, o negativa. Cuando pienso en esto, suelo recordar aquel cartel de gran tamaño que, junto a una curva muy cerrada de una carretera brasileña, anunciaba: "Hoy, 237 días sin ningún accidente en esta curva". Aquel cartel era un 'challenge'. No un 'desafío'.

En España hay una tendencia a traducir 'challenge' por 'reto'. Sin embargo, en Chile al menos, 'retar' significa regañar. Es un fenómeno habitual de nuestra lengua (es decir, de nuestra mentalidad): la tendencia a la provincianización. En cualquier caso, esas dos maneras de entender lo que es un desafío nos enfrentan a un problema potencial. Si por un milagro consiguiéramos cambiar de mentalidad y asimiláramos el significado anglosajón, ¿qué palabra usaríamos como equivalente de 'defiance'? A ver, que me contesten todos esos sabios que cacarean la riqueza del español.

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Sunday, June 17, 2018

Lo contrario

Ya me he referido alguna vez al curioso verbo 'inmutarse', que, según como uno lo use, significa una cosa o la contraria. Por ejemplo, si Pepe no se alteró, decimos que permaneció “inalterable”. Pero si Pepe no se inmutó, diremos que permaneció “inmutable”. No 'ininmutable'.  Hay también por ahí algún que otro caso en que decimos lo contrario de lo que queremos decir y, aún así, todo el mundo nos entiende. Por ejemplo:

hasta que no vaya no podré verlo

Naturalmente, lo lógico habría sido decir:

hasta que vaya no podré verlo

Este tipo de frases, que ya he mencionado anteriormente, parecen ser un cruce de dos expresiones. El hablante quiere decir al mismo tiempo 'hasta que suceda' y 'mientras no suceda', como en:

mientras no vaya no podré verlo

Es posible que este fenómeno revele un fósil enquistado del latín. Al perder las declinaciones, las lenguas romances perdieron la flexibilidad sintáctica de la lengua madre. Un acusativo o un ablativo no podían ocupar ya un lugar cualquiera en la oración, y el orden de las palabras empezó a ser esencial para conocer su función. En latín habría sido posible decir, por ejemplo:

no hasta que vaya podré verlo

Incluso en español este tipo de construcciones estuvo todavía en uso durante mucho tiempo, probablemente hasta entrado el siglo XX, y es posible que los hablantes de vascuence aún la usen, por influencia de esa otra lengua suya, fuertemente declinada y, por lo tanto, mucho más libre en cuanto al orden de las palabras.

En romance castellano, la tendencia a estandarizar el orden de las oraciones debería haber convertido 'no hasta que vaya' en 'hasta que no vaya', pero el resultado:

hasta que no vaya podré verlo

habría sido absurdo. De modo que, para hacerlo más inteligible, se habría recurrido a hibridarlo con 'mientras no'. El resultado es semánticamente incoherente, pero sintácticamente aceptable.

Otro ejemplo curiosamente contradictorio:

¿Ayer cumpliste 50 años? Pues, chica, cualquiera lo diría...

Aunque gramaticalmente no lo parezca, este comentario es elogioso, y sólo será posible entenderlo si uno sustituye 'cualquiera' por 'quién' o 'nadie'. Al contrario que en inglés, en español hay un territorio mal definido en el que flotan, indecisos, los dos conceptos contrapuestos 'cualquiera' y 'ninguno'. Por ejemplo, la frase:

en este club no puede entrar cualquier persona

quiere decir que sólo determinadas personas pueden entrar al club. Pero, en cambio, cuando uno dice:

este club prohíbe la entrada de cualquier persona

que aparentemente es lo mismo, lo que uno está queriendo decir es que no puede entrar “nadie”.  La ensaladilla gramatical está servida.

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El español: ¿una lengua anquilosada?

Abrimos el diccionario al azar. Nuestro índice se detiene junto a un verbo cualquiera, por ejemplo 'terminar'. Reflexionamos. Si terminar es la consecuencia natural de llevar a término, ¿será acaso acabar el resultado de llevar a cabo? No. En español actual, llevar a cabo es casi invariablemente sinónimo de realizar (hasta el punto de que es teóricamente posible llevar a cabo un intento de fuga sin conseguir fugarse). Por cierto, ¿por qué a cabo, y no al cabo? ¿Quién de nosotros ha oído alguna vez hablar de llevarse a alguien a huerto

Pero dejemos de lado la anécdota y observemos otras incongruencias igualmente curiosas. Cuando el probo ciudadano López lleva a su señora a casa, todos suponemos que, si López es realmente probo, tarde o temprano su esposa llegará a casa. Sin embargo, cuando López lleva a cabo una acción, nadie ha oído nunca decir que esa acción haya llegado a cabo, pese a que sí es posible que unas negociaciones hayan llegado a buen puerto si alguien las ha llevado hasta allí (aunque no, en cambio, a mal puerto, o sencillamente a puerto, como sería de esperar de una actividad que tiene derecho a concluir indistintamente bien o mal o, simplemente, a concluir). 

