Monday, September 3, 2018

Algunas pronunciaciones

¿Cómo fiarse de los periodistas españoles, cuando ni siquiera se molestan en verificar la pronunciación de las palabras extranjeras que usan? Veamos algunos ejemplos.

- Recuerdo mi desesperación durante la última guerra de Iraq cuando la inmensa mayoría de los 'informadores' de radio y televisión se empeñaban en llamar 'Bagdak' a la capital de Iraq. A nadie parecía importarle, y menos que a nadie a los jefes de redacción, a los directores de los informativos o al director de la emisora. ¿Todos ellos eran también disléxicos? Creo que el calificativo es otro: incompetentes.

- El actual presidente de Siria se llama Bashar al Assad, que se pronuncia 'bashár al ássad'. Me ha llevado escasos segundos verificarlo en mi buscador, simplemente escribiendo "al assad pronunciation". Es más: no sólo he encontrado la pronunciación del nombre del presidente, sino de varias docenas de nombres y apellidos sirios.

- En los medios españoles, el acento está también casi siempre mal pronunciado en 'Al Qaeda'. Después de varias semanas de fluctuar entre distintas pronunciaciones sin molestarse en averiguar la correcta, los 'informadores' se decidieron finalmente por la más incorrecta: 'al caéda'. Naturalmente, nadie espera que algún locutor pronuncie correctamente esa 'q', que tiene un sonido mucho más gutural que la nuestra, ni la contracción de la glotis que separa la 'a' y la 'e'. Pero al menos podrían haberse ahorrado varios segundos de tertulias estériles y haber averiguado que en realidad se pronuncia 'al cáeda'.

- La reciente huida del nazi provinciano Carlos Puigdemont a Bélgica ha puesto de moda la localidad de Waterloo. Que, como todo el mundo sabe o debería saber, no está en Gran Bretaña ni en USA (aunque hay un Waterloo en los Estados Unidos), y por lo tanto no se pronuncia en inglés, sino en valón. A saber: 'váterlo'. Igual que en los casos anteriores, sólo me ha llevado segundos comprobarlo. Es más: ni siquiera los corresponsales en Waterloo parecen conocer el nombre de la ciudad en la que se encuentran. ¿Qué clase de profesionales son esos sujetos?

- En alemán, 'Land' significa en términos generales 'tierra' o 'territorio'. En particular, es la palabra con que los alemanes designan a cada Estado de la República Federal Alemana. Pues bien, en alemán el plural de 'Land' (pronunciado 'lant') es 'Länder' (pronunciado 'lender', o 'lenda'). Pese a todo, una gran mayoría de presuntos periodistas se empeñan en hablar de 'un Lander' para referirse a un solo Estado. ¿No les ha intrigado comprobar que unas veces leen 'Land' y otras veces 'Länder'? Pues parece que no. Si ni siquiera les importa esa diferencia, ¿cómo creerles en todo lo demás?

- ¿Saudí o saudita? Por lo general, reina la confusión entre esas dos terminaciones: ¿israelí o israelita?, ¿suní o sunita? La terminación -í proviene del árabe, y significa 'oriundo de'. Basten dos ejemplos: 'ceutí' (oriundo de Ceuta) y 'baladí' (en árabe, 'balad' significa 'campo'). En cambio, la terminación -ita denota pertenencia a una secta o ideología, como en 'ebionita' o 'monofisita'. Actualmente se tiende más a la terminación -ista, como en 'calvinista'. Pero, a falta de saudistas o israelistas, 'saudita' debería ser quien pertenece a la dinastía religiosa de Saúd, y por extensión el país gobernado por esa dinastía, mientras que 'saudí' sería el originario de Arabia Saudita. Igualmente, 'israelita' tendría que ser sinónimo de 'hebreo', mientras que un 'israelí' sería un ciudadano de Israel.

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Sunday, August 19, 2018

Elegir

Que yo sepa, 'elegir' significa que mucha gente vota para que una persona ocupe (o no) un cargo representativo. Una sola persona no puede 'elegir' un pantalón en una tienda de ropa. Puede seleccionarlo, o escogerlo. Esta confusión, que naturalmente podemos ignorar si recurrimos al socorrido contexto, parece sorprendente en un país que hace ya dos generaciones que vive en democracia.

Lo malo es que la causa más probable de esta confusión, que podríamos alegar como atenuante, revela otra deficiencia flagrante del español: los prejuicios -o la desidia- frente a las reglas de la morfología. En efecto, resulta que 'escoger' es un verbo sin sustantivo y, como sucede demasiado a menudo en español, en lugar de aplicar las reglas de la morfología el hablante prefiere emprender una excursión por los cerros de Ubeda y echar mano de un sinónimo.

Entonces, si uno quisiera expresarse correctamente, ¿qué debería decir, por ejemplo, en lugar de "no tengo elección"? En Colombia se usa, a nivel popular, la palabra "escogencia", pero en España y otros países está mal vista. ¿Y la acción de escoger? Pues se asombrará usted, pero 'encogimiento' está bien vista, mientras que 'escogimiento' no lo está.  

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Discutir

La confusión entre 'discutir' y 'disputar' es tan significativa como la que hay entre 'escuchar' y 'oír'. En el DRAE figura todavía 'discutir' con el significado principal de 'analizar', pero en el uso corriente esa palabra es sinónimo de 'llevarse la contraria'. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que cuando se discute en español, efectivamente, todas las posiciones están férreamente determinadas de antemano y nadie está jamás dispuesto a dar su brazo a torcer.

Faltaría más.

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Investigar

En el siglo XVI, maese Diego de Ortiz, maestro toledano de la viola de gamba, escribió unos bellísimos ejercicios para ese instrumento que él llamó "Recercadas del Tratado de glosas". En aquellos tiempos "recercar" era sinónimo de buscar, explorar. Hacía falta quizá una sociedad acomodaticia y retrógrada para olvidar por falta de uso el significado de esa palabra de origen latino, que sin embargo han seguido usando hasta el día de hoy los hablantes de italiano (ricercare), inglés (research), francés (recherche) e incluso rumano (cercetare).

Irónicamente, la palabra figura hoy en el DRAE sólo con el significado de 'instalar una cerca'. Lo que habría debido ser inquietud, afán de exploración o sed de conocimiento evoca, por el contrario, un concepto defensivo. ¿Frente a la irrupción del pensamiento científico?, cabe preguntarse.

Cuando -presumiblemente siglos después de Diego de Ortiz- alguien necesitó por fin usar su cerebro con fines científicos, en lugar de sentar cátedra o de poner verde al prójimo, no quiso o no supo rescatar la antigua 'recerca'. Al fin y al cabo, ya se sabe que lo importante es el contexto, y en el contexto apropiado con 'investigar' bastaba y sobraba. Así, en un contexto policial un policía 'investigaria' un caso, mientras que en un contexto científico un biólogo 'investigaría' el comportamiento de una célula. En un mundo estático en el que nadie osa jamás romper la rutina, la idea de que a un científico se le ocurra investigar un delito, o a un policía investigar una reacción química, es descabellada. Y la lengua lo refleja.

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Sunday, August 12, 2018

Motivo, razón, causa

Un motivo es un impulso que nos mueve a obrar de determinada manera. Es, por tanto, enteramente subjetivo, y se inscribe en mayor o menor medida en la esfera de las emociones ("tiene motivos para enfadarse"). Una razón, en cambio, se sustenta siempre en una argumentación objetiva ("tiene razones para recetar ese medicamento"). Y una causa es una circunstancia independiente de quiénes la protagonicen ("ésas fueron las causas del incendio").

A veces, una razón aparente puede encubrir un motivo, que sería por consiguiente la verdadera causa, por lo que se trata de tres significados distintos que sería necesario diferenciar. Ejemplos:

Se convirtió al catolicismo porque deseaba pertenecer a esa iglesia (motivo)
Se convirtió al catolicismo para no llamar la atención (razón)
Se convirtió al catolicismo porque lo obligaron (causa)

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Hipótesis

Estrictamente hablando, una hipótesis es una idea que tal vez permitiría explicar determinado fenómeno. Una hipótesis está siempre en el aire mientras no sea confirmada, en tanto que un supuesto es algo de lo que uno no está seguro, pero que considera válido. Cuando uno invoca una idea basándose únicamente en intuiciones, indicios o sospechas, habría que hablar más bien de conjeturas o especulaciones.

Tratemos de encontrar un ejemplo. 'El sol gira alrededor de la tierra' es una hipótesis que los científicos han demostrado falsa. Pero uno puede tener razones para creer que es cierta, en cuyo caso se trataría de un supuesto. En cambio, si uno simplemente tiene la corazonada de que el sol gira alrededor de la tierra, entonces su afirmación no pasará de ser una conjetura.

Como nota curiosa, se ha generalizado el uso del verbo 'barajar' en el sentido de 'contemplar cierto número de hipótesis'. Como metáfora no parece muy brillante, ya que, hablando de naipes, la finalidad de barajar es introducir el azar, concepto bastante alejado del terreno de las hipótesis. Pero lo que ya no tiene ni pies ni cabeza es barajar una hipótesis. Me recuerda a la anécdota aquella del policía antidisturbios que durante una manifestación ilegal, allá por los años 70, abordó amenazadoramente a un compañero de mi clase y le dijo: "¡Disuélvase!"

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Lógico

La lógica es un conjunto de reglas rigurosamente definidas que permiten formalizar una argumentación. En la vida cotidiana, la lógica tiene también cabida a veces, por ejemplo cuando decimos:

Es lógico que Juan no diga nada: es mudo

Sin embargo, a menudo el adjetivo 'lógico' se usa como sinónimo de 'natural', 'comprensible', 'previsible' o 'evidente', por ejemplo en:

Es lógico que Juan esté preocupado

Implícitamente, lo que queremos decir aquí es que, dada la situación de Juan, cualquier persona en su lugar estaría preocupada, y Juan es nada más que un caso particular de una afirmación general.

Sin embargo, algunos hablantes que quieren parecer más cultos de lo que son han adoptado el adverbio 'lógicamente' como una coletilla que les vale casi para todo. Para ellos, viene a significar algo así como "claro, ..." o "desde luego, ...". Por ejemplo:

Lógicamente, me gusta esa canción
Lógicamente, puedes venir a casa cuando quieras

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Contundente

Una palabra que se usa mucho desde hace algún tiempo es 'contundencia'. Oímos hablar de afirmaciones, razones, pruebas o argumentos 'contundentes', sospechando que lo que el hablante quiere decir es categóricos, rotundos, taxativos, concluyentes o terminantes. Si los políticos y periodistas que han puesto de moda la contundencia tuvieran hacia la morfología un respeto que nunca han tenido, tendrían presente que contundente es aquello que produce contusión, y tratarían de encontrar un adjetivo menos metafórico.

