El español es una lengua tan costumbrista que hasta las cosas que suceden son difíciles de expresar sin apoyarse en algún contexto. Veamos. Un
acto no es sólo algo que sucede, sino que implica la participación de alguna persona (la caída de un rayo, por ejemplo, difícilmente puede ser considerada como un acto). Los periódicos 'de sucesos' ya no existen, pero hasta hace poco un
suceso era interpretado invariablemente como un accidente o un crimen. Un
acontecimiento, en cambio, es más bien algo solemne o trascendente, y un
evento es algo así como un acontecimiento social. Una
ocurrencia no es lo que ocurre, sino una gracia, y el verbo
tener lugar no tiene sustantivo (peor aún, las reuniones no
tienen lugar, sino que
se celebran). Un sustantivo lógico sería
acaecimiento, pero parece innecesariamente pedante. Menudo lío.
En el fondo, ¿realmente necesitamos un término neutro? Al fin y al cabo, en español las conversaciones son casi siempre contextuales. El hablante se siente mucho más cómodo rodeado de su tribu, y las conversaciones contextuales obedecen a la ley del mínimo esfuerzo: cuanto más reducimos el contexto, mayor capacidad de metáfora tenemos. Así, en el reducido ámbito de nuestra vivienda un cristal puede ser un vidrio y, si sabemos de lo que hablamos, una casa puede significar un hogar. Es más: si al decirlo señalamos con un dedo, hasta una
esquina puede significar un
rincón.

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