Alto ahí, pensamos inmediatamente: esto es un sofisma barato. La respuesta a esta aparente incoherencia es muy sencilla: el uso ha convertido a llevar a cabo en un verbo por sí mismo, perfectamente equivalente a realizar, o al más plebeyo (y mucho más ambiguo) hacer. Probablemente este ataque de reúma sintáctico era inevitable, en un idioma tan achacoso que usa alegremente la misma palabra para designar un accidente geográfico, un cargo militar, el extremo de un objeto alargado (ojo: sólo si éste es una cuerda o una vela (¡y no de navegar, sino de arder!)), el extremo opuesto a un rabo (?), un misterioso concepto que acompaña copulativamente al fin, o una curiosa parte de la calle a la que se llega cuando un razonamiento conduce al punto de partida. Por si alguien no lo ha captado, me estoy refiriendo al cabo.

Pero, entonces ¿por qué están en uso las palabras realizador, realización o realizable, y no llevador a cabo, llevación a cabo o llevable a cabo? Si queremos salvar a nuestro verbo compuesto del diagnóstico de verbo minusválido, el único paliativo que nos queda es achacarle la responsabilidad al verbo llevar: en efecto, llevador, llevación o llevable son palabras que no están tampoco en uso. Fenómeno misterioso éste, si pensamos que verbos como incubar, que nos son mucho menos necesarios en la vida cotidiana, disfrutan de sus incubador (¡e incluso incubadora!), incubación e incubable. 

Pero veamos cómo resuelve el hablante este problema. Como los conceptos se empeñan en existir sin tener la cortesía de preguntarnos si tenemos o no palabras para ellos, cualquiera de nosotros podría encontrarse el día menos pensado ante la situación siguiente: 

Pepe es un honrado camionero que se dedica al transporte de hortalizas por carretera. Cuando Pepe va con su camión cargado de tomates de Guadalajara a Madrid y regresa con un cargamento de sandías, todo el mundo en Guadalajara, pensando en Pepe, dice:

Pepe lleva tomates
Pepe trae sandías

Pero el dueño de la empresa, el señor X, a quien la vida de Pepe trae mayormente sin cuidado, se preocupa más bien de sus cargamentos, y prefiere hablar de:

el transporte de tomates
el transporte de sandías

El problema es que cuando él dice esto en voz alta su interlocutor, que no conoce los entresijos de la empresa, no tiene forma de saber si los tomates o las sandías van o vienen. Es más, el señor X podría necesitar expresar ideas como ésta:

Cuando los cargamentos van por autopista, el llev-? es más rápido que el tra-? 

Aquí, usar la palabra transporte en los dos casos podría ser una fuente de confusiones para cualquier oyente. Nuestro empresario se siente francamente tentado de decir:

Cuando los cargamentos van por autopista, el llevado es más rápido que la traída

del mismo modo que podría haber dicho el llenado, o la caída (sin necesidad de refugiarse en el llenar, o en el caer). Pero el interlocutor de X no se queda del todo tranquilo. ¿Qué es lo que es más barato, el llevado de cargamento o el cargamento llevado? Evidentemente, es necesario distinguir todavía más. 

Cavilando, se le ocurre a X que la morfología del idioma le permite decir, por ejemplo, la contratación o la liquidación cuando de contratar o liquidar se trata. Así pues, se lía la manta a la cabeza, y pronuncia en voz alta:

llevación (de llevar), y...
traición? (de traer) 

¿O bien, en vista de que atraer produce atracción, distraer distracción y contraer contracción, deberá disciplinadamente decir tracción? El señor X no tiene muchos estudios, pero experimenta la sensación de que algo falla. Por fin, repara en la palabra retraimiento, y murmura tímidamente:

llevamiento
traimiento

Es su única escapatoria. El necesita esas palabras, y las usará. El camión va y viene todos los días, sin esperar a galgos ni a podencos, y las mercancías tienen que ser vendidas. Un único inconveniente amenaza la buena fama de X: enterado al día siguiente su hijo, que casualmente estudia en la escuela de traducción, lo acusará amargamente de inculto por no saber usar palabras mejor sonantes. Pero, ¿cuáles?, se preguntará el lector. Muy sencillo, replica el futuro traductor: transporte de ida en un caso, y transporte de vuelta en el contrario. Sin embargo, cuando él mismo toma el ascensor para ir a algún lado no habla de desplazamiento hacia arriba o hacia abajo, sino sencillamente de subida y bajada, lo mismo que para decir guante tampoco dice "prenda de vestir que se calza en la mano".