(Alternativamente, reconocerían su oceánica ignorancia, se comprarían su primer libro y adoptarían la exótica costumbre de leer).

Pero el problema no es sólo el ocaso de la cultura escrita. El problema es la incoherencia intrínseca de un lenguaje cuya semántica es contextual. Hay una relación inversa entre la amplitud del contexto y el valor metafórico de las palabras. Cuanto más reducido es el contexto (es decir, la tribu de hablantes), más ambivalentes son las palabras que usamos. Sólo así podemos entender la existencia de expresiones como 'buen rollo' o 'buena onda', que para un mafioso significan exactamente lo contrario que para su víctima.

La morfología en español no importa mucho. Es sólo un pretexto. Lo contrario de insignificante no es significante, sino 'significativo'. Lo contrario de indeleble no es deleble, sino borrable. Inmutarse es lo mismo que alterarse, pero inmutable es lo contrario de alterable. Y así sucesivamente. La morfología no refleja la estructura de los conceptos cuando los grupos cerrados de hablantes tienden a adoptar la estructura de conceptos del contexto que comparten, y cuando históricamente no han sentido necesidad de comunicarse con otros hablantes externos a la tribu. Si tu vida social y la de tus antepasados se ha desarrollado siempre en torno al polo norte, ¿qué necesidad hay de usar dos palabras para referirse al polo norte, dejando abierta la posibilidad de hablar del polo sur? ¿No bastaría con llamarlo 'el polo'?

Las implicaciones de esta realidad van mucho más allá del simple lenguaje y explican, por ejemplo, la dificultad de implantar un sistema democrático único en las sociedades multitribales, y la curiosa circunstancia de que el laberinto aparente de la política española sólo es posible entenderlo en términos de tribus.

Pero volvamos a la contundencia. Unos párrafos más atrás he mencionado varios sinónimos del adjetivo 'contundente': categórico, rotundo, taxativo, concluyente, terminante. De estos cinco adjetivos, sólo uno tiene un sustantivo conocido: rotundidad. Por desgracia, para conocer este sustantivo hay que haber leído por lo menos diez o quince libros en la vida, hazaña que está fuera del alcance de la mayoría de los periodistas y escritores hispanohablantes actuales. Por lo demás, nadie ha oído nunca hablar de categoricidad, taxatividad, concluyencia o terminancia, y no digamos ya de tajancia, convincencia, aplastancia o decisividad.

Nunca lo sabremos, pero es posible que si el sustantivo 'concluyencia' estuviera en uso nadie habría tenido necesidad de recurrir a la contundencia. Por cierto, con la definición de 'contundente' la RAE vuelve a patinar -por enésima vez- en su lamentable diccionario. Señores académicos, ¿podrían ustedes aportar algún ejemplo de que lo contundente "produce una gran impresión en el ánimo, convenciéndolo"? Sería una gran noticia. Entre tanto, me limitaré a transmitirles mi deseo “contundente” de que disuelvan cuanto antes esa antediluviana institución.

¿Institución? Perdón. Quería decir 'tribu'.

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Thursday, July 12, 2018

Hubiera / habría

No sabria decir desde cuándo están sustituyendo los hablantes, al menos en España, las formas verbales del tipo "habría hecho X" por "hubiera hecho X", quizá por influencia de expresiones tales como "¡quién hubiera podido!" Esta sustitución elimina la diferencia entre el subjuntivo y el condicional, pero sólo en las formas compuestas. Actualmente, parecen aceptable decir, por ejemplo, "Si hubiera tenido hambre, hubiera comido", pero no "Tengo tanta hambre que me comiera un bocadillo de jamón". En fin, el habitual galimatías del español coloquial.

Ejemplos:  ¿Qué viaje te hubiera gustado hacer? (¿Qué viaje te habría gustado hacer?) Lo hubiera hecho de todos modos (Lo habría hecho de todos modos)

Leyendo algunos comentarios en Internet averiguo que la RAE, que últimamente juega a hacer un diccionario de uso, no de autoridad, admite el subjuntivo en lugar del condicional. Pero una cosa es el uso y otra la coherencia del idioma.

Consideremos la frase "Si hubiera tenido hambre, hubiera comido", y sustituyamos las formas compuestas por las simples: En “Si tuviera hambre, comiera”, no parece que las formas verbales estén bien escogidas. En concreto, la forma “comiera” parece estar pidiendo a gritos un condicional: “Si comiera...” De modo que, por coherencia, habría que defender la construcción subjuntivo-condicional como la forma canónica. Una cosa es recoger un uso, y otra muy distinta es defender la coherencia. La RAE no se aclara. Ha metido mil veces la pata censurando neologismos que no tenían equivalente, y ahora se pasa al otro extremo y mete la pata “aceptando” un uso a todas luces incoherente.

Curiosamente, en las provincias vascas y norte de Castilla sucede el fenómeno contrario: se usa sistemáticamente la forma 'habría' en lugar de 'hubiera'.

Ejemplo:  Si tendría patatas cocinaría una tortilla

Una dificultad más para los desaprensivos que se embarcan en el aprendizaje de la laberíntica lengua española.

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Wednesday, July 11, 2018

¿Prueba o evidencia?

Quizá por influencia de la expresión 'poner en evidencia', en el sentido de desenmascarar o abochornar, la palabra 'evidencia' es contemplada con cierto recelo por los hablantes, que generalmente prefieren decir 'prueba'. Sin embargo, hay una diferencia cualitativa entre ambos conceptos. 'Evidente' es lo que hemos comprobado. Si hemos comprobado que la aspirina calma el dolor, entonces diremos que tenemos 'evidencia' de las propiedades calmantes de la aspirina. Cuando esas propiedades no son evidentes es precisamente cuando tendemos que 'probar' su existencia.

'Probar' es, además, un concepto en el que se cruzan significados muy diferentes. Uno de ellos es 'catar' o 'degustar', y otro es el adjetivo 'probable', que no tiene ninguna relación con ninguno de los otros dos. A veces, para salir del paso, tenemos que recurrir al verbo 'demostrar', que a su vez es ambiguo. En efecto, no es lo mismo demostrar -es decir, evidenciar- sensatez que demostrar el teorema de Pitágoras. Apoyándonos en las muletas del contexto, solemos hacernos comprender, pero si queremos expresarnos en una lengua menos contextualizada, ¿qué palabra escogeremos en una situación dada? ¿Prueba, evidencia, demostración, comprobación? Si no tenemos en mente el significado absoluto de lo que queremos decir, tenemos bastantes probabilidades de no acertar. Y cada vez que cambiemos de contexto, nos preguntaremos por qué nuestro interlocutor no ha cambiado de palabra.

Descontextualizar nuestro sistema de conceptos es un proceso lento y dificultoso. Por eso no son de extrañar las dificultades con que nos encontramos cuando nos proponemos hablar inglés. Quizá esto explique el gran porcentaje de españoles que se proponen aprender inglés para, poco tiempo después, tirar la toalla.

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Una serie de conceptos

Por definición, una serie es un conjunto ordenado de personas, de cosas o de ideas. Sin embargo, la plantilla mental 'una serie de' es desde hace tiempo una expresión muy usada en español para indicar 'cierto número de'. Lo cual quiere decir que, al hacer uso de ella, nos desentendemos de la noción de orden. Pero hay conceptos que pueden estar ordenados o desordenados, y empaquetándolos en una serie no tenemos forma de discernir en qué estado se encuentran. Si decimos, por ejemplo, “tengo una serie de preguntas”, no necesariamente queremos decir que van una a continuación de otra. Y esa información puede tener interés, porque podría aclarar a nuestro interlocutor si lo que tengo en mente es una entrevista o unas cuantas preguntas seleccionadas siguiendo otro criterio. Algo parecido sucede si hablamos de 'una serie de estaciones'. ¿Estamos hablando de una línea de tren, o de las estaciones que, a nuestro entender, necesitan -por ejemplo- reformas?

Si estuviéramos acostumbrados a expresar el signifcado absoluto de los conceptos -es decir, con independencia de su contexto-, nos importaría distinguir. Pero generalmente no nos importa, porque sabemos que detrás de nuestras conversaciones hay un contexto, y esperamos que nuestro interlocutor interprete nuestras palabras sobre ese trasfondo. La presencia del contexto nos facilita mucho las cosas, porque las relaciones entre sus componentes son generalmente mucho más simples, lo cual tiene dos consecuencias indeseables: (1) nos acostumbra a pensar en términos más superficiales, y (2) dificulta nuestro aprendizaje de lenguas menos dependientes del contexto.

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Monday, July 2, 2018

Un programa de habilitación

Sé que mi propuesta caerá en saco roto. La lengua española, igual que sus hablantes, tiende sempiternamente al localismo. A falta de una visión anchurosa que la eleve sobre los cerros del chismorreo, la familia y la pandilla, probablemente nunca llegue a levantar el vuelo. No es un problema lingüístico, sino de mentalidad. Lo que yo veo evidente es que, si no hacemos nada, el futuro es sombrío. A largo plazo, el localismo mental sólo puede conducir a la lenta extinción del español como lengua de pensamiento, relegada a los últimos reductos de las alcobas, los chismorreos, las cárceles o las telenovelas.

Lo que yo querría proponer aquí es un gran programa de habilitación de la lengua española. No de rehabilitación, porque ni siquiera en los tiempos del Imperio tuvo nuestra lengua vocación de universalidad. La aversión al pensamiento científico ha sido siempre un obstáculo insalvable. El programa que yo propongo constaría de varios elementos, de los cuales cinco serían fundamentales:

1 - Habilitación de la morfología. No dejemos que indeleble, expectante, o escrutinio sean palabras sin verbo. Permitamos que membresía designe la condición de miembro. Diferenciemos entre el tiempo cronológico y el meteorológico, y construyamos adjetivos para este último y para todos sus componentes.

2 - Recolocación de las palabras en funcion de sus significados. Usemos oír cuando queremos decir oír, y escuchar cuando queremos decir escuchar. Dejemos que lactancia sea la propiedad de lactar, y usemos lactación cuando hablemos del acto de lactar. Y restauremos la coherencia de los significados. Si 'aislamiento' es el estado de quien está aislado, ¿por qué 'salvedad' no es el estado de quien está a salvo?

