Seguramente por eso está desapareciendo un género de palabrotas que no llegan a serlo por temor del hablante a ofender o a parecer grosero. Lo propio sería llamarlas 'palabrotitas', pero entraríamos en el terreno del absurdo morfológico, de modo que las llamaré 'taquitos'. Y, aunque no lo parezca, los “taquitos”, esas expresiones un tanto ñoñas y desvaídas por la evolución de las costumbres, conservan todavía su punto de sal.
Groseras o no, las interjecciones son casi imprescindibles si no queremos que nuestra conversación sea interpretada como una disertación. Curiosamente, las muletillas que más usamos suelen estar relacionadas con la vista y el oído. Mira, oye, escucha, calla, ¿ves?, ya ves, ¡ojo!, a ver, e incluso el legendario ¡oído cocina! son prácticamente el pan nuestro de cada día, pero hay también algunos verbos de movimiento que nos permiten amenizar la conversación. En ese grupo podríamos incluir ¡anda!, vamos, ahí va, ¡hala!, ¡vaya! y ¡venga!, pero también otros que la invención del horno eléctrico y del automóvil está arrinconando al desván de las palabras, como ¡atiza! o ¡arrea!
Hace algún tiempo oí decir que la exclamación ¡vale! la crearon los dobladores de películas. No sé si la explicación será cierta, pero parece ser que el 'yeah' y el 'okay' de los actores anglosajones no cuadraba bien con el movimiento de los labios pronunciando 'sí', y en algún momento alguien se sacó de la manga el socorrido ¡vale!, que ha terminado arraigando en los cinco continentes.
Muchas de las expresiones que aderezan nuestras conversaciones denotan simplemente empatía, o complicidad entre el que habla y el que escucha. Por ejemplo, ¡toma!, fíjate, o el enigmático ¡ea!, que yo creía que era una variante de ¡vea! o de ¡arrea!, pero que por lo visto proviene del latín eia. Desde luego, la empatía no tiene por qué ser piadosa, y también podemos solidarizarnos con nuestro interlocutor apostillando un ¡chúpate esa!, que los más barrocos aderezarán con una mandarina. O quizá replicando ¡toma ya! o simplemente ¡toma!, que tenía incluso una refinada variante poética: ¡toma, Jeroma, pastillas de goma!
Pero las exclamaciones de las que quiero hablar aquí son más bien sucedáneos modosos de interjecciones explícitas, no siempre oportunas. Las palabras hacen referencia a cosas, y si a nadie se le ocurre exhibir sus órganos sexuales para enfatizar una idea, tampoco parece necesario mentarlos cada dos por tres. Excepto, posiblemente, si uno es de Bilbao.
Pero los espíritus más recatados tampoco parecen interesarse por otras partes del cuerpo humano. Nunca he oído a nadie remachar una afirmación invocando un codo, unas anginas o una oreja. Por alguna razón misteriosa, si uno se aleja demasiado de la entrepierna femenina, de las gónadas masculinas o de los conceptos religiosos, el potencial expresivo decae lastimosamente y el hablante ouede ser tildado de muermo, plasta o, en los casos más extremos, meapilas o intelectual.
De ahí que los hablantes gazmoños no se hayan quedado tan lejos de la provocación, y se han limitado a atenuarla con esos caramba, caracho, canastos, caracoles, caray, cáscaras o cáspita, en el caso de los atributos masculinos. Los attibutos femeninos tienen también su córcholis pero, quizá por su anatomía más recóndita, nos sorprenden con una discretísima ausencia de sinónimos.
La actividad de los órganos sexuales tampoco se ha librado de los eufemismos sosos, y los pacatos encontrar una vía de escape en el jolín o jolines, en el ya anticuado leñe, y en la afrutada, pero estropeada, mala uva. O quizá la mala uva -es decir, el vinagre- fue primero, y su variante láctea fue sólo la ocurrencia de algún semental humano en busca de expresividad.
La escatología tampoco se ha librado de las alusiones inofensivas, por ejemplo al almanaque en ¡miércoles!, o a la oceanografía en ¡mecachis!, casi siempre inseparable de la mar salada. O en la expresión ir de cabeza, que algunos refitoleros han convertido en el inverosímil ir de cráneo.
La coexistencia con el catolicismo ha generado también expresiones tremendas, con eufemismos a veces insensatos, como el de encomendarse precisamente a los cielos la pecadora sorprendida por su marido. Por lo demás, tanto Dios como Satanás se reparten la vehemencia de los hablantes a partes iguales, el primero en las variantes pardiez, rediós y ridiela, y el segundo en las de diantre, demonios y diablos. Sin olvidar el papel desempeñado por la zoología, con ese gastronómico ¡ostras!, vinculado también, por una de esas carambolas de la vida, a la mar salada.
Quiero concluir con una palabra que tiene toda la pinta de ser un eufemismo pero no se me ocurre de qué. No la recoge el diccionario de la Real Academia y nadie parece conocer su procedencia, pero rebuscando en la Web he encontrado una receta que lleva su nombre. Parecen muy apetitosos. O, dicho de otro modo:
Qué ricos deben estar. ¡Repámpanos!

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