El avispado estudiante ha creído poder rehuir el problema (otros dirán "resolver") aprovechándose de la descomposición semántica del verbo llevar. Pero, ¿cómo reaccionará su agudo ingenio ante frases del tipo "este pastel lleva mantequilla", o "este arroz con leche lleva canela"? Es más, ¿cómo distinguiremos el llevado de mantequilla en el pastel del llevado de mantequilla en el camión, o el llevado de canela en el arroz con leche de la traída de canela en el mercancías de las 22.30?  ¿No necesitará también el español un poco de gimnasia, como la que practicaba en tiempos su papá el latín o como la que ejercita infatigablemente su primo (bastardo y plebeyo, si se quiere, pero performante) el inglés?

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Comparaciones

No es cierto que Abundio vendiera el coche para comprar gasolina. Si hemos de dar crédito a la leyenda, el famoso Abundio existió realmente, pero mucho antes de que se inventaran siquiera los motores. Cuenta la leyenda cordobesa que, allá por el siglo XVII, un tal Abundio pasó al imaginario popular por haber querido regar un cortijo "con el solo chorrillo de la verga". Por eso, naturalmente, decimos hoy todavía de alguien con pocas luces que es "más tonto que Abundio".

Hay por lo menos dos personajes más en ese simpático olimpo del chascarrillo popular. Uno de ellos se apellidaba Picio. Parece ser que estuvo condenado a muerte y fue indultado en el último momento. Del susto, se quedó completamente calvo y su cara se deformó tan horriblemente que todavía hoy decimos a veces de alguien que es "más feo que Picio".

La Chelito era una cupletista cubana más bien picarona. La fama arrolladora que llegó a tener se debió a una idea simple, pero genial. Durante las actuaciones, la Chelito fingía tener una pulguita que le corría por debajo de la ropa y, con tal pretexto, mostraba al público generosas porciones de su anatomía. El público -el masculino, naturalmene- rugía de entusiasmo. La Chelito llegó a tener a sus pies a algunos de los grandes millonarios de su época, y por eso todavía oímos de vez en cuando decir de alguien que es "más famoso que la Chelito".

Las comparaciones humorísticas han sido siempre uno de los territorios más fértiles de la imaginación popular, al menos hasta que se inventó la 'sociedad del bienestar', en la que uno no tiene que forzar mucho el magín porque le basta con ser dócil y seguir la corriente. Pero de los años de penuria de antaño nos han llegado algunas comparaciones reveladoras, como 'ser más listo que el hambre', 'más bueno que el pan' o, hablando de una espera, 'más larga que un día sin pan'. Estas comparaciones no son humorísticas, sino crudamente realistas, como 'ser más pobre que una rata', 'más majo que las pesetas' o 'más malo que la quina', o estar 'más contento que unas pascuas' o 'más salido que un mono'.

Hay alguna que otra bastante enigmática, como 'ser más vago que la chaqueta de un guardia' o no ver 'tres en un burro'. Sin embargo, son muchas más las comparaciones que nos hacen reír, a veces por las situaciones absurdas que evocan y a veces por la perspicacia que revelan. Absurdo es, por ejemplo, estar más despistado 'que un pulpo en un garaje', ser más inútil 'que el cenicero de una moto', más pesado 'que una vaca en brazos' o ver menos 'que un gato de escayola'. Exagerado es decir de alguien que tiene 'más cara que espalda' o 'una jeta que se la pisa', o estar uno tan fuera de sí 'que se sube por las paredes'. Imaginativo es caracterizar a Fulanito como 'más agarrado que un chotis' o 'más sordo que una tapia', o decir que aquella cueva estaba más oscura que 'el sobaco de un grillo' o que algo tiene una magnitud tan respetable que 'no se lo salta un gitano'.

No podemos saber lo que sucede en el cerebro de un molusco, pero eso no nos impide afirmar que aquella película era 'más aburrida que una ostra'. Y, hablando de cine, la perspicacia popular ha dado con algunas comparaciones francamente afortunadas, como 'estar más chupado que la pipa de un indio' o 'más liado que la pata de un romano', o ser más lento 'que el caballo del malo'.