3 – Revisión sistemática de las preposiciones y de sus funciones, eliminando, en caso necesario, las que son innecesarias o inducen a confusión. Una población cuenta 25.000 habitantes, aunque no siempre cuente con ellos. Muchas personas cumplen su palabra, pero no siempre cumplen con sus amigos.

4 – Atrevámonos a nombrar lo que no tiene nombre, particularmente si otras lenguas tienen palabras que llenan ese hueco. Dejemos que preempción, kit, partenaire, testar, ralentizar o monitorizar salgan de sus ghettos y desempeñen una función necesaria, independientemente del contexto. No temamos rescatar viejos términos latinos, o palabras de otras lenguas. ¿Por qué apretar tornillos con los dedos cuando podemos importar destornilladores? Recordemos la aspiración ideal: una palabra para cada concepto. No dejemos que las ambigüedades se resuelvan en función del contexto.

5 – Hagamos prevalecer la capacidad expresiva (objetiva) sobre los criterios estéticos (subjetivos). Un perro mordió a Juan es algo que hizo un perro, mientras que Juan fue mordido por un perro es algo que le sucedió a Juan. Una idea bien expresada puede ser tan bella como una expresión evocadora o poética.

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Más sobre la polución

Hubo un tiempo en que la mayoría de los hablantes usaban, o por lo menos conocían, la palabra 'polución'. El término empezó a estar en uso cuando las ciudades del mundo industrializado empezaron a acumular cantidades conspicuas de humos, sobre todo de la industria y de los automóviles. Quién podía imaginar por aquel entonces que, con el paso del tiempo, la guerra contra la polución se convertiría uno de los pilares de una nueva religión que hoy amenaza asfixiarnos.

En los años 60, cuando los automóviles empezaron a adueñarse de nuestras calles, la polución era simplemente el precio que teníamos que pagar para que nuestras ciudades se parecieran a Londres, París o Nueva York. Se hablaba de sus efectos en personas con afecciones respiratorias y de sus posibles consecuencias a largo plazo, aunque no se sabía de nadie que hubiese muerto 'de polución'. Pese a todo, tengo la impresión de que, por aquellos años, pocos habrían renunciado al automóvil a cambio de un aire más puro en sus  pulmones.

La polución no duró mucho en los periódicos. Recuerdo que, cierto día, un celoso lector de un diario dio la voz de alarma: ¡aquella palabra era un anglicismo! En las redacciones de todos los periódicos sonaron las trompetas. Zafarrancho de combate. Y el viejo reflejo nacional del 'No pasarán' unió los corazones del periodismo nacional.

El problema, en realidad, era doble. Por una parte, la pérfida Albión y el imperialista tío Sam amenazaban invadirnos con sus abominables costumbres extranjeras. Muchos se preguntaban, alarmados: ¿acabarán las plazas de toros convertidas en hamburgueserías? Desde luego, era una posibilidad que no había que descartar. Pero no se engañen ustedes: lo que realmente molestaba a aquel celoso lector eran las connotaciones sexuales.

De hecho, hasta que el vocablo empezó a aparecer en las columnas de los periódicos, las poluciones en español eran únicamente nocturnas. La polución diurna se llamaba simplemente 'eyaculación', y era -dentro de lo que cabe- voluntaria. La libertad sexual no había relegado todavía la polución nocturna al baúl de los recuerdos, y los seminaristas no eran, presumiblemente, los únicos en experimentarla. Pero, ¿por qué diferenciar entre esas dos formas de eyaculación hasta el punto de cambiarle el nombre a una de ellas?

Probablemente porque la polución nocturna, por deplorable que fuese, no era pecado. Uno tenía un intenso sueño erótico, experimentaba ese delicioso estremecimiento que sólo en las entrañas de una santa esposa le estaba permitido experimentar, y a la mañana siguiente las sábanas aparecían manchadas. En otras palabras, polutas.  O, si los intransigentes no me aceptan la palabra, lo contrario de impolutas. Sin embargo, si uno se toma un vaso de leche al meterse en la cama y se le derraman unas gotas, no estamos ante un caso de polución nocturna. ¿Por qué?  Porque la mancha que ha aparecerido no es de origen sexual. Cuando hay de por medio connotaciones morales, 'polución' es un eufemismo que hace referencia al efecto para no nombrar la causa.

De modo que tendremos que interpretar que poluir de noche es pecado, mientras que poluir de día, depende. La vida cotidiana está llena de situaciones contextuales, pero sería realmente deseable que el pan siempre fuera pan, y el vino, vino.  Sin embargo, no parece que este tipo de razonamientos pesase mucho en el ánimo de aquellos periodistas españoles de los años 70. Mientras el tren Talgo incorporaba un complejo mecanismo de ingeniería para adaptarse a la anchura de las vías francesas, en las redacciones de los periódicos le declaraban la guerra a la extranjera polución... y la sustituían por otra palabra mucho más “correcta”: contaminación.

Cuando uno está acostumbrado a hablar sin salirse de un contexto, la nueva palabra es perfectamente aceptable. Al fin y al cabo, estamos hablando de nuestros tubos de escape y de las chimeneas de nuestras fábricas. ¿Qué otra cosa podemos querer decir cuando decimos 'contaminación'?

La ventaja principal de referir nuestra conversación a un contexto es que no hay que esforzarse mucho por escoger la palabra adecuada. Cuanto más reducido sea nuestro contexto, más palabras nos servirán como metáforas. Y, si ese día no estamos muy brillantes y no conseguimos llegar a la punta de la lengua, siempre podremos salir del paso apostillando: "... por decirlo de alguna manera". Siempre que nuestros interlocutores estén “en el ajo”, cualquiera nos entenderá cuando decimos que nuestro automóvil "es una bala" -sobre todo si uno "le arrea"-. Y, si el pobre está ya "hecho polvo", nadie nos negará que el modelo que nos gustaría comprar está "por las nubes". Entre tanto, uno tendrá que resignarse a que esa vieja "cafetera" siga... "contaminando" (por decirlo de alguna manera).

Pero todavía no hemos tratado de aclarar qué diferencia hay entre polución y contaminación. Hasta que empezó todo este lío, la contaminación era algo que podía suceder, por ejemplo, en un quirófano o en un laboratorio. Si nuestro bisturí estaba contaminado, el paciente podía resultar infectado, y si las muestras que estábamos analizando estaban contaminadas, nuestros resultados no serían válidos. Es decir, la contaminación implicaba un cambio cualitativo: una vez contaminados, el estado del paciente y el resultado de los análisis se convertían en algo diferente. En una central nuclear el aire puede estar más o menos poluido pero, si se detecta una fuga radiactiva, evacúen inmediatamente las instalaciones.

El diccionario Webster considera 'pollution' y 'contamination' como sinónimas hasta cierto punto, aunque establece una diferencia importante:

"Contaminate - To soil, stain, corrupt, or infect by contact or association (bacteria contaminated the wound); to make inferior or impure by admixture (iron contaminated with phosphorus); to make unfit for use by the introduction of unwholesome or undesirable elements."

"Pollute, sometimes interchangeable with contaminate, distinctively may imply that the process which begins with contamination is complete and that what was pure or clean has been made foul, poisoned, or filthy (the polluted waters of the river)"

Sin embargo, esta última explicación no se corresponde con la realidad. Nadie espera que el agua de un río sea químicamente pura. Los ríos, como la atmósfera, contienen normalmente un cierto grado de polución aceptable, lo cual no quiere decir que estén 'contaminados'. A la contaminación se llega cuando esa polución se sigue acumulando hasta el punto de hacerlos nocivos. Hace algunos años, The Economist dedicaba un largo dossier a los lagos escandinavos. Según el autor, aquellos lagos habían estado recibiendo durante años vertidos fluviales que los habían poluido. Pero la polución había aumentado hasta tal punto que, en algunos lagos, la vida fluvial había desaparecido. El aumento de polución había alcanzado un umbral cualitativo: el agua de aquellos lagos no era ya apta para los seres vivos. Aquellos lagos -concluía, por consiguiente, The Economist- estaban contaminados.

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Quita, quita

Mi amigo imaginario Helmut Grundig me preguntó el otro día (desde Alemania):

“¿Cómo demonios expresa uno en español la acción de quitar? Irritar, excitar o invitar tienen un sustantivo. ¿Por qué quitar no lo tiene?”

La pregunta me hizo pensar. Es curioso que a todo el mundo le suene mal 'quitación', pero no 'equitación'. Siguiendo la pauta de citar, recitar, gritar o pitar, bien podrían haber escogido quita, quital, quito o quitido, pero de todas ellas sólo 'quita' está en uso, y únicamente en el mundo financiero. Es cierto, en tauromaquia se usa 'quite', pero en la vida cotidiana esa palabra a todos les suena 'a toros'.

Helmut tiene razón. Pero la situación es mucho peor todavía: hay verbos tan imprescindibles como sacar, poner, llevar o traer que tampoco tienen sustantivo. De contraer viene contracción, y de componer, composición, pero cuando Manolo trae un huevo y lo pone encima de la mesa a nadie se le ocurre decir que Manolo acaba de hacer una tracción y una posición (y mucho menos una puesta... a menos que Manolo sea una gallina). De llevación, ni hablemos. Y cualquiera de nosotros puede hacer todos los saques que quiera con un balón, pero nunca un saque de macarrones de la despensa.

Los traductores, desde luego, saben esto desde hace siglos... y escurren el bulto vergonzantemente. ¡Pero es que hay sinónimos!, exclamarán los más conservadores. Yo no lo creo. Quitar a la suegra del sofá no es lo mismo que eliminarla. El polvo normalmente se quita, no se extrae. Y los pies tampoco es necesario suprimirlos; basta con quitarlos de encima de la mesa. Así que les haré a ustedes una propuesta: sacudámonos la holgazanería mental, y démosle a la lengua lo que es de la lengua.

En otras palabras: gimnasia para nuestras neuronas, y... quitación (o, si ustedes lo prefieren, quite, quito, quita, quital o quitido) de todos estos prejuicios.

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Una experiencia surrealista

No sé cómo queda aún gente que estudia español.

Mi amigo imaginario Helmut Grundig, que se había instalado en España para aprender español, telefoneó el otro día a un hotel. Quería averiguar si quedaban suficientes habitaciones libres. Sospechando que el hotel estaría probablemente muy habitado, decidió preguntar por el porcentaje de habitación del hotel.

