Sunday, June 17, 2018

El español: ¿una lengua anquilosada?

Abrimos el diccionario al azar. Nuestro índice se detiene junto a un verbo cualquiera, por ejemplo 'terminar'. Reflexionamos. Si terminar es la consecuencia natural de llevar a término, ¿será acaso acabar el resultado de llevar a cabo? No. En español actual, llevar a cabo es casi invariablemente sinónimo de realizar (hasta el punto de que es teóricamente posible llevar a cabo un intento de fuga sin conseguir fugarse). Por cierto, ¿por qué a cabo, y no al cabo? ¿Quién de nosotros ha oído alguna vez hablar de llevarse a alguien a huerto

Pero dejemos de lado la anécdota y observemos otras incongruencias igualmente curiosas. Cuando el probo ciudadano López lleva a su señora a casa, todos suponemos que, si López es realmente probo, tarde o temprano su esposa llegará a casa. Sin embargo, cuando López lleva a cabo una acción, nadie ha oído nunca decir que esa acción haya llegado a cabo, pese a que sí es posible que unas negociaciones hayan llegado a buen puerto si alguien las ha llevado hasta allí (aunque no, en cambio, a mal puerto, o sencillamente a puerto, como sería de esperar de una actividad que tiene derecho a concluir indistintamente bien o mal o, simplemente, a concluir). 

Alto ahí, pensamos inmediatamente: esto es un sofisma barato. La respuesta a esta aparente incoherencia es muy sencilla: el uso ha convertido a llevar a cabo en un verbo por sí mismo, perfectamente equivalente a realizar, o al más plebeyo (y mucho más ambiguo) hacer. Probablemente este ataque de reúma sintáctico era inevitable, en un idioma tan achacoso que usa alegremente la misma palabra para designar un accidente geográfico, un cargo militar, el extremo de un objeto alargado (ojo: sólo si éste es una cuerda o una vela (¡y no de navegar, sino de arder!)), el extremo opuesto a un rabo (?), un misterioso concepto que acompaña copulativamente al fin, o una curiosa parte de la calle a la que se llega cuando un razonamiento conduce al punto de partida. Por si alguien no lo ha captado, me estoy refiriendo al cabo.

Pero, entonces ¿por qué están en uso las palabras realizador, realización o realizable, y no llevador a cabo, llevación a cabo o llevable a cabo? Si queremos salvar a nuestro verbo compuesto del diagnóstico de verbo minusválido, el único paliativo que nos queda es achacarle la responsabilidad al verbo llevar: en efecto, llevador, llevación o llevable son palabras que no están tampoco en uso. Fenómeno misterioso éste, si pensamos que verbos como incubar, que nos son mucho menos necesarios en la vida cotidiana, disfrutan de sus incubador (¡e incluso incubadora!), incubación e incubable. 

Pero veamos cómo resuelve el hablante este problema. Como los conceptos se empeñan en existir sin tener la cortesía de preguntarnos si tenemos o no palabras para ellos, cualquiera de nosotros podría encontrarse el día menos pensado ante la situación siguiente: 

Pepe es un honrado camionero que se dedica al transporte de hortalizas por carretera. Cuando Pepe va con su camión cargado de tomates de Guadalajara a Madrid y regresa con un cargamento de sandías, todo el mundo en Guadalajara, pensando en Pepe, dice:

Pepe lleva tomates
Pepe trae sandías

Pero el dueño de la empresa, el señor X, a quien la vida de Pepe trae mayormente sin cuidado, se preocupa más bien de sus cargamentos, y prefiere hablar de:

el transporte de tomates
el transporte de sandías

El problema es que cuando él dice esto en voz alta su interlocutor, que no conoce los entresijos de la empresa, no tiene forma de saber si los tomates o las sandías van o vienen. Es más, el señor X podría necesitar expresar ideas como ésta:

Cuando los cargamentos van por autopista, el llev-? es más rápido que el tra-? 

Aquí, usar la palabra transporte en los dos casos podría ser una fuente de confusiones para cualquier oyente. Nuestro empresario se siente francamente tentado de decir:

Cuando los cargamentos van por autopista, el llevado es más rápido que la traída

del mismo modo que podría haber dicho el llenado, o la caída (sin necesidad de refugiarse en el llenar, o en el caer). Pero el interlocutor de X no se queda del todo tranquilo. ¿Qué es lo que es más barato, el llevado de cargamento o el cargamento llevado? Evidentemente, es necesario distinguir todavía más. 

Cavilando, se le ocurre a X que la morfología del idioma le permite decir, por ejemplo, la contratación o la liquidación cuando de contratar o liquidar se trata. Así pues, se lía la manta a la cabeza, y pronuncia en voz alta:

llevación (de llevar), y...
traición? (de traer) 

¿O bien, en vista de que atraer produce atracción, distraer distracción y contraer contracción, deberá disciplinadamente decir tracción? El señor X no tiene muchos estudios, pero experimenta la sensación de que algo falla. Por fin, repara en la palabra retraimiento, y murmura tímidamente:

llevamiento
traimiento

Es su única escapatoria. El necesita esas palabras, y las usará. El camión va y viene todos los días, sin esperar a galgos ni a podencos, y las mercancías tienen que ser vendidas. Un único inconveniente amenaza la buena fama de X: enterado al día siguiente su hijo, que casualmente estudia en la escuela de traducción, lo acusará amargamente de inculto por no saber usar palabras mejor sonantes. Pero, ¿cuáles?, se preguntará el lector. Muy sencillo, replica el futuro traductor: transporte de ida en un caso, y transporte de vuelta en el contrario. Sin embargo, cuando él mismo toma el ascensor para ir a algún lado no habla de desplazamiento hacia arriba o hacia abajo, sino sencillamente de subida y bajada, lo mismo que para decir guante tampoco dice "prenda de vestir que se calza en la mano".

El avispado estudiante ha creído poder rehuir el problema (otros dirán "resolver") aprovechándose de la descomposición semántica del verbo llevar. Pero, ¿cómo reaccionará su agudo ingenio ante frases del tipo "este pastel lleva mantequilla", o "este arroz con leche lleva canela"? Es más, ¿cómo distinguiremos el llevado de mantequilla en el pastel del llevado de mantequilla en el camión, o el llevado de canela en el arroz con leche de la traída de canela en el mercancías de las 22.30?  ¿No necesitará también el español un poco de gimnasia, como la que practicaba en tiempos su papá el latín o como la que ejercita infatigablemente su primo (bastardo y plebeyo, si se quiere, pero performante) el inglés?

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