Buscando en Google he encontrado muchas comparaciones más, pero no todas son tan ingeniosas como las que yo recuerdo de mis años mozos. Aun así, he seleccionado unas cuantas que me han hecho gracia:

Está más caliente que el diablo con paperas
Es más aburrido que sacar a pasear a la tortuga
Más dificil que cortarse las venas con una hoja de repollo
Más feo que un bizco inflando un globo
Era tan feo que lo atropelló un camión y quedó mejor que antes
Es más guarro que la Tota, que se lavó las manos y se encontró un reloj
Más tonto que bailar la música del telediario
Más falso que un euro con la cara de popeye
Tan gordo que cuando se cae de la cama se cae por los dos lados
Tiene más labios que una vaca silbando el "Only you"
Es más simple que las instrucciones de un botijo
Da mas vueltas que un manco remando
Está más mosqueado que el casero del fugitivo
Está más ciego que vivir en el noveno B (pronunciado: 'no ve no ve')
Trabaja menos que el sastre de Tarzán
Más dificil que hacer gárgaras con polvos de talco
Más peligroso que un tiroteo en un ascensor
Más peligroso que una piraña en un bidet
Tiene menos huevos que un flan de sobre

¿Por qué he seleccionado estos chascarrillos, y no otros? Pues porque, además de ser graciosos, tienen musicalidad. La prosodia es un elemento muy importante en el humor: un chiste bueno mal contado puede ser 'más soso que un pan sin sal'. Y, al acercarnos al final, el chiste deberá ser siempre rápido y sorprendente. Tan rápido, como mínimo... como el caballo del bueno.

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Diga "me"

Es un viejo chiste. Alguien responde a una llamada de teléfono, y dice:

”Dígame”

A lo que su interlocutor, obediente, contesta:

“Me”

Chistes aparte, el caso es que el verbo 'decir' desempeña en nuestras vidas un papel mucho más importante de lo que muchos imaginan (yo incluido). Sólo con este verbo, los estudiantes de español, sobre todo los que hablan lenguas coherentes y racionales, tienen motivos suficientes para volverse locos. Porque ¿cómo explicarle, por ejemplo a un hablante de alemán, que un matiz sutil en la forma de expresarse puede transmitir ideas completamente dispares, y a menudo opuestas entre sí?

Veamos unos cuantos ejemplos. Si estamos muy sorprendidos por una noticia que acabamos de oír, replicaremos: "¡Pero qué me dices!". En cambio, si la noticia nos parece un disparate, bastará con quitarnos de en medio para poner en entredicho a nuestro informante: "¡Pero qué dices!"

Un caso curioso es ese "¡No me digas!", que en realidad quiere decir lo contrario, es decir: "¡Cuéntame más!". Sin embargo, cuando queramos indicar que no hace falta que me lo digas, exclamaremos exactamente lo contrario: "¡Dímelo a mí!", o "¡Que me lo digan a mí!". Por otra parte, una manera muy eficaz de ridiculizar al interlocutor es mirarlo de arriba a abajo y, al mismo tiempo, exclamar: "¡No te digo...!" Aunque, si usted es amante del detalle, tiene a su disposición una frase más elaborada: "¡No te digo lo que hay...!", que significa más o menos lo mismo pero sin aclarar absolutamente nada.

Una frase célebre es la atribuida a fray Luis de León en su primer día de clase: "Decíamos ayer...", en su primer día de clase después de haber pasado cinco años en la cárcel. Su delito: traducir el “Cantar de los cantares” (maravillosamente, por cierto) a la lengua que hablaba todo el mundo. Cosas de la Inquisición. El conflicto se resolvió como se resolvían en aquel tiempo todos los conflictos con la Iglesia católica:  "Donde dije digo, digo Diego". La cosa debió de suceder más o menos así:

"¿Reconoce usted este texto bíblico en el que el rey Salomón, bajo una apariencia poética, vierte en la lengua del vulgo una sarta de obscenidades pecaminosas?", le habría preguntado el severo inquisidor.

A lo cual fray Luis, después de leer detenidamente su propio texto, se habría encogido de hombros:

"Pues no. No me dice nada".

Todo el celo desplegado por la Inquisición durante largos siglos no ha impedido que, aún hoy, cuando alguien se empeña en explicar algo y nadie le hace caso, decimos que hablaba "como el que dice misa". ¿Alguien nos está proponiendo una tarea imposible? No le preguntemos cómo. Aplacemos indefinidamente la respuesta con un "Ya me dirás cómo". ¿Queremos recalcar una obviedad? Muy fácil: encojámonos de hombros y descarguemos toda la responsabilidad en nuestro interlocutor con un "Tú dirás..."