"Seguramente quiere usted decir el porcentaje de ocupación", corrigió amablemente el conserje. "Aquí estamos completos, señor, pero le pongo ahora mismo con la Oficina de Turismo."

Al poco rato, oyó al teléfono una voz femenina. Mi amigo había tenido muy en cuenta las explicaciones del conserje, de modo que empezó diciendo:

“Buenos días. Estoy llamando en relación con una consulta ocupacional...”

"Querrá usted decir de alojamiento”, aclaró la empleada. “Una consulta ocupacional es una consulta laboral".

Mi amigo abrió los ojos, sorprendido.

"¿Cuántas habitaciones necesita?" -prosiguió su interlocutora.

"Dos", respondió Helmut. “La otra es para un primo mío, pero la pagaré yo. Mi primo está... desocupado”.

“¿Desocupado? Querrá usted decir parado", puntualizó la funcionaria.

Helmut empezaba a ponerse nervioso. Apenas unos minutos después, su interlocutora le anunció que le había encontrado dos habitaciones en un hotel.

"Justo al lado del hotel tiene usted una parada de autobús", añadió. "Sin embargo, hoy tendrá que parar un taxi. Los conductores de autobús están en paro."

"¿Detenidos?", exclamó Helmut, que no entendía por qué razón los conductores se habían quedado quietos.

"No, no”, dijo la mujer. “Detenidos es arrestados"

"Entonces, ¿desocupados?"

"No, señor, tampoco. Cuando digo 'en paro' quiero decir que están en huelga... "

Era la gota que colmaba el vaso. Mi amigo Helmut Grundig se metió inmediatamente en un taxi, se dirigió al aeropuerto y se subió al primer avión de regreso a su país. El español, que lo estudie Rita.

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A la carrera

En mi buscador lo he averiguado. Lo han hecho arrendadores y arrendatarios, alumnos, viajeros, novios, damas de la caridad, revistas, países, pilotos, concejales, policías, familias japonesas, y hasta el general Pinochet. No, no es lo que usted está pensando. Lo que todos ellos tienen en común es, simplemente, su afición a correr. Y es que todos ellos han corrido, corren, o posiblemente correrán alguna vez en su vida... con los gastos. 

¿Qué prisa tienen? ¿Por qué nadie corre nunca con los ingresos, o con los ahorros, que sería mucho más sensato?

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Sunday, July 1, 2018

De lengua a lengua

Los socorristas no lo han conseguido todavía, porque no pueden hacer dos cosas a la vez. Pero el resto de la gente lo practica ya desde hace tiempo. Con la relajación de las costumbres, era inevitable. Hasta hace unos años, las noticias se limitaban a correr de boca en boca. Pero, hoy en día, todo escrúpulo se ha perdido, y las noticias se transmiten ya directamente 'boca a boca'. Los tiempos cambian...  

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Gajes sociables

Créanlo ustedes o no. Las personas hace años que tenemos nuestros derechos humanos, pero en el diccionario quedan todavía palabras oprimidas por la esclavitud. Fíjense, por ejemplo, en la palabra 'gaje'. ¿Alguien conoce un gaje que no sea del oficio? Es más, ¿alguien ha visto alguna vez un gaje solo, sin nadie que lo acompañe? Pues no. Los gajes van siempre juntos a todas partes. De la mano del oficio. Además, los gajes aparecen siempre al final de la conversación, los pobres. ¿Queréis terminar una conversación aburrida, y no sabéis cómo? Nada más fácil. Levantáis una ceja, miráis al suelo con aire resignado, y suspiráis: "Qué le vamos a hacer, chico. Son gajes del oficio". Y ya tenéis vía libre para iros al cine con Purita.

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Cruces de neurona

Que alguien me responda a esta pregunta: ¿cuál es el plural de 'casa de huéspedes'?

Correcto. Pero no cante usted victoria antes de tiempo. Ahora conteste: ¿cuál es el plural de 'caja de ahorros?

Pues no. El plural de 'caja de ahorros'? es 'cajas de ahorro'.

¡Sorpresa!

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Derechos fofos

Hasta hace poco tiempo yo creía que los derechos se ejercían, mientras que los biceps se ejercitaban. Ahora ya no estoy tan seguro. Repita usted los dos verbos muchas veces en voz alta y verá cómo usted también se lía.

La cosa parece preocupante. ¿Tan débiles están los derechos que hace falta ejercitarlos?

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La culpa

Aunque no siempre somos conscientes de ello, la religión ha dejado huellas entre nosotros. Un ejemplo difícil de refutar es la expresión "por culpa de". Que yo sepa, la culpabilidad es un concepto judicial o moral. En los dos casos, implica expiación. ¿Realmente creemos que alguien ha hecho algo malo cuando usamos esa expresión? ¿Esperamos que sea castigado o se arrepienta de algún pecado? No quiero ni pensarlo. A juzgar por la frecuencia con que la oímos, viviríamos en un juicio permanente.

Para aclarar ideas, acudo a mi buscador. Podría entender (hasta cierto punto) a aquel cura de Oviedo cuando declara: "Yo entré en contacto con la parroquia por culpa de unas clases de guitarra". Podemos suponer que la guitarra era inocente, de modo que, tratándose de un cura, podría ser un caso de deformación profesional.

Pero ¿qué debo pensar de frases como "Los periodistas italianos, en huelga por culpa de Internet", “No se entrena por culpa de su tobillo”, o "Se arresta a dos británicos por culpa de un virus"? ¿Hasta qué punto es culpable una cáscara de plátano de que yo me dé un batacazo? ¿Habrá que castigar también al tomate, que está tranquilo en su mata?

Pues que alguien me diga cómo.

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Saturday, June 30, 2018

Onomatopeyas

Me gustan las onomatopeyas. Supongo que es una reminiscencia de la época en que me alimentaba de tebeos (hoy comics). Incluidas aquí y allá en los mensajes de las redes sociales, a menudo las encuentro más expresivas y simpáticas que los aburridos iconos prefabricados.

Detesto el 'ja ja ja' y todas sus variantes, más que por groseras, por faltas de imaginación. Pero me gustan, en cambio, 'glub' (tierra, trágame), 'fiuuuu' (qué barbaridad), 'bumm' (te adoro), 'gñññ' (¡eso es absurdo!), 'guau' (admiración), 'miau' (mímame), 'grrr' (qué desagradable), 'roaaarrrr' (estoy enfadadísimo), 'arf' (cansancio), o 'glglglgl' (me desmayo de la impresión). De esta última, una variante muy visual que me gusta particularmente es:

glglglgl
ñaoooooo
cloc
ay

El tema ha despertado mi curiosidad, de modo que, rebuscando por la Web, he encontrado esta lista de onomatopeyas divertidas que vienen de Japón:

zaku zaku (ruido de joyas o monedas)
gaku gaku (vaivén de algo que se ha aflojado, por ejemplo un diente)
gun gun (una planta o un edificio creciendo muy rápidamente)
biri biri (sensación de calambre)
hira hira (caída de pedazos de papel, de un pañuelo de seda, o de pétalos)
gatsu gatsu (comer con glotonería)
gabu gabu (beber con ansia)
chibi chibi (beber a sorbitos)
uja uja (conjunto de muchas cosas pequeñas en movimiento)

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Listados petrolíferos y otras hierbas

En pocos años, las listas han desaparecido de España. ¿Engullidas por algún agujero negro intragaláctico? ¿Reemplazadas por las tablets? Pues no, señor: sustituidas por sus parientes listos, los 'listados'. Y qué son los listados, me dirán ustedes. A ver cómo se lo explico. Los listados son como si dijéramos unas listas, que tienen forma de lista y todo, e incluso a primera vista son indistinguibles de una lista. ¿Que cómo se confeccionan? Pues muy sencillo: listándolos.  Siempre que se pueda, se recomienda hacer listados, en lugar de listas. Queda mucho más fino.

Una charla soporífera produce sopor, una comida salutífera es fuente de salud, y un yacimiento aurífero es un lugar del que se extrae oro. Pero, ¿cómo pueden una compañía, un barco o un contrato ser petrolíferos?  En todo caso, serán petroleros, digo yo.

El otro día, una locutora de televisión pronunció en la pantalla una frase tremenda: "...es probable que pueda ser posible..." ¿Encierra algún significado oculto este galimatías?  Que conste: yo escribo este blog para que lo lean ustedes, no para que lo puedan leer. Para que puedan leerlo, lo mejor será que se pongan unas gafas.

Otra expresión que se oye mucho: "Vuelvo a repetir..." Hace ya mucho tiempo que nadie repite nada por primera vez. Pero, demonios, si uno vuelve a repetir una cosa es porque ya la ha repetido antes, ¿no? La mayoría de las veces, supongo yo, con 'repetir' sería suficiente...  Pues no hay manera.

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Verbos raritos

El idioma español tiene su pequeño cotolengo de verbos contrahechos.  Uno de ellos es 'abolir'.  Imaginemos que en el país X se suprimió ayer la pena de muerte. A nadie le sonará raro oír que 'el país X abolió ayer la pena de muerte'. Sin embargo, por alguna razón, nadie se atreve jamás a decir 'el país X abole hoy la pena de muerte'. O sea, que, si alguna vez sucede, nos enteraremos al día siguiente...

El verbo más defectivo de todos lo vi escrito hace tiempo en la puerta de un bar de copas. Sólo tiene una conjugación: segunda persona del imperativo singular, y ni siquiera se le conoce infinitivo: 'karaókese'.

Otro verbo incongruente es 'ensimismarse'. Decimos de alguien que está ensimismado cuando está como metido en sí mismo. Lo lógico entonces, digo yo, sería conjugarlo así:  Yo me enmimismo, tú te entimismas, él se ensimisma...  El plural, se lo dejo a ustedes como ejercicio.

¿Y qué me dicen de 'llevar a cabo'? A primera vista, cualquiera diría que llevar una cosa a cabo es hacer esa cosa hasta el final. Pues no. Todo el mundo usa 'llevar a cabo' como sinónimo elegante de 'hacer'. Ya se sabe, la mona a veces se viste de seda. Si será absurdo ese verbo, oiga, que un preso puede llevar a cabo un intento de fuga sin salir de la prisión...

¿No se han inmutado ustedes ante este desfile de verbos minusválidos? Pues, si no se han inmutado, es porque han permanecido inmutables.

¿O ininmutables?

