”Dígame”
A lo que su interlocutor, obediente, contesta:
“Me”
Chistes aparte, el caso es que el verbo 'decir' desempeña en nuestras vidas un papel mucho más importante de lo que muchos imaginan (yo incluido). Sólo con este verbo, los estudiantes de español, sobre todo los que hablan lenguas coherentes y racionales, tienen motivos suficientes para volverse locos. Porque ¿cómo explicarle, por ejemplo a un hablante de alemán, que un matiz sutil en la forma de expresarse puede transmitir ideas completamente dispares, y a menudo opuestas entre sí?
Veamos unos cuantos ejemplos. Si estamos muy sorprendidos por una noticia que acabamos de oír, replicaremos: "¡Pero qué me dices!". En cambio, si la noticia nos parece un disparate, bastará con quitarnos de en medio para poner en entredicho a nuestro informante: "¡Pero qué dices!"
Un caso curioso es ese "¡No me digas!", que en realidad quiere decir lo contrario, es decir: "¡Cuéntame más!". Sin embargo, cuando queramos indicar que no hace falta que me lo digas, exclamaremos exactamente lo contrario: "¡Dímelo a mí!", o "¡Que me lo digan a mí!". Por otra parte, una manera muy eficaz de ridiculizar al interlocutor es mirarlo de arriba a abajo y, al mismo tiempo, exclamar: "¡No te digo...!" Aunque, si usted es amante del detalle, tiene a su disposición una frase más elaborada: "¡No te digo lo que hay...!", que significa más o menos lo mismo pero sin aclarar absolutamente nada.
Una frase célebre es la atribuida a fray Luis de León en su primer día de clase: "Decíamos ayer...", en su primer día de clase después de haber pasado cinco años en la cárcel. Su delito: traducir el “Cantar de los cantares” (maravillosamente, por cierto) a la lengua que hablaba todo el mundo. Cosas de la Inquisición. El conflicto se resolvió como se resolvían en aquel tiempo todos los conflictos con la Iglesia católica: "Donde dije digo, digo Diego". La cosa debió de suceder más o menos así:
"¿Reconoce usted este texto bíblico en el que el rey Salomón, bajo una apariencia poética, vierte en la lengua del vulgo una sarta de obscenidades pecaminosas?", le habría preguntado el severo inquisidor.
A lo cual fray Luis, después de leer detenidamente su propio texto, se habría encogido de hombros:
"Pues no. No me dice nada".
Todo el celo desplegado por la Inquisición durante largos siglos no ha impedido que, aún hoy, cuando alguien se empeña en explicar algo y nadie le hace caso, decimos que hablaba "como el que dice misa". ¿Alguien nos está proponiendo una tarea imposible? No le preguntemos cómo. Aplacemos indefinidamente la respuesta con un "Ya me dirás cómo". ¿Queremos recalcar una obviedad? Muy fácil: encojámonos de hombros y descarguemos toda la responsabilidad en nuestro interlocutor con un "Tú dirás..."
La mujer del César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo. Por eso en España es tan importante, probablemente desde tiempo inmemorial, “el qué dirán”. En el capítulo de los personajes esperpénticos, no es raro encontrarse de vez en cuando con alguno de esos imbéciles que rematan sus frases con un "¡Te lo digo yo!" De sabihondos está el mundo lleno... Pero toda moneda tiene dos caras, y la réplica apropiada a semejantes afirmaciones es muy sencilla: "Porque tú lo digas..."
Otra expresión de incredulidad que seguramente mareará al pobre estudiante alemán es ese "Lo que tú digas, hombre (o mujer)...". Que, por supuesto, significa exactamente lo contrario. Quizá la coletilla más inútil de todas las que yo conozco es ese "Decir que..." con que empiezan sus explicaciones ya casi todos los periodistas. Y la más temible de todas es esa que todas las mujeres, tarde o temprano, acabarán imputándole a su cónyuge, que ni remotamente recordará haber hecho jamás tal afirmación: "Porque tú dijiste que..."
La afición a la rima se está perdiendo y las mujeres han aligerado mucho su vestimenta, pero quiero terminar hoy con una nota simpática, recordando una de aquellas frases graciosas que tan habituales eran en mis años infantiles: "No me digas, que se me caen las ligas".

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