La mujer del César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo. Por eso en España es tan importante, probablemente desde tiempo inmemorial, “el qué dirán”. En el capítulo de los personajes esperpénticos, no es raro encontrarse de vez en cuando con alguno de esos imbéciles que rematan sus frases con un "¡Te lo digo yo!" De sabihondos está el mundo lleno... Pero toda moneda tiene dos caras, y la réplica apropiada a semejantes afirmaciones es muy sencilla: "Porque tú lo digas..."

Otra expresión de incredulidad que seguramente mareará al pobre estudiante alemán es ese "Lo que tú digas, hombre (o mujer)...". Que, por supuesto, significa exactamente lo contrario. Quizá la coletilla más inútil de todas las que yo conozco es ese "Decir que..." con que empiezan sus explicaciones ya casi todos los periodistas. Y la más temible de todas es esa que todas las mujeres, tarde o temprano, acabarán imputándole a su cónyuge, que ni remotamente recordará haber hecho jamás tal afirmación: "Porque tú dijiste que..."

La afición a la rima se está perdiendo y las mujeres han aligerado mucho su vestimenta, pero quiero terminar hoy con una nota simpática, recordando una de aquellas frases graciosas que tan habituales eran en mis años infantiles:  "No me digas, que se me caen las ligas".

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Una lengua barroca

Hay una tendencia al exceso en el idioma español. No entiendo muy bien las causas, aunque pensándolo un poco se me ocurren dos: el énfasis y el cultismo. El afán por el énfasis podría explicar ciertas redundancias. Por ejemplo, 'te lo vuelvo a repetir' en lugar de 'te lo repito' o 'te lo vuelvo a decir'. El cultismo, a su vez, podría explicar ese 'por parte de', tan innecesario la mayoría de las veces. Por ejemplo, en 'es necesario un esfuerzo por parte de los usuarios', en lugar de simplemente 'es necesario un esfuerzo de los usuarios'. También se ha extendido mucho últimamente ese 'pienso de que', que es posiblemente una ultracorrección por analogía con 'advertir de que' o 'informar de que', que en la mente de los hablantes habían perdido la preposición hasta que algunos ultramontanos emprendieron la cruzada del purismo.

Hablando de redundancias, hay dos en particular que me fascinan. Me recuerdan ciertos prefijos usados en chino mandarín con fines únicamente clasificatorios (algo así como el género en las lenguas latinas). Por ejemplo, decimos 'añadió cloruro a la mezcla', pero en cambio 'le echó sal al cocido'. Decimos 'tomaré cerveza', pero 'me tomaré una cerveza'. Saludar y estrechar la mano significan a veces lo mismo pero, en un caso decimos 'saludé a Luis', y en el otro 'le estreché la mano a Luis'. Todos podemos estar de acuerdo en que es incongruente pero, por alguna razón misteriosa, si decimos sólo 'dije a Lola que iría' nos parece que falta algo. Quizá lo que ocurre es que, en situaciones coloquiales, tendemos a aglutinar el verbo y el objeto para convertirlos en un único verbo situacional. De ese modo, el verbo aglutinado 'comer-un-bocadillo' sólo podría producir 'me comí-un-bocadillo', a semejanza de 'me dormí' o 'me alegré'.

Algunas redundancias parecen deberse a la superposición de dos plantillas mentales similares. Por ejemplo, la frase 'lleva desde hace dos meses sin afeitarse', en lugar de 'lleva dos meses sin afeitarse', se debería a un cruce mental con 'no se afeita desde hace dos meses'. Pero también en las simples palabras hay una tendencia a pronunciar más sílabas de las necesarias. El caso más flagrante es 'escuchar' en lugar de 'oír' (que cualquier persona mínimamente sociable debería diferenciar sin sombra de duda en sus conversaciones). En esa línea, hay varios verbos que llevan ya mucho tiempo instalados entre nosotros, como 'colisionar' por 'colidir' o 'promocionar' por 'promover'. Más recientes parecen las incorporaciones de 'listado' en lugar de 'lista', 'ejercitar' en lugar de 'ejercer' o 'intencionalidad' en lugar de 'intención'.

Quizá por las connotaciones que algunos asocian a las cosas usadas, tendemos también -como en francés- a 'utilizar' en lugar de 'usar'. Y hay una tendencia bastante marcada a sustituir 'saber' por 'conocer', y 'haber' por 'existir'. Ese 'Existen hojas de reclamación a disposición del público' confiere a los mostradores un aura metafísica, sólo disipada cuando uno pide la hoja de reclamación y averigua que existir, existen, pero haber, casi nunca hay.