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Thursday, June 28, 2018

El tiempo

¿Qué pasa con la climatología? Pues nada, que yo sepa. La climatología, de momento, goza de buena salud.

El problema es que, últimamente, en cuanto llueve o sube un poco la temperatura, ya le están echando la culpa a la climatología.

Más de uno piensa que 'tiempo' es una palabra demasiado vulgar. Se comprende. Al fin y al  cabo, quien más quien menos tiene hoy en día lavavajillas y un chalet en la playa... En una ocasión, en la radio, incluso oí a un locutor que anunciaba que 'mañana, el cielo no dispondrá de nubes'.

Algunos no se atreven a tanto, y opinan tímidamente que 'la meteorología deslució el tercer set'. Pues no, señores, la meteorología tampoco desluce nada, la pobre. Si acaso, el tiempo...

Pero, si queréis mi opinión, la verdadera causa de este galimatías es otra:

A saber: ¿cómo diferenciamos el tiempo. . . del tiempo?

La Real Academia Española (de la Lengua), una divertida colección de momias en salmuera, tampoco tiene la solución. Después de varios siglos de trapichear sillones, ni siquiera han encontrado todavía un adjetivo para el pobre tiempo, que, a falta de otra cosa, se tiene que disfrazar de meteorología todos los días para salir por la tele.

Es curioso. Estando el tiempo tan a menudo en boca de todos, ni el hombre de la calle ni el sesudo académico especializado tienen adjetivos para una larga lista de sustantivos que usan a diario. Se habla, por ejemplo, de actividad ciclónica, nubosa, tormentosa o eólica, pero nunca maréica, ólica, auroral, tiémpica, medianocturna, ráyica, nevosa o truenosa. ¿Qué adjetivos tenemos para los chubascos, o el granizo? ¿Existe alguna churrería albal? ¿Un boletín de noticias minutario? ¿Espectáculos mediodiurnos?

Y lo peor de todo: ‘rociero’ es el único adjetivo conocido de ‘rocío’.

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Terminología de computadoras

[Carta enviada allá por los años 90 a un articulista español, a raíz de un artículo suyo sobre los neologismos en informática:]

Querido amigo:

Una de las causas del retraso español en materia de nuevas tecnologías es, como usted dice, un terrible muro. Pero no el que usted enjuicia en su artículo, sino otro muy extendido en el mundo de habla española: el de hablar a la ligera, es decir, creerse uno que lo sabe todo sin haber reflexionado lo suficiente.

El principal problema del idioma español en nuestros días nace precisamente de esa autosuficiencia heredada: no afinar en los conceptos. De ahí que el idioma inglés, manejado por usuarios mucho más precisos conceptualmente, se esté extendiendo por el mundo entero.

- 'CPU' son las siglas de Central Processing Unit, es decir, de la unidad de procesamiento central de una computadora. Por lo tanto, hablar de ‘ordenador’ para referirse a una CPU es algo así como hablar de 'automóvil' para referirse a un motor. Por cierto, el término ‘ordenador’ es, siguiendo a los franceses, una mala traducción de ‘computer’, término al que la existencia de las casas de citas difícilmente podría haber perjudicado. Es más, algún día volverán a ponerse de moda (ya lo estuvieron) los aparatos que ‘computan’ pero no ‘ordenan’, y volveremos a necesitar otra hoja de parra terminológica para cubrirnos las vergüenzas.

- En inglés existe la palabra ‘navigator’, de significado deducible, y distinto del de browser. El español ‘navegador’ no es sino un subterfugio para no usar el (morfológicamente irreprochable) ‘hojeador’, que el inconsciente de muchos rechaza simplemente por prejuicios contra las palabras que ‘suenan mal’. Y si no me cree, reléase usted las críticas del siglo XVII a la obra de don Luis de Góngora.

- Los programas (de mensajería o de lo que sea) no se ‘activan’ sino cuando están desactivados. Es más habitual que un programa no esté ‘running’ y alguien desee hacerlo ‘run’. Los contadores de la luz ‘corren’, pero a los programas les está prohibido. Y un programa puede estar ‘corriendo’ pero desactivado, lo cual denota que se trata de conceptos diferentes.

- Un laptop es igual de portátil que un palmtop, sólo que en español no tenemos palabras para ninguno de esos dos conceptos. Que fue exactamente lo que pasó cuando algunos, hace ya muchos años, se vieron obligados a utilizar términos como palier, teléfono, estribor, chaqueta, aljibe y muchos otros que encontrará usted fácilmente (ahora) en los diccionarios.

- Normalmente, las contraseñas o passwords no suelen estar en clave (ya que no se usan para descifrar nada), de modo que induciríamos a gran confusión usando ambas palabras como sinónimos [es decir, 'contraseña' como sinónimo de 'clave'].

- El user name no es el usuario, sino el nombre de usuario (¡pelín diferente!).

- Una pantalla TFT es sólo uno de varios tipos de monitor plano, y un 'bookmark' es un marcador de página; si usted desea incluirlo en sus favoritos o en su lista negra es ya cosa suya, pero no nos involucre a los demás.

Podría seguir, pero no quiero ser farragoso, y para muestra bastan unos cuantos botones. El español es un idioma forjado en siglos de conversaciones contextuales y morales, y ha carecido de grandes sistematizadores, del mismo modo que nuestro sistema de pensamiento ha carecido siempre de grandes científicos y en nuestra sociedad la ciencia nunca ha sido tan popular como los toros o el football.

Trataré de ser positivo: al conocimiento, Sr. X, se llega por la duda. Dudemos sinceramente, incluso concienzudamente, antes de sentirnos seguros de que dominamos un tema. Y, aunque lleguemos a la convicción de que lo dominamos, por favor, no moralicemos. El lenguaje es simplemente un instrumento, cuanto más universal mejor, y los usuarios de computadoras hacemos lo que podemos para salir del infernal embrollo en que nos han metido muchos siglos acumulados de picaresca, costumbrismo, teología, moralismos y tertulia.

Todo esto lo he dicho un poco enfadado pero, de verdad, sin ánimo de ofender. Muy amistosamente.

[Firma] 

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La voz pasiva

Corre por esos mundos el rumor, nunca demostrado, de que la lengua española prefiere los verbos en forma activa o reflexiva y rehuye la voz pasiva (y el gerundio). Para comprobar hasta qué punto tales rumores son ciertos, se me ocurrió un día hacer un pequeño estudio de algunos escritores del siglo XVI. El resultado fue sorprendente: en el siglo XVI no sólo no se rehuía la voz pasiva, sino que se usaba asiduamente, incluso con mayor frecuencia que la voz activa.

He aquí algunos ejemplos que encontré, basados en sólo dos textos del siglo XVI:

- “... e fue fecha dueña la doncella más hermosa del mundo (Amadís de Gaula, 1508)
- [un rey] llamado Garinter, el cual, siendo en la ley de la verdad de mucha devoción y buenas maneras acompañado (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- [la mayor] fue llamada la dueña de la Guirnalda (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- tanto era pagado [el rey su marido] de los ver [sus hermosos cabellos] (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- de quien fueron engendrados Agrajes y Mabilia (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- La otra hija, que Elisena fue llamada,... (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- y comoquiera que de muy grandes príncipes en casamiento demandada fuese, (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- siendo desviado de las armadas y de los cazadores (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- fueron vencidos y muertos (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- así son los caballeros andantes salteados (Amadís de Gaula, 1508, primera pág.)
- este retrato es tan natural, que no hay persona [...] que no vea claro ser sacado de sus actos y meneos y palabras (La lozana andaluza, 1528)
- y como había de ser partido en capítulos, va por mamotretos (La lozana andaluza, 1528)
- no solamente se contentan de mirarlo y cotejarlo, mas quieren que sea mirado por los transeúntes e circunstantes (La lozana andaluza)
- Señores, dice que no tiene tierra, que ha sido criada por tierras ajenas. (La lozana andaluza)
- [Las alcagüetas quieren] ser ellas cabalgadas primero. (La lozana andaluza)
- AQUI COMIENZA EL PRIMER LIBRO [... El cual] fue corregido y enmendado por el honrado y virtuoso caballero...(Amadís de Gaula, 1508)

Y, para remate, este tremendo ejemplo, que a más de un purista contemporáneo incitará a mesarse los cabellos de desesperación:

- Quizá no hay mujer en Roma que sea estada más festejada que yo. (La lozana andaluza)

Sólo en el Amadís de Gaula he encontrado 9 casos de voz pasiva en la primera página del ejemplar que tengo en mi biblioteca. ¿A alguien le quedan dudas todavía? Desde luego, el simple sentido común nos dice ya que no es lo mismo "Un perro mordió a Juan" (algo que hizo un perro) que "Juan fue mordido por un perro" (algo que le sucedió a Juan).

Abundando en esta idea, he encontrado este texto sobre el mismo tema en una edición antigua del Concise Cambridge History of English Literature (1941):

"the [...] passive forms in -ing were much later in origin than the active, and at first met with fierce opposition. Constructions like "The house is being built" and "rabbits were being shot in the field" have not been traced further back than the last decade of the eighteenth century. The adaptability of the English passive may be seen in the fact that, not content with a construction like "A book was given him", the language has devised "He was given a book".

Se deduce que, hace cinco siglos, el español (que por algo desciende del latín) estaba más avanzado que el inglés. Pero los caminos de ambas lenguas se cruzaron en algún momento de la Historia, y ahora es el inglés el que vuela, mientras que el español cojea tras él sin impulso propio, y chirriando siempre con los incordiantes gruñidos del No Pasarán.

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Ordenador

'Ordenador' es la palabra que ha terminado imponiéndose en España para referirse a los 'computers'. A primera vista, es una transliteración del francés 'ordinateur', pero las apariencias engañan. Sobre todo, cuando uno se conforma con las apariencias.

Sería fácil pensar que 'ordinateur' hace referencia a aquello que 'pone orden', pero esa palabra en francés es 'ordonnateur', del verbo 'ordonner' (es decir, ordenar). ¿Quiere eso decir que existe en francés el verbo 'ordiner'? Me temo que no. La historia es la siguiente:

En 1954, la sociedad IBM France buscaba un término francés para designar un nuevo aparato electrónico que venía de Estados Unidos y cuyo nombre en inglés era 'computer'. Como suele suceder, los inventores del aparato habían escogido un nombre muy apropiado. Simplemente, un 'computador' era un dispositivo cuya función era 'computar'. Más lógico, imposible. Pero había otra posibilidad: que los vendedores franceses, sólo por ser franceses, supieran más que los propios inventores del nuevo aparato. Quien conozca Francia (o España) sabrá que ese tipo de convicciones no son inhabituales en esos países.

