Sunday, June 17, 2018

Bocata cardinale

Es posible que algunos de los más jóvenes no reconozcan ya la palabra 'bocadillo', que desde los años 70 está siendo desplazada por el curioso 'bocata', seguramente proveniente de la expresión "bocata cardinale", es decir, bocado de cardenal. Pero el tema de este artículo no tiene nada que ver con la iglesia católica, sino con la presencia de la comida en las conversaciones de los españoles. Atentos, pues, porque lo que sigue... tiene mucha “miga”.

El pan, ya que hablamos de él, nos puede servir para movernos por el calendario, por ejemplo cuando decimos que “hay más días que panes”. Como unidad de medida, en cambio, es bastante vaga, y pocos ingenieros diseñarán un puente con semejante duración. Es cierto, nunca se sabe, y nadie puede decir ”de esta agua no beberé” pero, si llegase a suceder, ”con su pan se lo coma”.

Con los nuevos métodos de panadería industrial, pocos consideran ya el pan como un manjar. Sin embargo, todavía solemos decir que la chica aquella que vimos en la playa está “más buena que el pan". Por supuesto, es una manifestación de machismo intolerable, pero seríamos todavía más groseros si dijéramos que “está como un queso”.

La afición a los productos lácteos podría explicar también que haya malvados que engañan a ciertas almas cándidas “dándosela con queso". He dicho “malvados”, pero igual podía haber dicho “chorizos”, seleccionándolos de una extensa galería de personajes, tan feos o tan guapos como un “pestiño” o un “bombón", tan atractivos como una “perita en dulce”, tan arrogantes como un “chuleta” o tan despistados como un “percebe".

Curiosamente, las expresiones relacionadas con la comida son a menudo hostiles. Desde el “vete a freír espárragos” hasta el “cómete una paraguaya”, pasando por el absurdo ”chúpate esa mandarina”, este tipo de frases elevan el idioma español a las más altas cumbres del surrealismo. Respuestas tan sonoras como ”¡y un jamón!” son dignas de nuestro gran Góngora, y si queremos rizar el rizo sólo tenemos que añadirle al jamón unas chorreras.

¿Y qué decir de ese “me importa un pimiento” o “me importa un pepino”? (el 'huevo' no siempre está en el territorio de lo comestible). Por cierto, ya que hablamos del pepino, también la ensalada nos permite expresar líos o manejos turbios, como en “¡vaya tomate!” o en “ahí hay tomate”, por no hablar de la impagable “ensalada de tiros”. Que podríamos considerar como una versión extrema de ”liarse a tortas".

Siendo los hablantes personas de carne y hueso con sus hormonas, sus pasiones y sus noches de luna llena, no podían faltar tampoco en nuestra lista las pasiones carnales, con metáforas tan divertidas como “darse el filete” o “arrimar la sardina", equivalentes al anodino “heavy petting” de los anglosajones. Y cuando uno consigue llegar hasta el final, lo celebramos diciendo que se ha ”comido un rosco" (no necesariamente con su “media naranja”). Sí, el conejo también es comestible, pero este es un blog para todos los públicos. Y en tiempos pasados, los niños oían a menudo eso de “cuando seas padre comerás huevo”, que hoy ha caído en desuso, porque la medicina moderna recomienda exactamente lo contrario.

Una combinación que no parece muy comestible era el anticuado “pollo pera”, y dos alimentos que en su tiempo tenían significados extremos eran la "chicha" y la "limonada". Más difícil será que pasen de moda los sabores, y con ellos las personas “melosas”, “saladas”, “avinagradas” o “amargadas”. Hay también conceptos gastronómicos que permiten construir frases enteras. Por ejemplo, uno puede estar temblando ”como un flan” antes de que le caiga “la del pulpo”, después de lo cual se encontrará “hecho puré" (o “papilla”). En resumen, habrá pasado “un mal trago”.

Claro que, si somos despabilados (es decir, si no tenemos una “empanada” mental), podríamos lograr que alguien nos sacara “las castañas del fuego”. A los más persuasivos, en cambio, “les comerán en la mano”. Aunque, si usan malas artes, tal vez les pongan “a caldo”.

Y llegamos por fin a los postres, que podríamos celebrar con “café para todos” y, los más tacaños, con el “chocolate del loro”. Como “guinda” de este “pastel", que espero os haya dejado buen “sabor de boca”, me despediré con esta frase que oía a menudo cuando era niño:

“Toma, Jeroma: pastillas de goma”.

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