Una incorporación reciente es el abuso, originalmente irónico, de 'demasiado' y 'excesivamente'. Estas dos palabras llevan camino de erradicar los adverbios 'muy' y 'mucho'. Hace algún tiempo descubrí que el fenómeno se había colado incluso en el DRAE, lo cual me parecería alarmante si el DRAE fuera un diccionario respetable. En el apartado de los cultismos, además de 'intencionalidad' y 'ejercitar', habría que mencionar también esos verbos refitoleros que nos hacen parecer tan eruditos: disponer de, contar con, llevar a cabo, etc. De ellos ya he hablado muchas veces, y no voy a “volver a repetirme” en esta ocasión.

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Manual del iletrado (políticamente correcto)

Como 'conservador' es ahora sinónimo de 'reaccionario', espero que me permitan ustedes referirme a los 'verdes' con ese mismo adjetivo. Decir 'conservacionista' es sólo una pirueta verbal para enmascarar la realidad de que los 'verdes' son los conservadores más intransigentes del espectro político.  Pues bien, se quejan los reaccionarios de lo verde de que el número de especies de nuestra flora y fauna disminuye de manera alarmante. Puede que tengan razón, pero hoy tengo una buena noticia para ellos: en los últimos veinte o treinta años ha nacido una nueva especie, y ha renacido otra que creíamos extinguida.

La nueva especie, que empieza a ser ya rampante, es la que podríamos denominar Homo politicamente correctus, y la renacida de sus cenizas, cuya pujanza actual habría sorprendido al mismísimo Darwin, podríamos bautizarla como Homo illiteratus. Arrinconado por el vertiginoso crecimiento de estas dos especies, el pobre Homo sapiens, al igual que le sucedió a su primo el Homo neanderthalensis hace 40 000 años, se bate en retirada y progresa hacia su extinción a ritmo de candombé.

Me he permitido, pues, redactar y refundir en un único ejemplar dos manuales pioneros en su género: el del hablante iletrado y el del hablante políticamente correcto, para uso de futuros antropólogos. El manual no es ni mucho menos exhaustivo, pero ya dice un sabio refrán que, para muestra, basta un botón:

Manual del iletrado políticamente correcto

Lo que quiero decir:                                 Lo que tengo que decir:

Llevo aquí una hora                                 Llevo aquí desde hace una hora
Mis empleados                                        Tanto mis empleados y empleadas
Hizo una lista                                           Realizó un listado
Es fácil                                                     No resulta demasiado complicado
Reveló su intención                                 Desveló su intencionalidad
La juez dictó sentencia                            Se dictó sentencia por parte de la jueza
Juan fue mordido por un perro                Se mordió a Juan por parte de un perro
Espero que vengas                                  Espero que puedas venir
Puede que vaya                                       Podría ser posible que pueda ir
Es suficiente para hacerlo                       Resulta suficiente como para llevarlo a cabo
Puntualizó que estaba lloviendo              Matizó que estaba lloviendo
No hay nubes                                           El cielo no dispone de nubes
En la hucha hay poco dinero                   En la hucha no existe demasiado dinero
Entre risas, se sentaron a la mesa          Entre risas, se sentaron en la mesa
El equilibrista amenaza caerme encima  El equilibrista amenaza con caerme encima
El cielo amenaza tormenta                      El cielo amenaza con que pueda haber una tormenta
Llegué allí gracias a Pepe                       Llegué allí a través de Pepe
Me habría gustado ir                                Me hubiera gustado ir
No saldré hasta que te vea                      No saldré hasta que no pueda verte
El piso tiene tres habitaciones                 La casa cuenta con tres habitaciones
Según él, atracaron un banco                 De acuerdo con él, atracaron un banco
La velocidad es 30 km/h                         La velocidad es de 30 km/h
Un vaso de vidrio y otro de cristal           Dos vasos de cristal
Pepe tuvo pocos reflejos                         Pepe no dispuso de demasiados reflejos
Discrepo de usted                                   Discrepo contigo
Creo que es pequeño                             Creo de que no resulta excesivamente grande
Ejerceré mis derechos                            Ejercitaré mis derechos
Ni siquiera sé lo qué quiero decir           Por decirlo de alguna manera
Francachela de amigotes                       Tertulia política

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Taquitos

Iba a titular este texto 'Interjecciones', pero lo he descartado, porque quiero dejar de lado las groserías. Por aburridas, más que por ofensivas. Está ya tan extendido el uso de los tacos, incluso en medios de comunicación, que prácticamente han perdido toda capacidad expresiva.

Seguramente por eso está desapareciendo un género de palabrotas que no llegan a serlo por temor del hablante a ofender o a parecer grosero. Lo propio sería llamarlas 'palabrotitas', pero entraríamos en el terreno del absurdo morfológico, de modo que las llamaré 'taquitos'. Y, aunque no lo parezca, los “taquitos”, esas expresiones un tanto ñoñas y desvaídas por la evolución de las costumbres, conservan todavía su punto de sal.