De modo que, emprendida la búsqueda de la palabra perfecta, un directivo de IBM aconsejó consultar a un antiguo profesor suyo, Jacques Perret, por entonces titular de la cátedra de filología latina en la Sorbona. Nada menos. Después de darle bastantes vueltas —suponemos—, el profesor Perret respondió el 16 de abril con un detallado análisis del problema. Tras descartar systémateur, combinateur, congesteur, digesteur y synthétiseur, expresó su preferencia por una palabra un tanto olvidada: 'ordinateur', que antaño había significado "personne qui dispose, qui règle selon un ordre”. El término tenía una evidente connotación religiosa. De hecho, el diccionario Littré definía 'ordinateur' como "Dieu qui met de l'ordre dans le monde".

A la vista de los términos que descartó, no parece que Monsieur Perret entendiera exactamente lo que es un computador. En cualquier caso, lo que nadie aclaró nunca es por qué había que evitar en francés la palabra 'computeur'. ¿Quizá, como cabe sospechar también en español, por la proximidad con la palabra 'puta'?

Acudamos a la etimología. La palabra 'puta' proviene del latín 'puter', que significaba 'pútrido', pero 'putare' significaba 'podar' y, en un sentido más general, 'quitar estorbos', 'simplificar'. Aplicado a las cuentas, vino a significar algo así como nuestro coloquial 'echar cuentas' o 'hacer números'. El prefijo 'com-' es intensivo, como en 'comprimir', lo cual nos daría algo así como 'aplicarse a hacer números'. Seguramente por esa razón, el uso más antiguo conocido de la palabra inglesa 'computer' (1646) hacía referencia a las personas que hacían cálculos matemáticos, y los ingenieros de antaño la asociaron a las primeras calculadoras mecánicas (1897).

En español, las dos acepciones de 'computar' que propone el DRAE son bastante desafortunadas:

1. tr. Contar o calcular por números algo, principalmente los años, tiempos y edades.
2. tr. Tomar en cuenta, ya sea en general, ya de manera determinada. U. t. c. prnl.

Vayamos con la primera acepción. Si lo que se computa 'principalmente' son los años, tiempos y edades, ¿qué es lo que se computa 'secundariamente'? ¿Cualquier otra cosa? ¿Por alguna razón en particular? Para aclarar nuestras ideas, acudamos de nuevo al propio DRAE. En él encontramos dos acepciones de 'principalmente':

1 - Primeramente, antes que todo, con antelación o preferencia
2 - Fundamental o esencialmente

Si nos acogemos a la primera acepción, debemos entender que los años, tiempos y edades tienen algún tipo de primacía o preferencia. Pero ¿respecto a qué? ¿Computar las fases de la luna es menos computar que computar los años que tardará en volver a ser eclipsada por el sol?

La segunda acepción nos permitiría definir 'computar' como "contar o calcular por números algo, esencialmente los años, tiempos y edades... y accesoriamente otras cosas". Tampoco aquí está muy claro qué cosas podría uno contar o calcular accesoriamente sin salirse de la definición de 'computar'.

Confieso que si sustituyéramos ese 'principalmente' por 'habitualmente' me quedaría más tranquilo. Al ser el hábito una propiedad circunstancial, podríamos excluirla del concepto abstracto y nos quedaríamos con el meollo de la definición. Supongamos pues que la RAE no ha dado en el clavo y quedémonos simplemente con “contar o calcular por números”. Ciertamente, 'contar' no es lo mismo que 'calcular'... excepto, quizá, si lo hacemos con un ábaco. Como definición, pues, parece un poco primitiva, pero podríamos tener la osadía de mejorarla sustituyéndola por 'obtener un resultado numérico mediante números'. Cuando los números son binarios, nuestra definición se ajusta bastante bien al concepto de computador digital.

Ah. Esperen un momento. Se nos olvidaba la segunda acepción de 'computar':

2. tr. Tomar en cuenta, ya sea en general, ya de manera determinada. U. t. c. prnl.

Ejemplos:
Se computan los años de servicio en otros cuerpos.
Los partidos ganados se computan con dos puntos. 

La confusión se apodera de mí. ¿Qué necesidad hay de decir, por ejemplo, “montar a caballo, ya sea en general, ya de manera determinada”. ¿No bastaría simplemente con “montar a caballo”? Es más, en los dos ejemplos señalados se computa “de manera determinada”, y confieso que no se me ocurre ninguna forma de computar “en general”. ¿Acaso es posible computar sin manejar números o datos específicos? Estoy empezando a alarmarme. Todas mis incursiones en el DRAE terminan fatal.

Resumiendo: ¿por qué 'ordinateur' --y, por consiguiente, 'ordenador'-- no es una buena traducción de 'computer'? ¿Acaso hay alguna manera de computar que no consista en regular o poner orden? La respuesta es previsible: sí. Por ejemplo, usando computadores analógicos, o neurales. Teóricamente, incluso, sería posible concebir un computador que generase resultados basándose en la teoría del caos.  En cuyo caso, habríamos construido un 'ordenador' que computa... desordenando.

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Sunday, June 24, 2018

Polución

El Online Etymological Dictionary data la palabra inglesa 'pollution' hacia 1340, con el significado "discharge of semen other than during sex" y derivada del bajo latín pollutionem, derivado a su vez del verbo  polluo/polluere/pollutum, es decir, 'manchar' o 'ensuciar'. A esta etimología añadiría yo la acepción sexual de la palabra 'polvo' (poluo), que probablemente no es menos antigua.

El DRAE, en su segunda acepción, define 'polución' como “efusión del semen”. Es decir, derramamiento. (La tercera acepción, sorprendentemente, es 'acto carnal', que, sin duda en desuso, encajaría más propiamente en un diccionario histórico de la lengua española). La idea de derramamiento estaría reflejada en el verbo 'correrse' (como se corre, por ejemplo, la cera derretida de una vela, o la tinta sobre el papel).

Tanto en inglés como en español, pues, la idea de ensuciar sería simplemente una implicación, basada en apreciaciones subjetivas o morales. Según el Online Etymological Dictionary, el primer uso conocido del sustantivo inglés 'pollution' en el sentido de 'ensuciamiento del medio ambiente' data de 1860, aunque el término no se extendió realmente hasta 1955, y no estaba derivado del infinitivo poluere, sino del participio pollutus.

Por último, el sustantivo 'pollutant' data como mínimo de 1892.  En español, como es habitual, la familia morfológica de 'polución' está escandalosamente incompleta. Como sucede con 'indeleble', casi el único vestigio en español del verbo latino 'delere' (el famoso delete de los teclados en inglés), subsiste el antónimo 'impoluto', pero el 'poluto' original ha desaparecido. Y, con él, las variantes mofológicas más esenciales en toda lengua que se precie: infinitivo (poluir), participio pasivo (poluido), participio activo (poluyente).

Este anquilosamiento morfológico es propio de una lengua más interesada en situaciones, personajes y contextos que en conceptos. De hecho, antes de oír por primera vez la palabra 'polución' asociada al medio ambiente, muchos habíamos oído hablar solamente de 'polución nocturna'. Si el hablante se liberara de la costumbre de asociar las palabras a situaciones más o menos específicas, el adjetivo 'nocturno' denotaría lo contrario de 'diurno', y el concepto de polución, liberado de todo adjetivo, podría mantenerse listo para encajar en situaciones diferentes. Todo parece indicar, en cambio, que lo que suele entenderse por 'polución nocturna' es más bien 'algo que le sucede a veces a un hombre mientras duerme cuando no ha mantenido actividad sexual durante mucho tiempo'. Un poco largo como definición.

Esta forma tan hispana de interpretar el lenguaje no es voluntaria, sino automática. Está implícita en el uso habitual de nuestro idioma, y la adquirimos inconscientemente cuando empezamos a hablar. Quizá por eso nos cuesta trabajo entender que la lengua no sólo es una brújula para orientarse por un paisaje de objetos y situaciones de nuestro entorno mental, sino que es también una herramienta para desmontar, ensamblar, construir, comparar y analizar todos esos objetos y situaciones, independientemente de sus significados 'de andar por casa'.

Un ejemplo ilustrativo de esta idea:  Si digo que mi vecino se casó un número de veces importante, se entiende normalmente que mi vecino se casó muchas veces. Esta interpretación es contextual porque, estrictamente hablando, 'importante' significa 'que tiene importancia', y el concepto de importancia es, en sí mismo, relativo. Tal vez para su futura esposa lo importante es que mi vecino no haya tenido muchas mujeres antes que ella. Pero, en el contexto en que nos comunicamos con nuestro vecino, 'importante' ya nos sirve, y no tenemos por qué molestarnos en buscar otros adjetivos más apropiados. Esto explica, probablemente, la escasa inclinación en español a usar adjetivos menos subjetivos, como 'sustancial', o 'cuantioso'.

Y regreso a la polución. Cuando se empezó a tener conciencia de que el desarrollo tecnológico ensuciaba el medio ambiente, la palabra 'polución' pasó sin ninguna dificultad del inglés al español (o, mejor dicho, fue rescatada del latín gracias al inglés) y se empezó a usar con normalidad en los medios de comunicación. Las hemerotecas podrán atestiguar que, en los años 70, Londres y Nueva York eran dos ciudades en que la polución del aire era muy alta. Pero empezaron a alzarse algunas voces prejuiciosas, y apenas unas semanas después la mayoría de los periódicos estaban ya hablando de 'contaminación'.

Hasta que esto sucedió, uno sabía que una bacteria llamada Salmonella podía contaminar la mayonesa, o que el bisturí de un cirujano no debía contaminarse so pena de infectar gravemente a su paciente. Todavía hoy, un biólogo puede desechar una muestra de ADN del paleolítico superior por estar contaminada. ¿Qué tiene que ver todo esto con la polución? No mucho, si de lo que estamos hablando es de 'ensuciar', no de 'desvirtuar'. El concepto de ensuciar es cuantitativo. El de desvirtuar, en cambio, es cualitativo.

La RAE y sus ciegos seguidores debían haber sabido que no conviene vestir santos nuevos con ropas ajenas porque, tarde o temprano, nos traerán problemas. Pero la pobre RAE, víctima también ella del "pensamiento contextual", no comprendió por aquel entonces -y probablemente sigue sin comprender- que estaba ante un concepto nuevo que, al igual que el teléfono o la televisión, requería una palabra…  sí, digámoslo sin miedo: nueva.

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Hacia una semántica objetiva

Me encuentro esta mañana con el título de un capítulo en inglés: “Robust findings”. Entiendo perfectamente lo que quiere decir, pero ¿cómo traducirlo? En inglés, robust está definido como “capable of performing without failure under a wide range of conditions”. El DRAE, sin embargo, define robusto como “fuerte, vigoroso, firme”. Me sobra la idea de vigor. ¿Qué pasaría, pues, si lo tradujera por 'conclusiones robustas'? Me temo que pocos lectores lo entenderían.

Podríamos usar el adjetivo 'sólido', pero sobreentendiendo que se trata de unas conclusiones que se mantienen sólidas aunque cambien las circunstancias. Es mucho sobreentender. Tendríamos que presuponer que nuestro interlocutor es capaz de invocar el mismo contexto que nosotros. Si el resto del libro nos diera pistas al respecto, ese contexto sería fácil de invocar, pero ¿y si no pudiéramos acceder al libro y nos enfrentáramos sólo a esas dos palabras? Lo cual nos inspira dos reglas de oro para conseguir la coherencia de una lengua más allá de cualquier contexto: (1) tener una palabra para cada significado, (2) en la medida de lo posible, usar significados independientes de cualquier contexto. En otras palabras, asociar a las palabras una semántica absoluta.

Y ya que hemos traído a colación la palabra sólido, aprovechemos para analizar las definiciones de ella que nos ofrece el DRAE:

1 - Firme, macizo, denso y fuerte.
2 - Dicho de un cuerpo: que, debido a la gran cohesión de sus moléculas, mantiene forma y volumen constantes.
3 - Asentado, establecido con razones fundamentales y verdaderas.
4 - Moneda de oro de los antiguos romanos, que comúnmente valía 25 denarios de oro.
5 - Geom. cuerpo (objeto material de tres dimensiones).

La primera acepción es bastante imprecisa. Las definiciones por acumulación de significados superpuestos son necesariamente vagas. ¿Son necesarias las tres cualidades a la vez para poder decir de algo que es sólido? ¿En qué grado se necesita ser firme, macizo, denso y fuerte, por separado o conjuntamente, para tener derecho a ese adjetivo? Si me pidieran a mí una definición subjetiva, definiría 'sólido' como 'mínimamente deformable o rompible'. Pero las definiciones subjetivas están derivadas de la experiencia, de modo que si esperamos que los demás entiendan lo que queremos decir -si no, no la usaríamos- será porque suponemos que ellos han tenido esas mismas experiencias. Identifiquemos esas experiencias comunes, y podremos enunciar una definición objetiva.

En WordReference proponen como antónimos 'líquido', 'gaseoso' y 'frágil'. Más que 'frágil', yo diría 'endeble': muchos objetos de vidrio son frágiles y sólidos al mismo tiempo. En cuanto a 'líquido' y 'gaseoso', evidentemente no son antónimos, sino precisamente los otros dos ejemplares que completan su categoría y que por lo tanto, por contraposición, definen el concepto de 'sólido' en su segunda acepción. Las definiciones por contraposición son mucho más inequívocas.

En el DRAE, la segunda acepción es incoherente. La referencia a las moléculas está incómodamente a caballo entre la definición científica y la coloquial. ¿Y cómo determinaremos ese gran grado de cohesión? Si lo hacemos a ojo, entonces no me hablen de moléculas, y si usamos un aparato de medida, especifiquen valores numéricos.

La acepción de la moneda de oro estaría mejor en un diccionario de la lengua histórico, acompañada por supuesto de referencias cronológicas. 

En la quinta acepción sobra el adjetivo 'material'. La geometría trata de abstracciones, no de objetos materiales. Por esa misma razón, en lugar de 'objeto' yo diría 'figura'. 

La tercera acepción es quizá la que más se aproxima al significado del inglés 'robust', aunque a mí me parece más bien una definición de irrefutable. Lamentablemente, las conclusiones a las que se refiere el título inglés están basadas en un modelo de software, es decir, dependen de una conjetura. Por consiguiente, está por dilucidar si responden o no a 'razones verdaderas'. En ese sentido no parece, pues, que sean 'sólidas'.

Curiosamente, la palabra 'robusto' significaba originalmente 'fuerte y resistente como el roble'. Se sobreentiende, pues, que la madera de roble era la más resistente conocida por aquellos primeros usuarios. Lo cual nos proporciona ya un primer componente semántico objetivo: el grado máximo en una escala de mayor a menor. Hay maderas más blandas y maderas más flexibles, en diversos grados que incluso podríamos determinar experimentalmente.

¿Qué tienen en común la blandura y la flexibilidad? Que podemos evidenciarlas ejerciendo presión, en el primer caso, y causando torsión, en el segundo. ¿Son esas las experiencias comunes que andábamos buscando? Al menos, parecen buenas candidatas. Lo suficiente para intentar una definición objetiva de nuestra palabra. ¿Se atreverá algún lexicógrafo a intentarlo? El tiempo dirá.

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Monday, June 18, 2018

Destornillador

¡Cuántas cosas puede revelar a veces una simple palabra!

Los primeros usuarios de esa herramienta que en inglés llaman screw y en alemán Schrauber le pusieron esos nombres porque la usaban para atornillar, es decir, to screw en inglés, y zu schrauben en alemán. Para ellos, desatornillar designaba el uso contrario al habitual: to unscrew, zu entschrauben. En francés, más cautos, escogieron una palabra de significado neutro: tournevis (literalmente, 'giratornillos'). En español, en cambio, lo llamaron destornillador. Por algo sería.

Qué contraste. Mientras unos montaban, otros desmontaban. No inventaban. No ensamblaban. Todo venía ya hecho. Ellos, simplemente, usaban destornilladores.

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Insignificante

¿Qué es lo contrario de inconstante? ¿De intolerante? ¿Y de intrascendente, incongruente, insolvente o incompetente?  No hace falta que me contesten; creo que estaremos de acuerdo. Pero ahora díganme: ¿qué es lo contrario de insignificante? Por favor, no me respondan que significativo. ¿Acaso es lo mismo combatiente que combativo? La falta de coherencia también tiene nombre: se llama chapuza.

Cuando se anquilosa la morfología, la capacidad de análisis se atrofia y las ideas se vuelven borrosas. Y caemos en ese agujero del que pocos consiguen salir si cierran sus puertas y ventanas al mundo exterior: el costumbrismo.

Dicho de otro modo: España cañí.

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Eventos

El español es una lengua tan costumbrista que hasta las cosas que suceden son difíciles de expresar sin apoyarse en algún contexto. Veamos. Un acto no es sólo algo que sucede, sino que implica la participación de alguna persona (la caída de un rayo, por ejemplo, difícilmente puede ser considerada como un acto). Los periódicos 'de sucesos' ya no existen, pero hasta hace poco un suceso era interpretado invariablemente como un accidente o un crimen. Un acontecimiento, en cambio, es más bien algo solemne o trascendente, y un evento es algo así como un acontecimiento social. Una ocurrencia no es lo que ocurre, sino una gracia, y el verbo tener lugar no tiene sustantivo (peor aún, las reuniones no tienen lugar, sino que se celebran). Un sustantivo lógico sería acaecimiento, pero parece innecesariamente pedante. Menudo lío.

En el fondo, ¿realmente necesitamos un término neutro? Al fin y al cabo, en español las conversaciones son casi siempre contextuales. El hablante se siente mucho más cómodo rodeado de su tribu, y las conversaciones contextuales obedecen a la ley del mínimo esfuerzo: cuanto más reducimos el contexto, mayor capacidad de metáfora tenemos. Así, en el reducido ámbito de nuestra vivienda un cristal puede ser un vidrio y, si sabemos de lo que hablamos, una casa puede significar un hogar. Es más: si al decirlo señalamos con un dedo, hasta una esquina puede significar un rincón.

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Dos mil y pico

"El año dos mil y pico..." Así comenzaba una de las canciones que sonaban en la radio en mis años infantiles. Eran probablemente los primeros años 60. Después vinieron los 70, los 80, los 90... Pero ¿cómo referirse a los primeros diez años a partir del 2000? El primer comentario que leí al respecto fue una columna de William Sapphire en el Herald Tribune, allá por los primeros años 90. El columnista proponía varias soluciones, ninguna de ellas muy convincente. La única que recuerdo es 'the naughts'. Todavía hoy, doblada la la curva de 2010, no estoy seguro de que llegara a cuajar alguna solución, excepto para referirse a la generación que alcanzó la mayoría de edad en esos primeros años del siglo XXI: los 'millenials', también conocidos como 'generación Y'. El término, al menos, tiene la ventaja de que nos servirá hasta el año 3000.

En español, si queremos encontrar una expresión breve que nos ahorre aquello de “la primera década de los 2000”, el problema tampoco parece tener solución. ¿Los 'ceros'? Ambiguo. ¿Los 'dos mil'? Impreciso. ¿Los '00'? No está claro de qué siglo. Así que, rememorando la vieja canción, lo único que se me ocurre proponer es 'los dos mil y pico'. Como era de esperar, también esta solución conlleva un problema: en Bolivia, la palabra 'pico' es tabú. Allí significa 'miembro sexual masculino'.

De modo que, como estoy viendo que no me voy a librar de la acusación de machista, aprovecharé para rememorar la letra de aquella canción:

“El año dos mil y pico los hombres podrán volar
metidos en un cohete por el espacio estelar.
Algunos puede que vuelvan, algunos no volverán.
Y aquí nuestras solteritas suspirando así dirán:
¿Dónde está mi Pepe, dónde está mi Juan, dónde está mi Pedro, mi amor dónde está?
Si será en la Luna, si será en el Sol, si será en Saturno, ¿dónde está mi amooooor?”

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Desafío

Aún hoy, en español la idea de desafío sigue estando remotamente asociada a un duelo al amanecer por el honor de una dama o -si uno no ha leído ningún libro sobre esos temas- a un tipo de actitud frente a un rival. Tal como yo lo percibo, al menos, tiene un punto de belicosidad y, de hecho, todas las acepciones que recoge el DRAE tienen connotaciones agresivas o defensivas.