Groseras o no, las interjecciones son casi imprescindibles si no queremos que nuestra conversación sea interpretada como una disertación. Curiosamente, las muletillas que más usamos suelen estar relacionadas con la vista y el oído. Mira, oye, escucha, calla, ¿ves?, ya ves, ¡ojo!, a ver, e incluso el legendario ¡oído cocina! son prácticamente el pan nuestro de cada día, pero hay también algunos verbos de movimiento que nos permiten amenizar la conversación. En ese grupo podríamos incluir ¡anda!, vamos, ahí va, ¡hala!, ¡vaya!¡venga!, pero también otros que la invención del horno eléctrico y del automóvil está arrinconando al desván de las palabras, como ¡atiza! o ¡arrea!

Hace algún tiempo oí decir que la exclamación ¡vale! la crearon los dobladores de películas. No sé si la explicación será cierta, pero parece ser que el 'yeah' y el 'okay' de los actores anglosajones no cuadraba bien con el movimiento de los labios pronunciando 'sí', y en algún momento alguien se sacó de la manga el socorrido ¡vale!, que ha terminado arraigando en los cinco continentes.

Muchas de las expresiones que aderezan nuestras conversaciones denotan simplemente empatía, o complicidad entre el que habla y el que escucha. Por ejemplo, ¡toma!, fíjate, o el enigmático ¡ea!, que yo creía que era una variante de ¡vea! o de ¡arrea!, pero que por lo visto proviene del latín eia. Desde luego, la empatía no tiene por qué ser piadosa, y también podemos solidarizarnos con nuestro interlocutor apostillando un ¡chúpate esa!, que los más barrocos aderezarán con una mandarina. O quizá replicando ¡toma ya! o simplemente ¡toma!, que tenía incluso una refinada variante poética: ¡toma, Jeroma, pastillas de goma!

Pero las exclamaciones de las que quiero hablar aquí son más bien sucedáneos modosos de interjecciones explícitas, no siempre oportunas. Las palabras hacen referencia a cosas, y si a nadie se le ocurre exhibir sus órganos sexuales para enfatizar una idea, tampoco parece necesario mentarlos cada dos por tres. Excepto, posiblemente, si uno es de Bilbao.

Pero los espíritus más recatados tampoco parecen interesarse por otras partes del cuerpo humano. Nunca he oído a nadie remachar una afirmación invocando un codo, unas anginas o una oreja. Por alguna razón misteriosa, si uno se aleja demasiado de la entrepierna femenina, de las gónadas masculinas o de los conceptos religiosos, el potencial expresivo decae lastimosamente y el hablante ouede ser tildado de muermo, plasta o, en los casos más extremos, meapilas o intelectual.

De ahí que los hablantes gazmoños no se hayan quedado tan lejos de la provocación, y se han limitado a atenuarla con esos caramba, caracho, canastos, caracoles, caray, cáscaras o cáspita, en el caso de los atributos masculinos. Los attibutos femeninos tienen también su córcholis pero, quizá por su anatomía más recóndita, nos sorprenden con una discretísima ausencia de sinónimos.

La actividad de los órganos sexuales tampoco se ha librado de los eufemismos sosos, y los pacatos encontrar una vía de escape en el jolín o jolines, en el ya anticuado leñe, y en la afrutada, pero estropeada, mala uva. O quizá la mala uva -es decir, el vinagre- fue primero, y su variante láctea fue sólo la ocurrencia de algún semental humano en busca de expresividad.

La escatología tampoco se ha librado de las alusiones inofensivas, por ejemplo al almanaque en ¡miércoles!, o a la oceanografía en ¡mecachis!, casi siempre inseparable de la mar salada. O en la expresión ir de cabeza, que algunos refitoleros han convertido en el inverosímil ir de cráneo.

La coexistencia con el catolicismo ha generado también expresiones tremendas, con eufemismos a veces insensatos, como el de encomendarse precisamente a los cielos la pecadora sorprendida por su marido. Por lo demás, tanto Dios como Satanás se reparten la vehemencia de los hablantes a partes iguales, el primero en las variantes pardiez, rediós y ridiela, y el segundo en las de diantre, demonios y diablos. Sin olvidar el papel desempeñado por la zoología, con ese gastronómico ¡ostras!, vinculado también, por una de esas carambolas de la vida, a la mar salada.