En inglés, en cambio, 'a challenge' es lo contrario. Es el problema que tenemos enfrente, o el anhelo al que aspiramos, el que nos desafía a nosotros. Y, quien dice a nosotros, dice a nuestras posibilidades o a nuestra inteligencia. Para la mentalidad anglosajona un 'challenge' no es un ataque, sino un estímulo. Nuestra actitud frente a las dificultades, en cambio, consiste más bien en lamentarse o en buscar un culpable, rara vez en crecerse ante ellas. No es la palabra, sino el concepto el que no está en uso en nuestros países.

Dos formas de ver el mundo: positiva, o negativa. Cuando pienso en esto, suelo recordar aquel cartel de gran tamaño que, junto a una curva muy cerrada de una carretera brasileña, anunciaba: "Hoy, 237 días sin ningún accidente en esta curva". Aquel cartel era un 'challenge'. No un 'desafío'.

En España hay una tendencia a traducir 'challenge' por 'reto'. Sin embargo, en Chile al menos, 'retar' significa regañar. Es un fenómeno habitual de nuestra lengua (es decir, de nuestra mentalidad): la tendencia a la provincianización. En cualquier caso, esas dos maneras de entender lo que es un desafío nos enfrentan a un problema potencial. Si por un milagro consiguiéramos cambiar de mentalidad y asimiláramos el significado anglosajón, ¿qué palabra usaríamos como equivalente de 'defiance'? A ver, que me contesten todos esos sabios que cacarean la riqueza del español.

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Sunday, June 17, 2018

Lo contrario

Ya me he referido alguna vez al curioso verbo 'inmutarse', que, según como uno lo use, significa una cosa o la contraria. Por ejemplo, si Pepe no se alteró, decimos que permaneció “inalterable”. Pero si Pepe no se inmutó, diremos que permaneció “inmutable”. No 'ininmutable'.  Hay también por ahí algún que otro caso en que decimos lo contrario de lo que queremos decir y, aún así, todo el mundo nos entiende. Por ejemplo:

hasta que no vaya no podré verlo

Naturalmente, lo lógico habría sido decir:

hasta que vaya no podré verlo

Este tipo de frases, que ya he mencionado anteriormente, parecen ser un cruce de dos expresiones. El hablante quiere decir al mismo tiempo 'hasta que suceda' y 'mientras no suceda', como en:

mientras no vaya no podré verlo

Es posible que este fenómeno revele un fósil enquistado del latín. Al perder las declinaciones, las lenguas romances perdieron la flexibilidad sintáctica de la lengua madre. Un acusativo o un ablativo no podían ocupar ya un lugar cualquiera en la oración, y el orden de las palabras empezó a ser esencial para conocer su función. En latín habría sido posible decir, por ejemplo:

no hasta que vaya podré verlo

Incluso en español este tipo de construcciones estuvo todavía en uso durante mucho tiempo, probablemente hasta entrado el siglo XX, y es posible que los hablantes de vascuence aún la usen, por influencia de esa otra lengua suya, fuertemente declinada y, por lo tanto, mucho más libre en cuanto al orden de las palabras.

En romance castellano, la tendencia a estandarizar el orden de las oraciones debería haber convertido 'no hasta que vaya' en 'hasta que no vaya', pero el resultado:

hasta que no vaya podré verlo

habría sido absurdo. De modo que, para hacerlo más inteligible, se habría recurrido a hibridarlo con 'mientras no'. El resultado es semánticamente incoherente, pero sintácticamente aceptable.

Otro ejemplo curiosamente contradictorio:

¿Ayer cumpliste 50 años? Pues, chica, cualquiera lo diría...

Aunque gramaticalmente no lo parezca, este comentario es elogioso, y sólo será posible entenderlo si uno sustituye 'cualquiera' por 'quién' o 'nadie'. Al contrario que en inglés, en español hay un territorio mal definido en el que flotan, indecisos, los dos conceptos contrapuestos 'cualquiera' y 'ninguno'. Por ejemplo, la frase:

en este club no puede entrar cualquier persona

quiere decir que sólo determinadas personas pueden entrar al club. Pero, en cambio, cuando uno dice:

este club prohíbe la entrada de cualquier persona

que aparentemente es lo mismo, lo que uno está queriendo decir es que no puede entrar “nadie”.  La ensaladilla gramatical está servida.

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El español: ¿una lengua anquilosada?

Abrimos el diccionario al azar. Nuestro índice se detiene junto a un verbo cualquiera, por ejemplo 'terminar'. Reflexionamos. Si terminar es la consecuencia natural de llevar a término, ¿será acaso acabar el resultado de llevar a cabo? No. En español actual, llevar a cabo es casi invariablemente sinónimo de realizar (hasta el punto de que es teóricamente posible llevar a cabo un intento de fuga sin conseguir fugarse). Por cierto, ¿por qué a cabo, y no al cabo? ¿Quién de nosotros ha oído alguna vez hablar de llevarse a alguien a huerto

Pero dejemos de lado la anécdota y observemos otras incongruencias igualmente curiosas. Cuando el probo ciudadano López lleva a su señora a casa, todos suponemos que, si López es realmente probo, tarde o temprano su esposa llegará a casa. Sin embargo, cuando López lleva a cabo una acción, nadie ha oído nunca decir que esa acción haya llegado a cabo, pese a que sí es posible que unas negociaciones hayan llegado a buen puerto si alguien las ha llevado hasta allí (aunque no, en cambio, a mal puerto, o sencillamente a puerto, como sería de esperar de una actividad que tiene derecho a concluir indistintamente bien o mal o, simplemente, a concluir). 

Alto ahí, pensamos inmediatamente: esto es un sofisma barato. La respuesta a esta aparente incoherencia es muy sencilla: el uso ha convertido a llevar a cabo en un verbo por sí mismo, perfectamente equivalente a realizar, o al más plebeyo (y mucho más ambiguo) hacer. Probablemente este ataque de reúma sintáctico era inevitable, en un idioma tan achacoso que usa alegremente la misma palabra para designar un accidente geográfico, un cargo militar, el extremo de un objeto alargado (ojo: sólo si éste es una cuerda o una vela (¡y no de navegar, sino de arder!)), el extremo opuesto a un rabo (?), un misterioso concepto que acompaña copulativamente al fin, o una curiosa parte de la calle a la que se llega cuando un razonamiento conduce al punto de partida. Por si alguien no lo ha captado, me estoy refiriendo al cabo.

Pero, entonces ¿por qué están en uso las palabras realizador, realización o realizable, y no llevador a cabo, llevación a cabo o llevable a cabo? Si queremos salvar a nuestro verbo compuesto del diagnóstico de verbo minusválido, el único paliativo que nos queda es achacarle la responsabilidad al verbo llevar: en efecto, llevador, llevación o llevable son palabras que no están tampoco en uso. Fenómeno misterioso éste, si pensamos que verbos como incubar, que nos son mucho menos necesarios en la vida cotidiana, disfrutan de sus incubador (¡e incluso incubadora!), incubación e incubable. 

Pero veamos cómo resuelve el hablante este problema. Como los conceptos se empeñan en existir sin tener la cortesía de preguntarnos si tenemos o no palabras para ellos, cualquiera de nosotros podría encontrarse el día menos pensado ante la situación siguiente: 

Pepe es un honrado camionero que se dedica al transporte de hortalizas por carretera. Cuando Pepe va con su camión cargado de tomates de Guadalajara a Madrid y regresa con un cargamento de sandías, todo el mundo en Guadalajara, pensando en Pepe, dice:

Pepe lleva tomates
Pepe trae sandías

Pero el dueño de la empresa, el señor X, a quien la vida de Pepe trae mayormente sin cuidado, se preocupa más bien de sus cargamentos, y prefiere hablar de:

el transporte de tomates
el transporte de sandías

El problema es que cuando él dice esto en voz alta su interlocutor, que no conoce los entresijos de la empresa, no tiene forma de saber si los tomates o las sandías van o vienen. Es más, el señor X podría necesitar expresar ideas como ésta:

Cuando los cargamentos van por autopista, el llev-? es más rápido que el tra-? 

Aquí, usar la palabra transporte en los dos casos podría ser una fuente de confusiones para cualquier oyente. Nuestro empresario se siente francamente tentado de decir:

Cuando los cargamentos van por autopista, el llevado es más rápido que la traída

del mismo modo que podría haber dicho el llenado, o la caída (sin necesidad de refugiarse en el llenar, o en el caer). Pero el interlocutor de X no se queda del todo tranquilo. ¿Qué es lo que es más barato, el llevado de cargamento o el cargamento llevado? Evidentemente, es necesario distinguir todavía más. 

Cavilando, se le ocurre a X que la morfología del idioma le permite decir, por ejemplo, la contratación o la liquidación cuando de contratar o liquidar se trata. Así pues, se lía la manta a la cabeza, y pronuncia en voz alta:

llevación (de llevar), y...
traición? (de traer) 

¿O bien, en vista de que atraer produce atracción, distraer distracción y contraer contracción, deberá disciplinadamente decir tracción? El señor X no tiene muchos estudios, pero experimenta la sensación de que algo falla. Por fin, repara en la palabra retraimiento, y murmura tímidamente:

llevamiento
traimiento

Es su única escapatoria. El necesita esas palabras, y las usará. El camión va y viene todos los días, sin esperar a galgos ni a podencos, y las mercancías tienen que ser vendidas. Un único inconveniente amenaza la buena fama de X: enterado al día siguiente su hijo, que casualmente estudia en la escuela de traducción, lo acusará amargamente de inculto por no saber usar palabras mejor sonantes. Pero, ¿cuáles?, se preguntará el lector. Muy sencillo, replica el futuro traductor: transporte de ida en un caso, y transporte de vuelta en el contrario. Sin embargo, cuando él mismo toma el ascensor para ir a algún lado no habla de desplazamiento hacia arriba o hacia abajo, sino sencillamente de subida y bajada, lo mismo que para decir guante tampoco dice "prenda de vestir que se calza en la mano".

El avispado estudiante ha creído poder rehuir el problema (otros dirán "resolver") aprovechándose de la descomposición semántica del verbo llevar. Pero, ¿cómo reaccionará su agudo ingenio ante frases del tipo "este pastel lleva mantequilla", o "este arroz con leche lleva canela"? Es más, ¿cómo distinguiremos el llevado de mantequilla en el pastel del llevado de mantequilla en el camión, o el llevado de canela en el arroz con leche de la traída de canela en el mercancías de las 22.30?  ¿No necesitará también el español un poco de gimnasia, como la que practicaba en tiempos su papá el latín o como la que ejercita infatigablemente su primo (bastardo y plebeyo, si se quiere, pero performante) el inglés?

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