Quiero concluir con una palabra que tiene toda la pinta de ser un eufemismo pero no se me ocurre de qué. No la recoge el diccionario de la Real Academia y nadie parece conocer su procedencia, pero rebuscando en la Web he encontrado una receta que lleva su nombre. Parecen muy apetitosos. O, dicho de otro modo:

Qué ricos deben estar. ¡Repámpanos!

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Bocata cardinale

Es posible que algunos de los más jóvenes no reconozcan ya la palabra 'bocadillo', que desde los años 70 está siendo desplazada por el curioso 'bocata', seguramente proveniente de la expresión "bocata cardinale", es decir, bocado de cardenal. Pero el tema de este artículo no tiene nada que ver con la iglesia católica, sino con la presencia de la comida en las conversaciones de los españoles. Atentos, pues, porque lo que sigue... tiene mucha “miga”.

El pan, ya que hablamos de él, nos puede servir para movernos por el calendario, por ejemplo cuando decimos que “hay más días que panes”. Como unidad de medida, en cambio, es bastante vaga, y pocos ingenieros diseñarán un puente con semejante duración. Es cierto, nunca se sabe, y nadie puede decir ”de esta agua no beberé” pero, si llegase a suceder, ”con su pan se lo coma”.

Con los nuevos métodos de panadería industrial, pocos consideran ya el pan como un manjar. Sin embargo, todavía solemos decir que la chica aquella que vimos en la playa está “más buena que el pan". Por supuesto, es una manifestación de machismo intolerable, pero seríamos todavía más groseros si dijéramos que “está como un queso”.

La afición a los productos lácteos podría explicar también que haya malvados que engañan a ciertas almas cándidas “dándosela con queso". He dicho “malvados”, pero igual podía haber dicho “chorizos”, seleccionándolos de una extensa galería de personajes, tan feos o tan guapos como un “pestiño” o un “bombón", tan atractivos como una “perita en dulce”, tan arrogantes como un “chuleta” o tan despistados como un “percebe".

Curiosamente, las expresiones relacionadas con la comida son a menudo hostiles. Desde el “vete a freír espárragos” hasta el “cómete una paraguaya”, pasando por el absurdo ”chúpate esa mandarina”, este tipo de frases elevan el idioma español a las más altas cumbres del surrealismo. Respuestas tan sonoras como ”¡y un jamón!” son dignas de nuestro gran Góngora, y si queremos rizar el rizo sólo tenemos que añadirle al jamón unas chorreras.

¿Y qué decir de ese “me importa un pimiento” o “me importa un pepino”? (el 'huevo' no siempre está en el territorio de lo comestible). Por cierto, ya que hablamos del pepino, también la ensalada nos permite expresar líos o manejos turbios, como en “¡vaya tomate!” o en “ahí hay tomate”, por no hablar de la impagable “ensalada de tiros”. Que podríamos considerar como una versión extrema de ”liarse a tortas".

Siendo los hablantes personas de carne y hueso con sus hormonas, sus pasiones y sus noches de luna llena, no podían faltar tampoco en nuestra lista las pasiones carnales, con metáforas tan divertidas como “darse el filete” o “arrimar la sardina", equivalentes al anodino “heavy petting” de los anglosajones. Y cuando uno consigue llegar hasta el final, lo celebramos diciendo que se ha ”comido un rosco" (no necesariamente con su “media naranja”). Sí, el conejo también es comestible, pero este es un blog para todos los públicos. Y en tiempos pasados, los niños oían a menudo eso de “cuando seas padre comerás huevo”, que hoy ha caído en desuso, porque la medicina moderna recomienda exactamente lo contrario.

Una combinación que no parece muy comestible era el anticuado “pollo pera”, y dos alimentos que en su tiempo tenían significados extremos eran la "chicha" y la "limonada". Más difícil será que pasen de moda los sabores, y con ellos las personas “melosas”, “saladas”, “avinagradas” o “amargadas”. Hay también conceptos gastronómicos que permiten construir frases enteras. Por ejemplo, uno puede estar temblando ”como un flan” antes de que le caiga “la del pulpo”, después de lo cual se encontrará “hecho puré" (o “papilla”). En resumen, habrá pasado “un mal trago”.

Claro que, si somos despabilados (es decir, si no tenemos una “empanada” mental), podríamos lograr que alguien nos sacara “las castañas del fuego”. A los más persuasivos, en cambio, “les comerán en la mano”. Aunque, si usan malas artes, tal vez les pongan “a caldo”.

Y llegamos por fin a los postres, que podríamos celebrar con “café para todos” y, los más tacaños, con el “chocolate del loro”. Como “guinda” de este “pastel", que espero os haya dejado buen “sabor de boca”, me despediré con esta frase que oía a menudo cuando era niño:

“Toma, Jeroma: pastillas de goma”.

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